Hemingway y la fiesta que nos sigue

Sin saber muy bien por qué, me puse a leer hace poco Fiesta, de Hemingway. Creo que me movió un impulso inconsciente de volver hacia atrás en el tiempo y, en realidad, lo que quería era leer otra vez su París era una fiesta como si no lo hubiese hecho antes. Sentí el deseo de descubrir otra vez esa novela que, en su día, me pareció deliciosa. Y, efectivamente, el comienzo de Fiesta me recordó a la de París, ya que empieza en el mismo París que el otro libro, con una vida de café en café, poblada por personajes que pululan sin saber muy bien qué hacen en la vida o qué buscan en la ciudad de las luces o en el mundo entero.

Ernest Hemingway, 1944 / Foto: Public Domain.

Con Hemingway, al menos en estas dos obras, el lector pasa muchas hojas informándose perfectamente de lo que bebían Ernesto y sus contemporáneos. Se aprende una barbaridad del pernod, la absenta, el chardonnay, del coñac de 1815, de cómo rebajar vinos blancos franceses con agua, de a qué hora el whisky va mejor con soda y de lo conveniente que es intercalar durante las largas sesiones etílicas unas cuantas cervezas, mejor las del Café Select que las del de las Liles. También, lo diferente que es un buen champán, sobre todo si éste es extraído de una cesta de botellas y enfriado con el hielo derretido que el chófer de un amigo conde griego trae a altas horas cuando ya se está en pijama y en la cama.

Un apunte al respecto ilustra lo que digo: «Había anuncios de aperitivos con nombres raros, pero casi nadie era lo bastante rico, o en todo caso echaban un cimiento de aperitivo para luego edificar su trompa de vino». De lo que más habla en gran parte de ambas novelas es de la bebida, emplea más párrafos que para la descripción de personajes. Incluso el retrato que hace de Scott-Fitzgerald en buena medida es a través del alcohol. Escribe de él: «Mientras estaba allí sentado a la barra con la copa de champán en la mano, de pronto pareció que la piel de la cara se le ponía tirante y que desaparecía su hinchazón, y luego se puso todavía más tirante hasta que la cara parecía una calavera. Los ojos se hundieron y se apagaron como muertos, los labios se adelgazaron tirantes, y el color de la cara se fue, dejando un matiz de cera de vela quemada. No fueron visiones mías. La cara se le convirtió realmente en una calavera, o en una mascarilla mortuoria, ante mis ojos.

     —Scott —dije—,¿te encuentras bien?
     —No —contestó, y la cara se le puso todavía más tirante.
     —Tenemos que llevarle a un puesto de socorro —dije a Dunc Chaplin.
     —No. No le pasa nada.
     —Parece que está muriéndose.
     —No. Siempre que se entrompa le pilla así».

Hem describe a Scott como alguien extraño, delicado y sofisticado, vestido con mucha elegancia y sumamente frágil con la bebida, lo cual, en el contexto descrito, le hace aparecer como ridículo. Él y su esposa Zelda son seres de mentira, artificiales, que, ante la primera copa de champán, caen redondos.

En alguna parte asegura que El gran Gatsby, leído el manuscrito que Scott le muestra antes de ser publicado, le parece sublime y ve imposible que un hombre así pueda haber escrito aquello. La descripción completa que Hemingway hace de Scott es digna de entrar en los anales del retrato literario: «Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho, y su cara de muchacho no se sabía si iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía un pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser hermoso, pero él lo era gracias al color del cutis, al pelo muy rubio y a la boca. Una boca como para preocupar hasta que uno conocía bien a Scott, y entonces para preocupar todavía más. […] 

Era un hombre ligero pero no parecía en muy buena forma, y se le notaba como una hinchazón en la cara. Su traje de señorito le sentaba bien y estaba claro que salía de Brooks Brothers, y llevaba una camisa blanca de cuello muy formalito, y una corbata de esas que los ingleses se ponen con los colores de la bandera de su regimiento, y aquella era nada menos que del regimiento de los guardas reales. […]

Llegó un momento en que observarle ya no me proporcionaba mucha información, excepto la de que tenía manos bien formadas y que parecían hábiles, y no eran pequeñitas, y cuando se encaramó a uno de los taburetes del bar, descubrí que tenía las piernas muy cortas. Con piernas normales tal vez hubiera alcanzado cinco centímetros más».

Y por si fuera poco acaba los pasajes dedicados a Scott y Zelda relatando cómo el escritor le pide consejo sobre el tamaño de su pene, pues su mujer le había convencido de que era enano. Hemingway le tranquiliza asegurándole que era absolutamente normal.

También tienen estos dos libros buenas digresiones deportivas, como aquella en la que explica cómo todo un Ezra Pound quiso aprender a boxear pero no se le daba bien porque estaba resabiado de la esgrima. O conclusiones definitivas en la evolución de los personajes como aquella de uno de los masculinos del que afirma que su tenis ya no había vuelto a ser el mismo a raíz de un desengaño amoroso.

Da la sensación de que durante muchas horas de su vida sólo le interesaron a Hemingway la actividad física y la bebida, y que, sólo, fue amigo de gente que bebía concienzudamente. El lector cree que estas dos novelas van a ser casi todo el tiempo una sucesión de restaurantes, cafés, hoteles, calles y personajes, con sus mil y una borracheras, pero de pronto encuentra un diamante tirado entre las páginas. Tienen, cada una, un párrafo maravilloso. El lector, al menos un lector como yo, piensa que tal vez sea eso lo que justifica la extraordinaria fama universal del escritor, premio Nobel incluido. Tras un montón de páginas sin brillo, sin estilo y sin amor por la escritura, dice Ernesto en un párrafo prácticamente escondido de Fiesta: «No me importaba el sentido de la vida. Lo único que quería era saber cómo vivir. Tal vez si uno descubría cómo vivir podría deducir de ahí el sentido de la vida». Seguramente estas tres frases hayan pasado desapercibidas a millones de lectores que irán corriendo, renglones abajo, a ver cómo era la borrachera siguiente del bueno de Hem y sus amigos, pero para alguien como yo, a quien llegar a una conclusión parecida le ha llevado casi toda la vida le sorprende y le deja paralizado unos instantes con el libro abierto, como quien se encuentra con una verdad que estaba construyendo ya vivida por otro.

El otro gran párrafo es mucho más famoso y está al final de París era una fiesta, dice: «París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices». Una maravilla en la que si quitásemos la palabra “París” y pusiéramos en su lugar “el mundo” o, mejor, “la vida”, encontraríamos una hermosa filosofía. La vida, la fiesta que nos sigue.

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