Simone de Beauvoir, ‘el Castor’ ante el espejo

He leído bastante Sartre. No me atrevo a decir “mucho Sartre”. Y no creo que haya nadie que pueda decir que ha leído “todo Sartre”. La obra de este admirado, admirable, discutido y discutible maestro es tan amplia como inabarcable. Y junto a él, siempre su compañera Simone de Beauvoir. Ni discípula, ni epígono, ni mucho menos “señora de”. Con una proyección propia en la literatura y en el pensamiento que la convierten en una de las grandes escritoras del siglo XX.

Sobre esta atípica pareja se ha escrito tanto, para bien y para mal, que insistir en ello puede parecer ridículo. Sin embargo, la obra que han dejado atrás, cada uno por separado y no digamos si las juntamos, es tan extensa y tan indispensable para intentar comprender nuestro tiempo que no puede eludirse el comentario, aunque sea tan superficial y falto de rigor como el que sigue.

Simone de Beauvoir, 1945 / Foto: Henri Cartier-Bresson.

Pero hoy toca hablar de Simone. Lo primero es que el apelativo de ‘el Castor’, con el que se la conoció, no fue inventado por Sartre, sino por otro de sus compañeros estudiantiles de aquel grupo de petits camarades del que formaban parte, entre otros, Paul Nizan y Raymond Aron, haciendo un juego de sonidos con el apellido Beauvoir y la palabra Beaver (castor en inglés). Y para siempre fueron, ella ‘el Castor’ y él, simplemente Sartre. Sólo por sus memorias, en su conjunto seguramente uno de los libros más largos y entretenidos de la centuria, merecería el Olimpo. Junto a Jean-Paul en todas las causas, pero con matices muy perceptibles. Es curioso como en Los mandarines se inventa, a través de sus evidentes contrafiguras (aunque ella negó que lo fueran), una improbable reconciliación final entre Sartre y Camus. Si bien es preciso recordar que Los mandarines es una novela de ficción, no la novelación de unos hechos reales, retrata en ella, como pocas veces se ha hecho, el ambiente de la Francia que siguió a la liberación, las crueldades de la depuración, el renacer de los colaboracionistas trasmutados en conservadores decentes, las tensiones y contradicciones ideológicas, y el reencuentro consigo misma de una sociedad que en su mayoría había aceptado una relativamente cómoda convivencia con el ocupante nazi. Todo ello por medio de una galería de personajes tan humanos como comprensibles.

Máxima ideóloga indiscutible del feminismo, con El segundo sexo (“la mujer no nace, se hace y la hacen”), pero mucho más. Testigo de su tiempo en sus mencionadas memorias y en la mayor parte de sus novelas, pero capaz de profundizar en el sentido de la vida y el paso por el mundo, como lo hace en Todos los hombres son mortales, esa lúcida, y por otra parte entretenidísima, fábula sobre lo que podría denominarse la angustia de la inmortalidad que al mismo tiempo es, también, una suerte de novela histórica. Recuerdo el argumento: un condottiero del siglo XVI, por una carambola mágica, es dotado del don de la inmortalidad, y así sobrevive hasta nuestros días, siempre en la figura de un apuesto hombre de cuarenta años que participa en toda clase de acontecimientos. Lo que al principio es visto como un regalo de los cielos, poco a poco se va convirtiendo en una maldición, al no poder el protagonista disfrutar de una vida real, una vida en el tiempo. La vida que cobra sentido, paradójicamente, en su finitud.

En esta misma línea de preocupaciones está su ensayo La vejez, una de las más profundas reflexiones que se ha escrito nunca sobre esta etapa de la vida. Intuye en este texto de 1970 el inevitable envejecimiento de las poblaciones en los países occidentales, algo hoy tan evidente, y el problema que esto supone para unas sociedades basadas en el culto a la productividad. El viejo como objeto de rechazo, de conmiseración, o en el mejor de los casos, de protección. Nunca como un ser humano normal, con los mismos derechos y necesidades de quienes están en la vida activa. El problema de la vejez le obsesionaba desde mucho antes de llegarle a ella, como es patente en la última parte del tercer volumen de sus memorias, La force des choses (La plenitud de la vida) escrito en su cincuentena.

