Kop, kop, kop. Ciclismo en Flandes

Kop, kop, kop, Tommeke, kop, Stijn, kop, Sep, kop, kop, Fabian.

Los gritos de ánimo se confunden en mitad del estruendo que supone el paso de los ciclistas. Miles y miles de flamencos celebran su particular día nacional, aquel en el que las banderas amarillas con león negro de ribetes rojos inundan las carreteras.

El Tour de Flandes, De Ronde van Vlaanderen, no es solo una carrera. Y no lo es porque a su alrededor se ha ido conformando toda una mística flamenca que tiene mucho que ver con lo identitario, y que hunde sus raíces en aspectos etnográficos o folklóricos con siglos de antigüedad.

Los propios nombres deberían darnos algunas pistas. Por ejemplo, la prueba se ha decidido durante muchos años en el Muro de la Capilla, llamado Muur van Geraardsbergen en flamenco o Mur de Grammont en francés. La elección por uno u otro nombre no es únicamente estética, sino que tiene otras muchas connotaciones. La de la reafirmación flamenca frente a lo que muchos consideran como opresor francófono. La del respeto por las viejas tradiciones, por el legado cultural común frente a la amenaza cada vez mayor de la modernidad. Si quieren saber más sobre el asunto lean algún libro que les cuente lo que ocurrió cuando a Merckx, flamenco por nacimiento, francófono por residencia, se le ocurrió hacer sus votos matrimoniales en francés. A veces el deporte explica la sociedad mejor que ninguna otra cosa.

Tour de Flandes, 1968.

De Ronde van Vlaanderen se celebra cada año en un pequeño espacio geográfico comprendido entre las cuencas de los ríos Schelde y Dender (o Escaut y Dendre en francés, de nuevo los nombres), un lugar conocido como las Ardenas flamencas y jalonado de pequeñas subidas de escasa altitud pero con pendientes muy empinadas. Un sitio eminentemente rural, donde la ocupación mayoritaria hasta hace pocos años era la agricultura y la ganadería. Una región muy alejada de la cosmopolita Bruselas, de la moderna parte industrializada del país. Porque Flandes no es Bélgica, o al menos eso dicen muchos flamencos.

La orografía de Flandes es oscura y difícil, áspera e implacable como su tiempo primaveral. Y eso se nota en De Ronde, que es, quizá como ninguna otra, una carrera unida al corazón de un pueblo. De Ronde es Flandes y Flandes es De Ronde. Bicicletas que se mueven por carreteras ratoneras, por caminos estrechos y llenos de múltiples cruces, que entran y salen de cada finca, sendas que el resto del año se utilizan solo por tractores. Una competición en blanco y negro, un reducto alejado de la globalización. Eso es De Ronde van Vlaanderen.

Eso y los adoquines, claro. Porque las amargas subidas que jalonan Flandes, esas pequeñas colinas de pendientes imposibles donde cada año se decide la carrera, están adoquinadas. Recubiertas con un tipo especial de piedras que los flamencos llaman ‘kinderkopje’ (‘cabezas de niños’), por su forma abombada, por su carácter irregular, traicionero. El vencedor en De Ronde tiene que pisar miles de esas cabezas. Y no pinchar, caerse o desfondarse en el intento.

A su alrededor, el griterío. A su alrededor una masa humana que mezcla pasión y tradición, que huele a patatas fritas y cerveza (las Leffe son casi una religión en la zona). Gente que anhela el paso de De Ronde durante doce meses y que se toma la jornada de la carrera como día de fiesta grande.

Las familias se reúnen para ver pasar la carrera, plantando una mesa plegable en cunetas o prados cercanos a la carretera. Allí se consumen platos típicos flamencos (cárbonades, una especia de guiso de carne a la cerveza negra, o cuco de Malinas, un pollo autóctono de tacto extremadamente suave), se canta, se baila, se agitan banderas flamencas y se bebe cerveza, mucha cerveza. Y se discute, porque si algo hacen los de Flandes es opinar y discutir casi sobre cualquier cosa. Se discute de política (los últimos impulsos a la independencia son siempre más esperanzadores que los anteriores), de historia (Carlos V era genuinamente flamenco), de arte (los interiores de Van Eyck no han sido superados, la simbología en El Bosco es típica de la zona) o de ciclismo, sobre todo de ciclismo. Porque siempre hay un flamenco en disposición de vencer en su gran prueba, y siempre a los más viejos les parece menos duro, menos aguerrido, menos representante del espíritu tradicional que sus antecesores. Y así Boonen es una versión edulcorada de Museuuw, que a su vez lo fue de Vanderaerden, que era menos flandrien que Maertens, y este que De Vlaeminck, y aquel que Rik Van Looy, y así hasta principios del siglo XX.

Al fondo hay bengalas, hay trompetas, hay puestos de comida y de bebidas. Hay gritos, hay alegría, hay pasión. Al fondo, a lo lejos, un rumor creciendo. Los ciclistas, que se acercan. Nervios, emoción. Vamos. Kop, kop, kop.

De Ronde.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies