La sequía prometida

Hacía más de un siglo que llovía. No dejaba de llover.* Cuando comenzó todo, no había nadie que no supiera distinguir la filiación del agua. El sirimiri era un rumor tenaz que apenas rozaba los cristales, y la borrasca, una orquesta sinfónica  de trombones y rugir de mar. Con el tiempo se nos olvido escuchar, y sólo oíamos un bisbisblá de fondo. Vivíamos en casas de altos ventanucos e inmensas vidrieras que eran nuestra puerta al mundo. Cuando la luz lograba traspasar la mugre pegábamos nuestra nariz al vidrio, y como aerívoros perfectos intentábamos absorber la luz, toda la luz. Podíamos pasar el tiempo sin hacer nada, solo esperando la sequía prometida por la cábala; o hacerlo transcurrir leyendo libros de pasados siglos y fuchicando en artilugios que habían perdido utilidad. Pero, si algo amábamos por encima de todas las cosas, era visitar la madriguera del fallecido tatarabuelo Luis, que tenía cuatro grandes aficiones: las fotos, la óptica, los trastos, y el fin del mundo que aguardaba impaciente. Murió siete días después de que comenzara a llover como nadie recordaba, sin ser consciente de que había asistido al remate de la creación que él conocía.

Las fotos era lo que más nos acercaba a nuestro pasado, aunque era extraño contemplar estampas de personas y animales que ya no existían, plantas con flores, ciudades que no conoceríamos nunca, mapas de tierras que jamás podríamos visitar salvo a través de las historias que inventábamos. En ocasiones íbamos de río en río, y otras veces recorríamos el globo de montaña en montaña.

La vida y el sexo sólo tenían razón de ser esperando que cesara la lluvia. Siempre esa lluvia pertinaz a la que no éramos impermeables. Cada poco, creíamos encontrar entre las gotas una señal que nos permitiría anticiparnos al día que todo acabase, y hoy puedo asegurar que cuando llegó no percibimos ningún indicio. Un amanecer como cualquier otro.

Hakim echó en falta el ya imperceptible ruido de la lluvia, y con su torpe lengua y sus bracitos flacos y transparentes de tres años, nos agarraba por extremidades y cintura tratando de arrastrarnos con la mayor de sus fuerzas a las cristaleras, señalando nuestro pedazo de mundo. Ante su insistencia y nerviosismo fuimos obedeciendo, y al unísono pegamos las caras al cristal hasta que nos deslumbró una luz amarilla que parecía salir de la nada.

“Así debía ser cuando había electricidad” dijo mi hermana mujer conteniendo la emoción. Solo acerté a decir “sí”, y nos quedamos hilvanados al espectáculo luminiscente. Ni nos percatamos que los chiquillos habían acudido a la madriguera, y habían preparado con más celeridad que esmero una mochila con objetos necesarios.

Los adultos seguíamos paralizados y envueltos en una nada auditiva que amenazaba devorarnos. La pequeña Luz fue la primera en intentar abrir la puerta de doble hoja que con el desuso se había encallado. Los golpes nos hicieron reaccionar. Cuando conseguimos abrir, un brillo desconocido inundó la estancia, sin cejas ni pestañas, nos pusimos rápidamente las gafas de sol, y agradecimos hasta el infinito las obsesiones del cachivachero.

“Ahora tenemos que ir hacia el mar” dijo una voz. “Sí, el mar” acerté a contestar. Éramos unos enamorados del mar, venerábamos su color y anhelábamos su espuma. Tomamos rumbo sur, como indicaban los mapas que sabíamos de memoria.

El sol nos daba más fuerza a cada paso. Tras lo que pareció una hora de camino, llegamos a un breve montículo desde el que se podía contemplar el mar, según un viejo y oxidado cartel allí instalado que decía beach. Pero el mar no era azul ni tenía espuma ni banda sonora, y a nuestros pies solo se extendía una masa multicolor muda. No recordábamos ninguna postal parecida a aquello. Bajamos temerosos, expectantes, ilusionados, pugnando por ser engullidos por los pies entre aquel patchwork desconocido.

Tía Pilar fue la primera en lanzarse a andar sobre el peligro: bidones, botellas, ruedas, algas, troncos, telas, boyas, balones de playa y de fútbol, triciclos, bolsas, pedales, aviones de juguete y restos de algunos de verdad, anclas, velas, volantes, neumáticos, cascos de barco, mecheros, escafandras, y peces, miles de inmensos peces con ojos saltones y bocas enormes, maderos con nombre mediterráneo y otros sin nomenclatura, miles, millones de cosas abigarradas y esparcidas que solo dejaban entrever una argamasa de agua oscura como petróleo. Después de las cosas, estábamos nosotros, de frente ellos. Ellos, no había vuelta, detrás las cosas, delante ellos. Ellos de todos los colores, tamaños y sexos, viejos, jóvenes, niños, vestidos, desnudos, vientres planos, hinchados, redondos, destripados, cuencas vacías, rajadas, implorantes, hundidas, bocas cerradas por el dolor y bocas abiertas y ahogadas por un grito, lenguas quemadas, y Luz, siempre luz, avanzando de un cuerpo a otro cerrando los ojos abiertos “mira papá como el niño del cuento papá, como el niño del cuento para saber el camino”. Es importante el camino para no perdernos, para no perderse, para no perder. Y así nos sorprendió la noche, náufragos en medio de todos los muertos. ♦︎

* La frase inicial de esta historia corresponde a unos versos del poeta mallorquín Javier Cánaves: el poema se titula Motivo, del poemario Al sur de todo mapa, publicado por Ediciones Hiperión.

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