La pasión no es moneda corriente (II): el lado oscuro del negocio

Cuando en agosto del 76 se publicó Howlin’ Wind, el primer álbum de Graham Parker & The Rumour, alcanzó rápidamente las 30.000 copias vendidas en Gran Bretaña, cosechando, además, excelentes críticas. Todo parecía invitar al optimismo, pero Parker apenas tuvo tiempo de disfrutarlo: tan sólo dos meses después de la publicación del disco, su mánager le pidió nuevo material para entrar a grabar en el estudio. Gajes del pop business: Robinson quería aprovechar el tirón de Howlin’ Wind, y para ello consideró necesario tener listo otro elepé antes de que acabara el año. Ante las presiones de Robinson, Parker se pone a trabajar y cuando en verano llega a los legendarios estudios Rockfield, los temas de que dispone están poco más que esbozados, algo bien diferente a lo que había sucedido con las canciones de su anterior trabajo, cuyo proceso de maduración se había prolongado varios años. Por otro lado, Parker, con el objetivo de abrir su sonido y seguir evolucionando, decide prescindir de Lowe para contratar a un nuevo productor; la persona elegida es “Mutt” Lange, un joven ingeniero que con el tiempo se convertiría en uno de los profesionales más reputados del mainstream —sí, el productor del Highway to Hell de los AC/DC y más recientemente de varios trabajos de Lady Gaga— y que, por primera vez en su carrera, se hacía cargo de la producción de un álbum en calidad de responsable principal.

Heat Treatment

Esta escasez de tiempo a la hora de trabajar los temas así como la labor de Lange a la producción son los factores que permiten rastrear las diferencias entre Heat Treatment y Howlin’ Wind. En primer lugar, en la nueva entrega el nivel medio de las composiciones baja un poco, algo que no deja de ser habitual —y lógico— cuando se trata de un segundo elepé. Por lo que respecta al sonido, Heat Treatment peta más limpio, más pulcro que HW, lo que resulta en una ligera pérdida de frescura: el proceso de grabación seguido por Lange —instrumento por instrumento, parte por parte— tuvo como efecto una cierta deconstrucción del sonido que le resta a los temas una pizca de naturalidad, de olor a sobaquina, no olvidemos que en el anterior trabajo con el avezado Lowe la banda había grabado prácticamente en directo. Pero de todos modos, y opine lo que opine el padre de la criatura —un autocrítico despiadado que en las notas interiores de la reedición del disco con motivo del 25 aniversario de su publicación despelleja a Lange y también a sí mismo por haber cedido a las presiones tanto del productor como del manager—, nos hallamos ante un elepé magnífico, que corrobora el talento melódico de Parker y su personalidad como intérprete, y que estilísticamente supone una continuación de HW. Heat Treatment contiene varias joyas que con el tiempo han venido a convertirse en clásicos del cancionero de nuestro hombre, cortes de melodías tan contundentes como That’s what they all say o Hotel Chambermaid, temas de energía netamente parkeriana como Pourin’ it all out, el delicioso doo woop de Back door love, o esa maravilla soulera titulada Fool’s gold que cierra la colección.

Graham Parker / Foto: Denis O’Regan/Getty Images .

En el otoño de 1976, tan sólo medio año después de la publicación de HW, Heat Treatment sale finalmente a la venta: el disco no sólo vuelve a conquistar a la crítica sino que vende alrededor de 60.000 copias en el Reino Unido, prácticamente el doble que el anterior. Nada parecía indicar lo que el grupo se iba a encontrar a la vuelta de la esquina.

El lado oscuro del negocio

La publicación de Heat Treatment y las giras que a ella siguieron acabaron por situar a Graham Parker & The Rumour como una de las bandas más respetadas del momento. Su música, que aunaba de forma natural la frescura nuevaolera con la prestancia instrumental propia de un bregado combo pub rock, y la actitud desafiante del frontman, bien vista incluso a los ojos del iconoclasta movimiento punk —que por entonces se hallaba en plena eclosión— otorgaron al grupo un prestigio artístico muy por encima de la posición que ocupaba en las listas de ventas.

Así estaban las cosas cuando Parker comenzó a descubrir la parte más amarga de formar parte del negocio musical; desde la publicación de Heat Treatment hasta la de Stick to me, su tercer elepé, transcurre poco más de un año, un año marcado por las desavenencias entre Parker y su nuevo sello americano, Mercury —las ventas en EEUU no fueron las esperadas por la compañía—, y por la guerra artística que se inventaron los medios entre él y otro canijo gigante que estaba a punto de publicar un primer disco en solitario deslumbrante, Elvis Costello. La prensa musical, tan inglesa para estas cosas, se inventó una absurda rivalidad entre ambos que necesariamente había de acabar con el ensalzamiento de uno y la condena del otro. Una personalidad más mediática y una imagen mucho más acorde con la colorida irreverencia nuevaolera encumbraron al genial gafotas del mismo modo que relegaron mediáticamente a Parker, cuya trayectoria dejó de contar con el favor de una parte importante de la prensa especializada.

