Cultura y estrellas

A veces necesito una visión simplista de la realidad para comprender el todo que la conforma. ¿Alguna vez te has preguntado cuál es el nexo de unión de todas las culturas del mundo?

Cuando miramos al cielo, las personas suelen vivir una situación de transcendencia. Entiendo por transcendencia el hecho de no comprender, de ser sobrepasado por lo inabarcable, por lo infinito. Últimamente pienso mucho en la subjetividad de los sentimientos. Lo que uno siente en determinadas situaciones es único y aunque se intente explicar a terceras personas, en último término es imposible. Son sentimientos plenamente subjetivos. El amor, la rabia, la impotencia.

Mirar las estrellas también genera una situación de subjetividad. Muchos ven a Dios en el cielo. Hablan con los que los dejaron. Unos buscan una visión más empirista y saben decir los años luz que nos separan de la estrella Casiopea. Otros saben contar a través de ellas antiguos mitos griegos: Hércules luchando con la Hidra, la lira de Apolo, los símbolos del zodíaco. La de historias que la humanidad habrá recibido de las estrellas.




Sin embargo, todas esas antiguas historias las hemos ido progresivamente dejando de lado a la sombra de una sociedad mercantilizada de consumo. Si hoy preguntamos a cualquiera sobre el nexo de unión de las personas con las estrellas igual nos cuenta la teoría de panspermia. Que la vida viaja por el universo, que somos causalidad y casualidad. Que nuestro origen está en las moléculas de carbono que hace millones de años cayeron de un meteorito. Todo aquello que nos han contado en los libros de texto o que nos escupió un día un profesor de instituto. Pero hemos olvidado todo. El origen más poético de los nexos de toda sociedad no está en una teoría científica.

A veces pienso que salimos de la caverna con demasiadas prisas. Dejando atrás mundos, belleza, filosofía. Ese sol platónico que simboliza las ideas y la razón ha acabado por cegar el concepto base de que hay cientos de miles de capas debajo de todo lo que vemos. No vengo aquí a negar la teoría cientificista, que comparto plenamente, sino a recalcar lo olvidado.

Piensa por un momento en el estado de naturaleza primigenio. Las primeras personas necesitan establecer sociedades para sobrevivir. Aristóteles decía que el hombre que renegara de vivir en sociedad dejaría de ser hombre, sería una bestia. Hobbes decía que en ese caso se convertiría en un superhombre. ¿Cómo se crea una sociedad, un pueblo? Que no te cuenten milongas. Las sociedades se crean a partir de las estrellas.

Los pueblos nómadas viajaban siguiendo las estrellas. La Estrella Polar, inmóvil marcando siempre el norte, fue la primera diosa de todas las culturas del mundo. Era la guía que movía las comunidades, que hacía que se establecieran en un lugar o en otro buscando el mejor tiempo y la mejor cosecha. Junto con el Sol y la Luna forman la trinidad cultural del mundo entero.

Pronto nacieron las religiones, todas ellas provenientes del culto a las estrellas. Mitra, Ishtar, Tiamat. Siempre diosas, siempre madres, siempre estrellas. De estos primeros cultos nacen los estamentos sociales, el orden en las comunidades las cuales, sorprendentemente para los ojos occidentales contemporáneos, eran matriarcados. De la mano de ello nace la danza, la música. Se celebran los equinoccios, los eclipses, las lluvias y las primaveras. Que bonito es decir que el origen de la música está en las estrellas. Escuchar Naima de Coltrane, Where is my mind? de los Pixies o la novena sinfonía de Beethoven y llevarlas al cielo.

Pero la cosa no acaba en las sociedades ancestrales, ni en las religiones, ni en la danza, ni la música. Cuando digo que le debemos todo a las estrellas no exagero. La geografía y la cartografía no existiría sin la audacia de los árabes, que inventaron un artefacto tan sumamente mágico e inexplicable como es el astrolabio. Más allá, los valores, la moral, la ética. Como bienes culturales y subjetivos tienen su origen último en el firmamento. Los tres reyes magos y las pirámides de Gizeh son las estrellas del cinturón de Orión. Los doce dioses olímpicos son el sistema solar. El cristianismo, el islam, el judaísmo, el hinduísmo, bahaaismo, la santería y el vudú son interpretaciones y aplicaciones del culto a las estrellas.

Pero también la valentía y la intrepidez humana, la investigación, el ansia por conocer. En el año 810 de nuestra era un cordobés, Abbàs Ibn Firnás, fue la primera persona humana en volar. Se lanzó sobre los tejados de la Córdoba de las tres culturas, de esa efímera sociedad idílica de convivencia y paz, y voló. Con un artefacto que él mismo había inventado. Seiscientos años antes que Da Vinci. Mil años antes que los hermanos Wright. Era filósofo, poeta y astrólogo. Lo movían las estrellas. Hoy es olvido. Enterrado por el desprecio occidental a lo que entienden por cultura ajena, sepultado por el individualismo y la necesidad de mostrarnos diferentes al resto.

No puedo dejar de pensar que el punto en el que todo esto queda condenado al olvido es con el génesis de la sociedad neoliberal. La alienación y el consumo, el individualismo salvaje. Los Tiempos Modernos de Chaplin, con Charlot condenado a trabajar en una fábrica en la que su función se limita a apretar una tuerca. Una larga cadena de montaje real y metafórica en la que no sabemos qué estamos produciendo ni que está sucediendo, simplemente nuestra función es apretar un tornillo. Un señor americano muy majo y nada egocéntrico llamó a este proceso Taylorismo.

Ahora nadie conoce nada. Todas las mañanas nos lavamos los dientes con una especie de pasta que no sabemos de dónde sale. Asistimos a clase o vamos a trabajar, siguiendo las pautas de un sistema que no comprendemos para conseguir el reflejo último de la alienación: dinero para consumo. Vivir para consumir, vivir para ser ignorantes. Entendemos la explotación y los abusos como algo natural. Como si fuera un estamento, una verdad absoluta, el culto definitivo, el dios dinero. Maldito el día en que olvidamos las estrellas por la sumisión. Agachamos la cabeza y si miramos arriba nos vuelve a cegar esa maldita idea platónica de sol y de ideas, que de últimas es una falacia.

Igual que encuentro en las estrellas el origen último de la Cultura, también encuentro en su olvido el origen de la desigualdad. La obcecación por mostrarnos diferentes los unos de los otros. La discriminación, el odio.

Imagina que todo el mundo fuera consciente de que el génesis de su ser está en el cielo. Sin importar raza, religión, género o cuánto tienes en tu cuenta corriente. El nexo olvidado de todas las sociedades. Muchas veces es necesario dar un paso (o una carrera) hacia atrás para recuperar la visión de conjunto olvidada.

Qué mundo más bonito si pensamos en las estrellas cuando escuchamos un solo de guitarra de Mark Knopfler, o cuando conocemos a alguien de una cultura ajena. Qué manera más poética de tender puentes, de construir lazos. Volver a la idea original para construir un mundo mejor. Si te paras a pensarlo no es tan descabellado. Una paz basada en la filosofía de las estrellas más que en los números y las divisiones artificiales humanas.

Que somos polvo, polvo de estrella.

Misma materia, pura, bella, poética.

Un verdadero milagro del cielo.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies