Antoine de Saint-Exupéry, por los cielos y en la tierra

Antoine de Saint-Exupéry. Foto: AFP.

Hablar de Saint-Exupery para la gente de mi generación es hablar de un mito. De jóvenes le rendíamos culto, y ahora, tantos años después, sigo pensando que estaba justificado. Su vida aventurera, de pionero de la aviación, se refleja en todos sus libros, verdaderamente muy pocos, dejando la huella de un canto a la fraternidad y un respeto enorme a la integridad del ser humano. Saint-Ex (así se le conoció siempre) convirtió los mandos de un aeroplano en una herramienta para estar pegado a la tierra y a lo que le importaba de ella. En aquellos años veinte y treinta que le tocaron vivir no fue hombre de banderías, aunque, cuando hizo falta, supo comprometerse en lo que debía, sin hacer dejación de la independencia de criterio que le acompañó siempre, como el penacho de Cyrano de Bergerac. Naturalmente, pagó un precio por ello.

Todo el mundo (o casi) le conoce como el autor de El principito, el libro en francés más vendido, traducido y leído de todos los tiempos. Un texto catalogado como literatura infantil, lo que desde luego no es, aunque cualquier niño normal pueda disfrutar mucho con él. Lo escribió y se publicó en Estados Unidos, en 1942, cuando estaba ahí exiliado. Es cierto que fue concebido como un libro para niños, pero le salió otra cosa: una obra maravillosa, en la que se resume poéticamente la filosofía de la vida del autor, al que hubiera hecho multimillonario de no haber muerto en acción de guerra dos años después. Un dato poco conocido es que cuando dejó América para reincorporarse al servicio activo sólo pudo llevar consigo un ejemplar de este libro, el de las pruebas de imprenta, porque la tirada final se hizo después de su marcha. Un ejemplar que prestaba con cuentagotas y mucha vigilancia, y que en un momento dado perdió con gran disgusto, aunque luego lo recuperó. Pero la huella de Saint-Ex es algo más que El principito.




Nacido en 1900, en una familia de la pequeña aristocracia, tuvo una infancia feliz, y a principios de los años veinte se apasionó por la aviación y se hizo piloto. No hace falta decir que en aquellos tiempos la aviación era algo muy diferente de lo que hoy conocemos. Le tocó estar a cargo de la estación aérea de Cabo Juby, en el Sáhara español, y ahí conoció la magna soledad del desierto y de sus gentes, que le obsesionó toda su vida. Después, y hasta 1931, recaló en América del Sur y dirigió desde Buenos Aires el servicio de correo aéreo de la Aeropostal Argentina. De esta década datan sus primeras novelas, en realidad las únicas que escribió, puesto que su obra posterior no puede considerarse propiamente novelística. La primera, El aviador (1926), un relato breve que, leído hoy, sorprende por su calidad literaria y el esquematismo verbal con que están expresados los sentimientos. Después, Correo Sur, basada en su experiencia en el desierto, con el desarrollo del objetivo de servicio que está por encima del individuo (en este caso hacer que el correo llegue a su destino) y la intercalación de una tristísima historia de amor. Finalmente, y sobre todo, Vuelo nocturno, esa larga espera minuto a minuto del avión perdido que no va a llegar, en la que, entre otras muchas cosas, se desgrana una regla esencial del mando responsable ejercido en circunstancias difíciles: «Quiera usted a las gentes que manda, pero no se lo diga. Si le obedecen por amistad, les está engañando, y si por amistad creen que les va a ahorrar peligros, también les está engañando».

En los siete u ocho años siguientes desempeñó diversas actividades. Tuvo un accidente aéreo en el desierto de Libia que estuvo a punto de costarle la vida, que salvó gracias a la ayuda de un beduino y dio lugar a uno de sus libros más conocidos, Tierra de hombres (1939), que, ya se ha dicho antes, no tiene nada de novela, sino que es más bien una reflexión sobre la vida, la muerte y la fraternidad entre seres humanos y una crónica apasionada de los tiempos heroicos de la aviación. También hizo un viaje a la Unión Soviética y ejerció el periodismo como corresponsal en la guerra civil española, aunque sus crónicas tenían poco de tales en el sentido que se suele dar a esa palabra y se convertían en una profundización en los comportamientos y contradicciones de las personas en situaciones dramáticas. Estas crónicas están reunidas en un volumen publicado mucho después de su muerte, titulado Un sentido de la vida. Merece la pena detenerse un momento en estos textos, algunos de los cuales fueron incorporados a Tierra de hombres. 

Del viaje a Rusia en tren queda el episodio del encuentro con los emigrantes polacos que vuelven a su país desde Occidente, despedidos y fracasados, y la reflexión sobre Mozart asesinado, a propósito de un precioso niño rubio que duerme entre sus rudos padres, condenado de antemano a esa tosca vida de dureza. De sus artículos sobre la guerra civil, entre los anarquistas catalanes, o en el frente de Madrid, o con aquel intercambio de palabras y respeto entre los soldados de las trincheras enemigas, nos llega la impresión de una profunda humanidad, por encima de las trágicas situaciones que se estaban viviendo. No obstante, como consecuencia de estas crónicas el gobierno franquista le prohibió la entrada en España.

Ya desde mediados de esa década de los treinta había concebido el proyecto que consideraba más ambicioso, un libro en el que condensar su visión de la vida y de las relaciones entre las gentes. Se trata de Citadelle (Ciudadela), cuyas cuartillas le acompañaron a lo largo de los años y cuyo voluminoso texto, inacabado y sin pulir por las correcciones del autor, sería publicado varios años después de su muerte. Es un libro hermoso y difícil que en forma de parábola, con evidentes tintes bíblicos y en el marco de ese desierto que tanto le marcó, desarrolla su concepción del hombre que cobra sentido en su entrega a la comunidad y a valores y objetivos que le superan frente al individualismo. Con sentido del humor, desgraciadamente profético, lo llamaba su obra póstuma.

Pero estamos en 1939, y comienza la Guerra Mundial. Saint-Ex participó en ella como aviador hasta el armisticio, luego se exilió en Estados Unidos durante dos años y finalmente se reincorporó en 1943 a la aviación de la Francia libre para desaparecer con su avión en 1944. Pasaron muchos años hasta que se descubrieron en el fondo del Mediterráneo su aparato y sus restos. Esta etapa fue muy productiva desde el punto de vista literario, con obras que, sin excepción, reflejan su dolor por lo que está ocurriendo en su patria y en el mundo, la amargura de la soledad en que su posición independiente ante el régimen de Vichy y las reservas frente al gaullismo le situaban.

El gobierno de Pétain intentó atraerle, ofreciéndole cargos que rechazó públicamente, pero este mismo ofrecimiento fue interpretado por los partidarios de la Francia libre de De Gaulle como tibieza. Entre unos y otros su único recurso era escribir, hasta que rompió el nudo gordiano reincorporándose a la aviación aliada, lo que su edad y sus precarias condiciones de salud desaconsejaban desde todos los puntos de vista. Un libro interesantísimo, Écrits de guerre, 1939-1944, publicado en 1982 con prólogo de Raymond Aron y del que no sé si hay traducción al español, recoge sus cartas, notas (muchas de ellas inéditas), conferencias y artículos durante esta dura etapa, así como diversos testimonios de personas que se encontraron con él en esos años. Una breve conversación imaginaria resume sus diferencias con De Gaulle y su percepción realista del papel jugado por Francia: De Gaulle: «Hemos perdido una batalla, pero no hemos perdido la guerra»; Saint-Ex: «Diga la verdad, general. Hemos perdido la guerra y nuestros aliados la ganarán». Toda su confianza en el triunfo aliado estaba en la participación de los Estados Unidos, y a conseguirla dedicó su esfuerzo, en lo que valiera, mientras estuvo en América. Pero hablemos de sus obras de este periodo.

Son tres, sin contar Citadelle, a la que dedicaba lo mejor de sus esfuerzos y de su tiempo: El principito, ya mencionada, Piloto de guerra y Carta a un rehén, todas escritas en Estados Unidos. Piloto de guerra es el relato de una acción aérea en 1940, cuando ya se había consumado el desmoronamiento del ejército francés y estaba todo perdido. Es el testimonio de la derrota por alguien que sigue combatiendo. En ella aparecen críticas a la incompetencia del mando que llevó al desastre y al sacrificio inútil de decenas de millares de hombres. Este libro, publicado primeramente en Estados Unidos, fue editado en París por Gallimard, pero prohibido por las autoridades alemanas, no por su tema, sino porque en él se manifestaba la simpatía del autor por un compañero de escuadrilla judío. Impreso luego clandestinamente, se distribuyeron millares de copias en la Francia ocupada. Por su parte, Carta a un rehén es un texto tan breve como emotivo, dirigido a su amigo Leon Werth, también judío (y a quien está dedicado asimismo El principito), como símbolo de los cuarenta millones de franceses que seguían siendo rehenes bajo la ocupación alemana.

Y aquí termina prácticamente su carrera literaria, aunque siguió alimentando Citadelle y haciendo leer sus páginas a todo el que se dejaba. Tenía mucho, y en esto coinciden cuantos le conocieron bien, de niño grande. A partir del desembarco de los aliados en Argelia y de la consiguiente ocupación por el ejército alemán de la Francia teóricamente libre y neutral de Vichy, su única preocupación fue incorporarse a la lucha, lo que consiguió finalmente en los primeros meses del 43, no sin grandes obstáculos, no sólo por la enemistad que siempre le manifestaron los gaullistas, sino también por su estado físico, totalmente inadecuado para la guerra en el aire. Parece ser que el propio Eisenhower tuvo que intervenir a su favor para que le permitieran incorporarse a la fuerza aérea.

A la distancia que dan tantos años es difícil juzgar si se equivocó, o no, en su hostilidad a De Gaulle, en quien intuía perfiles dictatoriales y una falta de comprensión hacia los sufrimientos cotidianos del pueblo ocupado. En cualquier caso, su postura fue la diametralmente opuesta a la de Malraux, por citar otro gran escritor de la época y de su misma edad. Tampoco coincidió en esto con André Gide y Jacques Maritain, fervorosos gaullistas, lo que le costó el distanciamiento de amigos muy queridos. Pero también es cierto que Francia es el país en que más complejo resulta analizar las actitudes de sus ciudadanos durante la segunda guerra mundial. Lo que queda es el recuerdo de un hombre bueno, valiente, sensible y decente, y de unos libros que se siguen y se seguirán leyendo con el corazón transido por el sentir de lo humano. ♦︎

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