La pasión no es moneda corriente: Graham Parker & The Rumour, 76-79

Parte I. Howlin’ Wind

El feliz encuentro entre un tipo talentoso y malencarado como Graham Parker y un grupo de músicos de la talla de The Rumour alumbró, en los segundos setenta, varios discos merecedores de ser archivados en el estante de las grandes obras de la música popular de la época. Grabaciones atemporales, apasionadas y directas, rodajas de rock&roll auténtico que hoy nos siguen haciendo babear gracias a su intrínseca calidad musical y al desbordante gusto con que están producidas y que de paso ponen el dedo en la llaga de la miseria artística y moral que nos rodea en estos tiempos de virtuosismo virtual: la honestidad y la personalidad son valores imprescindibles, también en el (sub)normalizado jardincillo del pop actual, pues la flor de plástico parece haber arraigado dondequiera que uno mire.

Allá por 1971, con sólo ventiún añitos, Graham Parker regresa a Londres tras dos años de expansivo vagabundeo por Marruecos y Gibraltar, aunque parece ser que durante el iniciático viaje le quedó tiempo para coger la guitarra de vez en cuando. De vuelta en la capital se ve obligado, como todo hijo de camarera y fogonero —su viejo trabajaba con calderas de carbón—, a fichar a las ocho en punto en la inevitable sucesión de curros de mierda, lo que le sirve para convencerse que lo suyo es, tiene que ser por sus santos cojones, el Rock&Roll, la música que le había apasionado radiofónicamente desde niño. A partir de entonces se dedica a componer y a tocar hasta que, tres años más tarde, tras reunir a su alrededor a un par de músicos vía un anuncio en el Melody Maker, conoce a Dave Robinson, productor vinculado a la escena pub rock y propietario de los modestos estudios Hope&Anchor en un barrio al norte de la ciudad. Robinson se convierte de inmediato en el manager de Parker y le produce su primera maqueta; esta grabación será el óvulo que, fecundado por el esperma de Parker —un indiscutible picha brava del pop— y luego de dos años de azarosa gestación, se iba a convertir en uno de los discos de debut más impresionantes de la década: ese maravilloso cóctel de r’n’r, pop, country, blues, r’n’b, soul y reggae que el padre de la criatura acabaría bautizando significativamente con el nombre de Howlin’ Wind.

Graham Parker / Foto: www.grahamparker.net

Robinson se dedica a rular la maqueta y ésta acaba llegando a manos de Charlie Gillet, gurú radiofónico —y autor del magnífico The Sound of the City, historia del rock editada en castellano por la editorial Ma Non Troppo— que un glorioso mediodía de julio de 1975 la pincha en Honky Tonk, el programa que dirige en BBC Radio. Parece ser que fue la magia delicada e inmarcesible del tema Between you and me la que cautivó a la primera escucha a Nigel Grainge, A&R de Phonogram, que creyó ver en Parker a un nuevo Van Morrison. Tras firmar el contrato con la compañía, toda una major, Robinson se pone a buscar a los músicos adecuados para arropar las composiciones y la airada voz de su representado. Los reclutados finalmente son una superbanda integrada por algunos de los músicos más acojonantes del llamado pub rock, escena que en aquel momento comenzaba a resecarse para reverdecer —sólo en parte— injertada en un nuevo movimiento que dio en llamarse New Wave. Mencionar los nombres de estos cinco gañanes uno detrás del otro hace que me entren ganas de cantar al final un sonoro ¡BINGO!: Brinsley Schwarz (guitarra) y Bob Andrews (teclados) de los Brinsley SchwarzMartin Belmont (guitarra) de los Ducks Deluxe y, en la sección rítmica, esa puta máquina de tricotar canciones que fue la pareja integrada por Andrew Bordnar (bajo) y Steve Goulding (batera), ambos miembros de los Bontemps Roulez. La formación da unos cuantos bolos en la capital inglesa para conjuntarse y, antes de entrar a grabar, se une a la panda en calidad de productor un tercer ex-Brinsley, otro tipo con clase para dar y regalar: ni más ni menos que Mr. Nick Lowe.

