Cuento anónimo

Por entonces no tenía nombre, guardaba hondos silencios ante las miradas curiosas y cuando algún entrometido pisaba su espacio vital acústico para interrogarla a este respecto ella se giraba, fijaba su pupila hacia el extremo superior izquierdo de su ojo y articulaba letras sin sentido para formar un nombre que constituyera un subterfugio. Cristina, María, Laura, Isabel… Era irrelevante, un espejo sin sombra ni rostro, un trozo de papel en llamas. Pasado el tiempo creo que llegó a aprender un modo de nombrarse a sí misma, pero yo jamás se lo pregunté. No era en absoluto importante, para mí ella era innombrable.

Gabriel telefoneó al piso. Yo aún no la conocía, quizá tampoco a Gabriel, que llamaba como un gato arañando la puerta suplicando en clave de exigencia para que le concediera un vaso de cerveza y un etcétera en la reducida retahíla de bares y tabernas de la escasa ciudad. Era una noche de hábitos, supervivencia estándar, delirios sin rumbo, televisores encendidos o calles abruptas. No tenía realmente a dónde ir y Gabriel lo sabía. Por eso gastó esa bala en la recámara, esa llamada con la que estrechó el lazo en torno a mis posibilidades que él conocía que de escasas, inexistentes. Quedamos en el bulevar a las once en punto. Faltaba aún hora y media para la cita y yo aún no la conocía.

Pienso en eso mientras me recuerdo aquella noche mirando las habitaciones que un día ella habitaría, las camas y suelos que poblaría con su cuerpo desnudo y su abrir la boca con la sed de un mundo entero e inocente. Hoy hace años que no la veo o que no la beso o que no me dejo caer sobre ella como una manta muerta o como un niño con tijeras. El Edén, el árbol del bien y del mal, la cura del cáncer con un cuchillo bajo la gabardina y las uñas como picos de cuervos.

Yo no debí conocerla, no debí entrar en el tercer bar con la ceguera de la espuma y la garganta pútrida, no debí hablarle, ni preguntarle su nombre, no debí pedirle dos meses más tarde que cantara para mí ni meter mis manos en su cuello en aquel invierno frágil de cielos sin lluvia.

Pero había quedado con Gabriel y salí del apartamento camino al bulevar sin más intención que dejar pasar el tiempo y  aguantar las bromas faltas de ingenio y los comentarios sin respeto ni gracia sobre los cuerpos de las féminas que pasaban ante nosotros como aves rapaces compasivas, dispuestas, gracias a Dios, a no devorar nuestra ya escasa estima por nuestro propio ser, por mucho que lo mereciéramos. No sé por qué éramos amigos entonces, en cierto modo siempre le había odiado o al menos detestado cada vez que abría la boca, pero quizá me acostumbré demasiado a consentirle el privilegio de la estupidez compañera, y por eso dejé que me arrastrara.

¿Por qué ella estaría en aquel lugar? Durante los muchos años que compartimos, jamás volví a verla allí, jamás volvió a mencionar el establecimiento, ni a evocar siquiera en voz alta nada de lo acontecido aquel día. Ante el surgir del tema ella esquivaba la mirada con estudiada estrategia y encontraba el camino de contragolpe a fuerza de curiosidad, de constantes preguntas sobre mi vida, mis pensamientos o las imágenes que ininterrumpidamente veía en las ventanas de los cuartos y en las paredes y en las cavidades ocultas de ella misma. Siempre quiso saberlo todo y yo no sabía o no quería hablar o al menos hablar claro. Quizá yo dejé que el tiempo pasara, quizá nunca quise saber su nombre y ése fue el fallo.

Hoy estudio los muebles de este apartamento que por fin abandono, de esta cámara de evocaciones, de platos rotos que nadie intentó salvar, de relojes en constante alarma; y recuerdo.

Los dos bares anteriores habían hecho mella en Gabriel que  gritaba como una bestia en celo o un militar de alto rango, atraíamos miradas por las calles y de triste, el hecho había pasado a serme divertido. Yo ya no era yo y no esperaba nada, mucho menos encontrarla. ¿Cómo diablos iba a hacerlo? No lo sé, y tal vez, yo jamás supe nada. El umbral de aquella puerta lo cambió todo.

Una vez volví a verla, después de que todo acabara, con su melena de carbón acariciando su baja espalda, caminando por una calle que nadie conoce, con aceras de agua y arena y carreteras de mercurio. Los pájaros y las nubes la envolvían como un manto de fiebres turbias, y entonces creo que lo entendí, otra vez demasiado tarde.

Nunca más se dio la vuelta para mirarme por encima de su hombro, nunca más se apagaron las luces de la casa, nunca más hubo despedidas y nunca más partió el oxígeno del aire en dos mitades  y se me acercó como en aquella noche perdida en aquel lejano bar y susurró en mi oído para responderme:

“Puedes llamarme como quieras”. ♦︎

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