Parker reaccionó a todo ello renovando la fe en sí mismo, echando leña al fuego de sus ambiciones. Con dos elepés a sus espaldas, después de haber absorbido y asimilado las influencias de los maestros, había llegado el momento de dar la auténtica medida de sus posibilidades, de hacer algo grande. Según ha reconocido el propio Parker, su intención era la de alejarse completamente del simplismo punk que todo lo iba impregnando para grabar un disco de proporciones épicas, un disco de rhythm&blues “progresivo y futurista” (fuck!). El buen funcionamiento comercial de Heat Treatment le permitió disponer de un poco más de tiempo para componer y de un presupuesto de grabación también mayor. Tras pasar varios meses currándose los nuevos temas, Parker contrató al productor Bob Potter —que había ya actuado como ingeniero de sonido en discos de artistas como Led Zeppelin o Eric Clapton— y se encerró con él y The Rumour durante cinco semanas en los londinenses estudios Island. Y entonces sobrevino la catástrofe.

Cuando se hallaban trabajando en el estudio, Parker y el productor repararon en que un polvo oscuro se iba acumulando alrededor de los cabezales del 24 pistas, pero pensaron que no tenía mayor importancia y decidieron seguir adelante. Ha de decirse que la mayoría de los temas, en consonancia con esas “proporciones épicas” que Parker había alucinado para el nuevo disco, incluían unos arreglos complejos y carísimos, ejecutados por unas secciones de cuerda y viento de dimensiones casi filarmónicas. La grabación finalizó según lo previsto, y entonces llegó el momento de mezclar… Y se dieron cuenta de que resultaba imposible hacerlo: la mierda que se había ido acumulando en las pletinas arruinó las cintas, empastando el sonido e impidiendo subir el volumen de una pista sin que subiera a la vez todo lo demás. A esas alturas ya se habían fundido todo el presupuesto y apenas disponían de tiempo para volver a empezar, pues la banda tenía comprometida una gira por Suecia. No quedaba otra que ser resolutivo; como explica el propio Parker en las notas interiores de la reedición del Stick to me, Robinson decidió acudir al único Señor Lobo capaz de solucionar el problema y grabar el disco en una semana: un viejo conocido, Nick Lowe.

Dicho y hecho. La banda se encierra en los estudios Chiswick y al cabo de una semana tiene listo Stick to me, su tercer elepé, que obviamente dista mucho de ser ese disco épico, «grandiose and Vangelis» —según el propio Parker— que el autor había visualizado como objetivo cuando se puso a componer.

Stick To Me

Stick to me ha sido considerado tradicionalmente por la crítica el elepé más flojo de los cuatro que componen la primera etapa de Parker con The Rumour, la más brillante de su colaboración. Sin embargo, escuchado hoy, hay que decir que se trata de un buen disco —no en vano está escrito por el mejor Parker—, de calidad muy superior, a muchos de los trabajos que publicaron durante esos años los solistas y grupos de la New Wave —a diez asaltos, Stick to me sale vencedor de la pelea con muchos de ellos cuando menos a los puntos—. El astuto Nick Lowe decide hacer de la necesidad virtud y apuesta de nuevo por grabar prácticamente en directo, lo que devuelve a las canciones la punta de inmediatez perdida en Heat Treatment a costa, eso sí, de “enlatar” un poco el sonido. No podemos comparar el disco que finalmente se publicó con el que se perdió —«one of the great lost albums of all times» lo llama el crítico Nigel Williamson—, pero lo que no puede ponerse en duda es la calidad de temas como el rhythm&blues que da título al álbum, el reggae-pop de Problem Child, el rock&roll revolucionado de New York Shuffle, el soul lleno de sentimiento de Watch the moon come down o los tres minutos de pesadilla inconfundiblemente parkeriana contenidos en la espléndida Thunder & rain.

Este retorno obligado a la simplicidad, al sonido low-fi —en un momento en que la tecnología ya había comenzado a cambiar por completo los procesos de grabación—, fue visto por la crítica como un paso atrás, principalmente en Estados Unidos, donde escritores tan influyentes como Greil Marcus reseñaron negativamente el álbum y vieron en él una prueba de las limitaciones artísticas del grupo. A pesar de ello, Stick to me funcionó bien comercialmente, alcanzando el Top 20 británico en el momento de su lanzamiento —septiembre de 1977—.

Próximamente… El Factor Nitzsche (Parte III)

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