Itinerario

Un taxi me llevó desde el aeropuerto al Hotel Baffin. Los años habían pasado, pero era la misma gélida ciudad. Un lugar lejano, no sólo geográficamente. Sin nostalgia.

Mientras confirmaban mi reserva, a mi lado, un tipo pelirrojo leía un libro de edición inglesa sobre los misterios y maravillas del mundo. Pensé lo insignificante que resultaba. Un ser opaco, ocultando nada especial. La recepcionista me dio la llave de mi habitación: 1110. El botones me acompañó, le di la propina y cerré la puerta —el gesto que llevaba deseando desde que comenzara el día—. Era un hotel de reciente construcción el Baffin, cuatro estrellas, elegante con austeridad; menos hubiera sido suficiente para descansar como necesitaba.

Fotografía de Gueorgui Pinkhassov/Magnum Photos.

Contemplé la ciudad desde el ventanal, igual que hiciera veinticuatro años atrás —tuve que echar la cuenta— desde la habitación de otro hotel más modesto. Igual que entonces, no me sentí extranjero. Sonó el teléfono, la recepcionista me comunicó que el señor Philippe Jouquet llamaba preguntando por mí. Tenía una voz que engañaba sobre la edad que su rostro expresaba, por teléfono era la voz de una chica joven. Sin laberintos, propuso que podía inventar una excusa si no deseaba contestar. Lo agradecí, pero no era necesario, podía pasarme cuantas llamadas me requirieran; en verdad, la única que esperaba era aquella del decano de la facultad. 

Jouquet me preguntó si el hotel era de mi agrado, insistió en que buscaría otro lugar si no me encontraba cómodo. Agradecí la deferencia, pero todo estaba bien. Acordamos encontrarnos al día siguiente en el restaurante Chomédy, en la parte vieja de la ciudad. Rechacé que un taxi me recogiera, quería visitar la ciudad por la mañana, me apetecía caminar hasta allí.

Tal como estaba acostumbrado, madrugué. Caminé un par de manzanas hasta una cafetería, nunca me gustaron los restaurantes y cafeterías de los hoteles si me encontraba alojado en ellos. Desayuné café solo en taza grande y un sándwich vegetal. El lugar guardaba semejanzas con el Café Gibben, al que Marie y yo acudimos los tres días que pasamos juntos, veinticuatro años atrás. Compré un periódico y un paraguas, había olvidado el mío al hacer el equipaje. Observé las azoteas de los edificios y los escaparates que me reflejaban. Estuve un tiempo mirando los maniquíes de algunas tiendas, altivos como cisnes, inmóviles como cualquiera. Pensé en Marie, que también era altiva, y la eché de menos, aunque no identificara la nostalgia. Repasé mentalmente las notas que había apuntado por la noche. Sabía que Jouquet se interesaría por el orden de la conferencia. 

Alcancé el Parque Delarue, comenzó a nevar. Casualmente, la primera vez que vi la nieve en la ciudad fue junto a Marie en el mismo parque, desayunando en el Café Gibben. Bajé las orejeras de la gorra y tomé el metro hasta la Rue Marseille. Marie y yo tomamos el metro hasta la estación de Boudry, luego caminamos abrazados hasta la Place Alençon. Las situaciones eran distintas. Años atrás improvisamos un recorrido que no he olvidado. Antes de comer con el decano quería visitar la Galería Gracchus, la vez anterior perdí la oportunidad de contemplar su fachada de piedra gris.

Durante el recorrido por la galería volvieron a mi cabeza los lugares que visitamos Marie y yo la última mañana que pasamos en la ciudad, el último día que nos vimos. Después de presentarnos en la Place Alençon caminamos hasta la parte vieja de la capital, nos sentamos en las escaleras del Museo Arqueológico, allí bebimos chocolate caliente que compramos en un puesto ambulante. Al poco, Marie me arrebató el vaso, se levantó de un salto y lo tiró todo a una papelera. Detuvo un taxi y pidió que nos condujera al lugar con la vista más hermosa de la ciudad. El taxista no contestó, le escuchamos hablar varias veces por la radio sin saber dónde nos llevaba. Tendría unos cincuenta años y la cabeza rapada. Aparcó frente al parque del Mont Décize y nos indicó que subiéramos al mirador que estaba en lo alto, aguardó fuera del coche, vigilando mientras nos alejábamos. Marie reía al girarse y encontrarle mirándonos, impertérrito. Ella le saludaba. Él no respondía al saludo. Reíamos. La distancia terminó por confundirlo en la vasta panorámica. Desde lo alto del parque observé la ciudad, sin ser consciente de que eran los últimos momentos que pasábamos juntos. 

Era pronto aún cuando salí de la galería, llegaría con tiempo de tomar una cerveza antes de que Jouquet apareciera. Caminaba rápido hacia el restaurante, pasaba precisamente frente al Museo Arqueológico, cuando a unos veinte metros vi a una mujer cogiendo un taxi, llevaba el pelo sujeto con horquillas sobre un abrigo verde, edad aproximada cuarenta y cinco; su rostro, el de Marie envejecida. Detuve el paso y la miré fijamente, hasta que al poco quedó oculta en el interior del coche.

El repaso a primeras horas de la mañana resultó útil, el decano se interesó por el esquema de la conferencia. Le encantó mi serenidad, odiaba la improvisación, afirmó con un sonrisa grosera, tanto como el significado de sus palabras. Respondí cortésmente a todas sus dudas, así mismo le rogué pidiera a sus colegas catedráticos que cedieran el micrófono a los estudiantes durante el turno de preguntas. Aseguró que así ocurriría. En ese momento tenía claro que aquella mujer era Marie.

La conferencia se alargó casi tres horas, los asistentes eran jóvenes, como quedó patente con el efusivo aplauso de despedida. Cuando llegué al hotel, Jeanne, la mujer de voz joven, me dio las buenas noches en bienvenida. Jouquet había telefoneado hacía escasos minutos para agradecer la calidad de mi labor. También a mí me hubiera gustado darle de nuevo las gracias por la atención que me había dedicado desde que llegué.

Subí sólo en el ascensor, las puertas se cerraron y sentí como si estuviera contemplándome a mí mismo desde lejos, encerrado en la cámara espía de mi propia desconfianza, en la insignificancia, extraño, desconocido sin misterio. Se me ocurrió ir al cine y regresar de madrugada tras la última sesión. Deseché el plan, estaba demasiado cansado. No podía olvidar a aquella Marie subiendo al taxi. 

Salí en busca de una copa que me hiciera olvidar el asunto obsesivo. Unas veces estaba seguro de que era ella, repentinamente lo dudaba y sentía la necesidad de volver a verla. En el vestíbulo, Jeanne cubría sus manos con guantes de cuero, dispuesta a marcharse. Eran las diez en punto de la noche. Me preguntó si todo marchaba bien, bajo el abrigo aún conservaba el uniforme del hotel. Todo bien, contesté. La invité a tomar un whisky. Se encontraba bastante cansada, sin embargo el día siguiente era su día libre, no le importaba llegar algo después a casa. Nos alejamos unas manzanas, no fue difícil encontrar un buen lugar.

Tomé un par de whiskys con hielo, ella un whisky con lima y un primero con hielo, brindamos las dos rondas. Conversamos y escuchamos la interpretación del trío de piano, batería y saxo que atacaba desde el fondo del bar. A ella le gustaba el saxofonista, no era la primera vez que le oía. El tipo tenía algo excepcional, pero difícil. Comenté que había conocido a un hombre que odiaba la improvisación, ella lo despreció sin interesarse por su identidad. Jeanne no era fea, pero tampoco guapa, era de esas personas cuyo atractivo aumenta cuando te encuentras con ellas cada día, no como una dulce costumbre, sino como un descubrimiento esperado pero indescifrable. Tomaba el vaso con seguridad, se recogía con gracia tras las orejas una bonita media melena de color castaño. Hablamos de sus horarios y de mis viajes. Estaba divorciada y su hija la llamaba de vez en cuando para cenar juntas. No estaba sola, dijo. Yo envidié el hecho de vivir en una ciudad tan nocturna, blanca de nieve durante una estación entera, una ciudad grande, con infinitos escondites. Pero echaría de menos cierta paz y el silbar del viento sin obstáculos, dije. Hablamos de nosotros mismos con muy pocas palabras, comprendiéndonos con facilidad, en una frecuencia difícil de sintonizar entre el deseo y la realidad.

Regresé a mi habitación después de despedirme de Jeanne, me deseó un feliz regreso. Para mí había sido muy agradable compartir unos tragos con ella, realmente me había tranquilizado. Me apuntó su dirección para mantener correspondencia, prometió responder a todas las misivas que le enviara. Dormí satisfecho del transcurso de la noche, fría y adulta. Todo estaba mucho más claro.

Desperté temprano. Nevaba. A las cuatro de la tarde tenía que estar en el aeropuerto, mi vuelo salía a las seis y cuarto. Tomé un autobús hasta el Parque Delarue, el local del Café Gibben lo ocupaba Du Bellay, una cafetería que no guardaba apenas ningún parecido con su antecesor. Pasé y tomé asiento, no tardaron en atenderme, era temprano y no había mucha clientela. Pedí un desayuno a base de café y bollería. Lo acabé y pedí otra taza de café con leche, muy caliente. Tras algo más de una hora llegó ella. Se sentó junto a las ventanas, yo tomé un zumo en la barra mientras ella bebía café sólo y comía media tostada. Cuando abandonó el bar, la seguí. 

Tomó el metro hasta Boudry, desde donde continuó a pie hasta la Place Alençon. Se detuvo un buen rato frente a un músico que golpeaba diferentes vidrios. En un paseo lento fue desde la Place Alençon hasta la parte vieja de la ciudad, donde se sentó en las escaleras del Museo Arqueológico. Tras unos minutos se incorporó y llamó la atención de un taxi. Por suerte pude conseguir uno rápidamente. Pedí al conductor que los siguiera. Fuimos pegados a ellos sin dificultad. El coche se detuvo, tras unos segundos, los necesarios para pagar la carrera, ella bajó. Se adentró en el parque del Mont Décize, yo la observé sin salir del automóvil. Se alejó, sin girarse ni saludar a nadie, hasta confundirse en la vasta panorámica. Allí estaba, igual que veinticuatro años atrás, diferente. Otra. La misma. Continué mirándola, desde el mismo lugar en el que el taxista calvo nos vio reír, felices sin saberlo. Después tomé otro taxi y pedí que me llevara al aeropuerto. ♦︎  

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