Yetis, Hellboy y delirios: la obra de Stanislaw Szukalski

Stanislaw Szukalski. Cracovia, 1936.

Era alguien admirado en su día por Tagore, idolatrado hoy por Mignola, venerado por Leonardo di Caprio. Fue el líder de un grupo de excéntricos artistas polacos que se hacían llamar Szczep rogate serce o Tribu del Corazón con Cuernos. Se convirtió en parte vital de la escena artística en Estados Unidos, miembro activo de lo que se dio en conocer como “Renacimiento de Chicago”. Obtuvo fama y prestigio con sus pinturas, con sus esculturas, con sus creaciones. Aborreció a todos los modernos, a las vanguardias, a los jóvenes que querían comerse el mundo a veces con talento, muchas otras sin él. Llegó a preguntar, despreciativo, que quién coño era Picasso. Hoy nadie se acuerda de él. Su nombre es Stanislaw Szukalski y su historia es una de las más fascinantes que pueden escuchar.

Por todo lo anterior. Y por el Zermatismo. Sobre todo por el Zermatismo.

Stanislaw nace en Warta cuando está a punto de terminar el siglo XIX. En aquel momento Warta es prusiana, o sea, ya alemana. Antes formó parte de la Federación Lituano-Polaca. Más tarde sería rusa, soviética a ratos, finalmente polaca. Pero Stanislaw se sentía profunda, devotamente polaco, hundía las raíces de su personalidad en la historia convulsa, en las tradiciones mantenidas, en la mentalidad guerrera de su pueblo. Lo que, en su caso, significaba solamente que tenía dos nacionalidades. La polaca, claro. Y la artística, el mundo de los sueños, de lo onírico.

Porque Szukalski vivía para el Arte. Para uno, además, inclasificable. Sus creaciones parecen, en ocasiones, sacadas de la representación realista más ramplona… pero es solo una impresión muy, muy pasajera. Porque debajo late algo, laten sombras, y luces, y bocas desencajadas, y silencios innombrables. Szukalski se hubiese llevado bien con Lovecraft, si se hubieran conocido y si Lovecraft pudiera llevarse bien, en persona, con alguien sin tentáculos saliendo de la cabeza.



Porque la obra del polaco es ominosa, es oscura, tiene un toque de africanismo tribal, de espíritu atávico. Pero también es profundamente moderna, quizá precisamente por eso, e inquietante, y tecnológica, barroca, personal, inclasificable. Por allí campan seres a medio formar, gorilas monstruosos, engendros que mezclan los humanos con los peces (¿les suena de algo?), bellas ninfas huyendo de males solo intuidos, cascos de samuráis que encierran la maldad encarnada (¿les vuelve a sonar?), prototipos de arácnidos antropomorfizados, manos que se retuercen, que salen de la tierra, de las páginas de los libros. Todo un catálogo de los horrores que acongojan al hombre moderno, que son los mismos, con otros trazos, que llevan cosquilleando las noches de la humanidad desde que el primer mono, el más listo de todos, se preguntó si las sombras esconderían algo más, aún más aterrador, que los propios depredadores… Eso es Szukalski…

Bueno, eso y unas cuantas cosas más, no todas buenas. Por ejemplo, es un continuo exilio, una infancia en Estados Unidos que después se convierte en una juventud por Italia y Francia. Un retorno a Polonia, una marcha definitiva cuando la Wermacht decide traspasar la frontera. En aquel entonces era considerado el artista más grande de su nación. Desde ese día su obra ha sido completamente olvidada.

Entre otras cosas porque el tipo estaba chiflado. Así, sin cortapisas. Empecemos por lo más peliagudo. Lo que no nos va a arrancar sonrisas. El tema político.

Retrato de Rudolph Weisenborn, 1919 / Stanislaw Szukalski.

