‘West’, la belleza hecha música

«Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco».

Tchaikovsky sabía de lo que hablaba. La fuerza del arte, su capacidad para elevar o revelar lo luminoso, lo bello, inspira transformaciones y hasta salva vidas. Bascula en un plano donde prevalece el desapego a la cultura como impostura, el academicismo por el academicismo o la intelectualización neurótica. Como algo más blanco que huye del ego y la vanidad, que traspasa fronteras mentales. Como un regalo. Y es que sobrevivir en un mundo hostil obliga a contemplar un ‘plan B’, a tener cerca un san bernardo con un barrilito al cuello como el que pintó Edwin Landseer. A veces se trata de un libro. Recuerdo con especial cariño El nadador en el mar secreto, en el que William Kotzwinkle te pone un nudo en la garganta que termina convirtiéndose en un suspiro final de plenitud, fruto del amor puro entre dos adultos que pasan el peor trago imaginable. A veces se trata de una película. Admito estar en deuda con Philip Gröning. He perdido la cuenta de las veces que he visto El gran silencio, más de dos horas y media de metraje que recogen el día a día en un monasterio cartujo de los Alpes franceses. Más allá del trasfondo religioso, resulta imposible no dejarse seducir por la “biblioteca de sonidos de la calma”: el de la nieve cayendo junto a las ventanas, el del tenue crujido de la estufa, el de los pies que recorren pasillos con siglos de antigüedad… En ocasiones se trata de un disco. De esos a los que uno vuelve una y otra vez. De esos que siempre están a mano porque sabes que los necesitas. De esos como West, el regalo de Lucinda Williams. Un álbum marcado por la muerte de su madre que destila una lírica y una sensibilidad sólo al alcance de un espíritu como el de la artista de Luisiana, que te hace reconciliarte con tus fantasmas conforme testifica en cada verso. Despacio, a fuego lento, sin excesos. Bajo una producción elegante y con el sello de un registro vocal tan personal como pocos, los 13 temas, que se quedan cortos, pasan ante tus ojos como una aparición que no quieres dejar de ver. Canciones que elevan, consuelan y también salvan:

Lucinda Williams / Foto: www.lucindawilliams.com

Are You Alright?

La melancolía y la sencillez convertidas en arte. La nostalgia apuntalando cada fraseo, cada repetición, cada “¿Estás bien?”. De un regusto sureño que lo hizo apto para encajar en la primera temporada de True Detective, este tema prepara el cuerpo para lo que se viene encima. Al otro lado, el oyente puede sentir, casi experimentar, la fragilidad de Lucinda, puede entregarse a los arreglos, a la dolorosa pero cálida aceptación de la ausencia. “¿Hay algo que quieras decir?”.

Mama You Sweet

Heredando el amor por las letras de su padre, el poeta Miller Williams, Lucinda labra con esmero las palabras para homenajear a su madre de la mejor forma que sabe. La canción suena a redención, a catarsis, a lucha por superar la pérdida. Duele.

Learning How To Live

Una de las siete maravillas de su obra. Aprendiendo a vivir, nada menos. Poco se puede añadir en estos casos, basta con darle al play y saltar al vacío. Te desarma, pero da igual, desearías que no acabara nunca. Cuando Willie Nile escribió On The Road To Calvary en honor a Jeff Buckley, Lucinda Williams manifestó que era una de las canciones más bonitas que había oído nunca. De Learning How To Live se podría decir lo mismo.

Fancy Funeral

Un canto a la dignidad que pone los vellos de punta.

Unsuffer Me

Intensa. Rockera. Oscura. La voz y la densidad del sonido atrapan, cual embalaje atávico, hasta empujar casi al trance.

Everything Has Changed

«I can’t feel my love anymore». El misterio no emociona como en los viejos tiempos. Todo ha cambiado, para bien o para mal. Toca respirar profundamente y pasar página.

Come On

Lucinda desnuda su alma lanzando las frases a modo de lúgubre espiritual. Las cuerdas se encargan de hacer el resto.

Where Is My Love?

De nuevo su lado más intimista. Para escuchar a solas mientras avanza la madrugada. Para paladear en ese gran silencio.

Rescue

Sonido plagado de matices que se desenmarañan con suavidad durante cinco minutos y medio. Una radiografía de la dependencia en las relaciones. De los que no pueden salvar ni ser salvados. De los que, sin embargo, se tienen el uno al otro. En la distancia, en algún plano lejano, como en un espejismo. Dos casos perdidos.

What If

Otro mundo es posible. Estremece. Acaricia. Propone un plácido éxodo en el que ir de la mano hasta el final instrumental.

Wrap My Head Around That

Rapsodia de nueve minutos. Guitarras oníricas, casi psicodélicas.

Words

Palabras. La búsqueda personal de la verdad. Papel y pluma para prescribir, para automedicarse. Sentir el blanco. Perpetuar. Curar. Sus canciones, su diario.

West

El triste y reconfortante viaje llega al final. Acaba en el Oeste. Bajo las estrellas, junto a tímidas olas. Aparcando la metáfora, contemplando el océano Pacífico por primera vez. Susurrando ‘gracias’ y devolviendo el disco a su sitio. Cerca, muy cerca.

 

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