Poco después la banda se encierra tres semanas en los Eden Studios de Chiswick y graba las doce canciones de Howlin’ Wind, el primer y enorme elepé de Graham Parker & The Rumour, que sale al mercado en abril del 76 en el sello Vertigo, filial de Phonogram.

Howlin’ Wind

Parker ha reconocido en varias ocasiones que por aquel entonces no tenía ni puta idea de lo que era el Pub Rock y que pensaba que los Brinsley eran un grupo de heavy sinfónico. A ello hay que añadir que su inexperiencia en el estudio de grabación era total. Pero al parecer la química fue instantánea, al fin y al cabo los gustos del grupo y los de Parker —principalmente el rock&roll y el rhythm&blues— coincidían en lo esencial. Escuchando el resultado final, queda claro que los miembros de la banda supieron comprender a la perfección el espíritu de las composiciones, aportando a las mismas todo el savoir faire que empeñosamente habían adquirido durante años tocando en pequeñas salas y grabando elepés con grupos cuya orientación roots no los había llevado más allá de la periferia del éxito comercial.

En el Howlin’ Wind hay mucho pop y mucho rock’n’roll, también soul y rhythm’n’blues, algo de folk —entendido como lo entienden, por ejemplo, The Band—, hay reggae callejero… En las doce canciones que lo componen se pueden escuchar ecos de los Stones, de Dylan, del Dr. John, del mismísimo Sam Cooke… Pero si hay una influencia que sobresale por encima de las demás, esta es sin duda la del primer Van Morrison. La producción del disco, muy del gusto de Lowe, es fresca y directa, acertadísima, y en ella el respeto por el clásico sonido roots se une a una peculiar manera de entender el pop, con texturas y arreglos que aligeran las canciones inyectándoles un humor y una ironía 100% británicos que tienen la virtud de equilibrar a la perfección la mala leche destilada por la voz de Parker, el elemento que imprime mayor personalidad al disco. Por destacar algunos de los temas:

White Honey: abre el elepé un r’n’b exquisitamente arreglado, con la voz de nuestro hombre, un alma desgañitada, tirando del carro de una banda perfectamente engrasada que avanza con la determinación precisa de una biela, mientras los arreglos de los metales aumentan la temperatura hasta que la canción rompe a silbar: ¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuh!

Silly Thing: tremenda canción de aire morrisioniano y melodía deliciosa, con un estribillo impagable, coreado con elegancia pandillera, y replicado por una sección de vientos que seguro meneó la pelvis al grabar. Y ese solo de saxo, magistral de puro sencillo. En fin, «you don’t mean a thing if you ain’t got that swing», canta el canijo de las gafas ahumadas. Pues eso.

Between you and me: la canción pop perfecta —que se dice—, una melodía sencilla, delicada, inolvidable, compuesta asimismo con el León de Belfast en el retrovisor —aquí el alumno ya ha adelantado, en cierto sentido, al maestro—. Mierda de primera clase, un puto clásico, sin más.

Howlin’ Wind: reggae urbano, suburbial, con Bordnar deletreando una estupenda línea de bajo, la guitarra de Schwarz dando pellizcos de monja a la melodía, los teclados insinuando cierta fiebre, un posible delirio, todo ello atravesado de la tensión que infunde a las canciones el aullido parkeriano: un tema pop que contamina el ánimo como una caricia a contrapelo.

Back to schooldays: rockabilly humorístico y nuevaolero, una especie de “qué pasa chaval” con empujón en el pecho incluido, con un sonido de guitarras impecable y un solo de Dave Edmunds… Pues eso, un solo de Dave Edmunds.

Not if it pleases me: y, cerrando la colección, este prodigio. Un tema redondo, lleno de sentimiento, con la banda aumentando la intensidad emocional hasta que la hace estallar sin variar en ningún momento la velocidad de crucero. Un country blues melódico que la varita mágica de Lowe convierte en una canción pop inolvidable.

Próximamente… El lado oscuro del negocio (Parte II)

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