Porque decir que Szukalski se convirtió en un ultranacionalista es quedarse corto. El tipo amaba Polonia sobre todas las cosas y llevaba más allá su cariño. Abogaba por la creación de una nueva Federación que recordase aquella de Polonia y Lituania que a esas alturas contemplaba como la Edad Dorada. Esta nueva institución habría de llamarse Neuropa, y, evidentemente, en ella no tendrían cabida los países inferiores como Italia, Alemania, España, Francia o Gran Bretaña. No sé si me van siguiendo… La capital iba a ser Cracovia y la bandera una doble gammadion… o, por usar la terminología más conocida hoy, una doble esvástica. Así estaba el patio. Pero Alemania fuera de esa Neuropa, ¿eh?, que el centro es Polonia. Entre otras cosas porque todos los idiomas del mundo provienen del polaco. ¿Cómo? ¿Qué no lo sabían? Es verdad, aún no hemos hablado del Zermatismo…

Aquí pueden sonreír.

A estas alturas seguramente todos pensamos que Szukalski estaba algo jodido de la cabeza, ¿verdad? Pues ahora vamos a dar la confirmación definitiva. Porque el tipo moldeó su propia creencia pagana, mezcla de muchas otras (algunas inventadas) que configuró un “corpus” cuanto menos curioso. Veamos.

¿Preparados? Bien, Szukalski defendía su creencia en el Zermatismo. Y la defendió a través de volúmenes y volúmenes que explicaban la misma, su origen, la propia historia de la Humanidad basada en ella. Que es, como veremos, algo diferente de lo que nos han contado. De primeras, toda la cultura humana desciende de una serie de personas que quedaron ancladas, después del Diluvio, en la Isla de Pascua. Allí hablaban la lengua original, que, como señalamos más arriba, es el polaco, aunque con otro nombre: el Protong. Fue allí donde surgió el Arte… todo el Arte universal, porque según el Zermatismo existen tan solo unos pocos símbolos artísticos creados en aquella edad primigenia, que son los que, modificados y reinterpretados hasta el extremo, han permitido erigir el edificio cultural de nuestra especie. Y, miren, esto sí que tiene bastante interés desde un punto de vista evolutivo.

Pero lo realmente divertido está por venir. Porque aquellos primeros hombres no estaban solos, no, no. Y de hecho nosotros seguimos sin estarlo… Porque allí, en la Isla de Pascua, estaban también algunos ejemplares de Yeti que pudieron subir al Arca de Noe y salvarse de morir ahogados. Como, me imagino, tampoco había muchas cosas más que hacer, y de forma totalmente natural, algunos hijos de Adán se aparearon con yetis (quizá con ejemplares poco peludos) y dieron lugar a una nueva y demoniaca raza: los Yetinsyny. Desde entonces, humanos y Yetinsyny están enfrascados en una guerra subterránea por el control del mundo que aún no ha cesado, y de la que quedan vestigios en todo el Arte occidental. ¿El dios Pan? Un Yetinsyny. ¿Los mitos de dioses griegos raptando a núbiles muchachas para aparearse con ellas? Traslaciones narrativas de secuestros que realmente se llevaron a cabo, con Yetinsynys capturando a inocentes chicas para practicar con ellas todo tipo de actos bestiales. Por eso las diferentes naciones tienen que unirse bajo una gran federación, al frente de la cual estarán los polacos originales…Es la única forma de combatir el peligro de estos tipos hirsutos y monstruosos… No es un relato de Lovecraft, ni de Machen… es una creencia seria de un tipo genial. También una traslación apenas modificada de algunas teorías de la Blavatsky, y un racismo tamizado por espolvoreos psicológicos fantásticos fácil de discernir.

¿Cuál es la paradoja? Que Szukalski adornó varios de sus delirios esotéricos con algunas de sus mejores obras. Y que, además, esas historias eran perfectas para el estilo de alguien que sería imitado, muchas décadas después, por el Mignola que empieza a perfilar negros y rojos en la vida de Hellboy. En otras palabras, que ojear esas locuras es la mejor forma de asomarte a otra locura, ésta más placentera. La del artista personalísimo…

Hoy Szukalski, fallecido hace treinta años, es un nombre perdido, alguien que espera el sueño de los justos, el de quien sabe que, algún día, su obra alcanzará la importancia que realmente merece. Un tipo olvidado, hermético y oscuro, tan sumamente extraño que cualquier día se nos pone de moda. Si los yetis, esos cabrones malvados, no lo impiden, claro…

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