Especialmente atractivo, por su valor literario y por lo que explica sobre ella misma, es el primer volumen de dichas memorias, Memoires d’une jeune fille rangée (Memorias de una joven formal) que cubre su vida hasta los veinte años y el encuentro con Sartre. Toda la primera mitad del ya muy extenso libro es la descripción de su niñez y adolescencia, en un cálido, tremendamente conservador y católico, clima familiar, y cómo en este ambiente se va fraguando su independencia de espíritu y su afán de vivir de otra manera. Es interesante la influencia que en ello tiene la lectura de la novela de Louise May Alcot Mujercitas, y el inolvidable personaje de Jo March, que le descubre una forma diferente de ser mujer. Luego, sus años universitarios y la búsqueda de sí misma en esa intuida percepción de libertad. En aquellos años veinte, cuando las pocas hijas de familias burguesas, que al fin y al cabo eran las que podían permitírselo, iban a la universidad, casi sin excepción dichas familias lo desaprobaban y lo consideraban una rareza, a veces con resultados dramáticos. Es un hermoso libro iniciático, que no fue concebido como el principio de unas memorias. La decisión de abordar éstas es posterior a su finalización y consecuencia de esa experiencia, y ella lo explica: “Si un individuo se expone a sí mismo con sinceridad, todo el mundo, más o menos, se encuentra puesto en juego. Imposible hacer luz sobre la propia vida sin aclarar, aquí o allá, las de los otros”. Y así hay que leerlas.

Son otros tres volúmenes en los que se recogen su vida, la de Francia y, en alguna medida, la del mundo, entre 1929 y los años sesenta. La force de l’age (La fuerza de la edad), desde el año mencionado a la liberación de París, La force des choses (traducida al español como La plenitud de la vida) desde 1945 hasta 1962, y Tout compte fait (Final de cuentas), escrita a principios de los setenta. No se sabe qué interesa más, si el desarrollo de su persona o lo que acontece a su alrededor. Y tampoco se trata de estar de acuerdo o en desacuerdo con sus opiniones y compromisos políticos, sino de sumergirse en ese inmenso fresco histórico de una época que los que somos un poco viejos hemos vivido en parte, y a los que no lo son les ilustrará sobre las complejidades de un siglo que ahora, desde los más opuestos puntos de vista, se tiende a simplificar. Mientras tanto, se disfrutará de una excelente y muy amena literatura, en un estilo directo y de fácil lectura.

Sólo por llamar la atención sobre algunas cuestiones, en La fuerza de la edad destaca la ceguera de las izquierdas europeas y de los demócratas progresistas en general, también la de ella y Sartre, sobre el peligro que representa la ascensión del nazismo en Alemania. Se piensa que lo de Hitler es tan absurdo y monstruoso que la sensatez y cultura del pueblo alemán terminarán con ello en unos meses. Simone de Beauvoir refleja este clima con una gran precisión y con una honestidad muy de agradecer, ya que el libro está escrito treinta años después. Y, por compensar, una observación menor y agradablemente irónica para nosotros los españoles: en su primer viaje a España, de vacaciones, poco después de proclamarse la II República, dice que el Gobierno republicano desaprueba las corridas de toros, pero que la inmensa mayoría de los republicanos son entusiastas de la fiesta. Se enamora de nuestro país y de hecho la Guerra Civil marca el principio de una indignación, aunque no reflejada en ninguna clase de compromiso que sólo se producirá como consecuencia de la Guerra Mundial. Son impresionantes las páginas en que describe la caída de Francia en junio del 40, reflejadas después en su novela La sangre de los otros, pero también, y no menos impresionante, la descripción del París ocupado bajo una vida aparentemente normal.

Después, los compromisos públicos son bien conocidos y no se trata aquí de hacer un resumen de su detallado relato, aunque su militancia y la de Sartre durante la atroz guerra de independencia de Argelia bien lo merecería. O su sutil, matizada, y tantas veces dolorosa, relación con el comunismo. Sí conviene, sin embargo, hacer notar la intensa colaboración y buena amistad con Albert Camus, desde los últimos tiempos de la ocupación, o la participación en la creación en 1945 de Les Temps Modernes (posiblemente la más ambiciosa revista política del siglo XX), de figuras como Maurice Merleau-Ponty o Raymond Aron, y las sucesivas rupturas entre unos y otros. También el dolor manifestado ante las noticias de las muertes de Camus y Merleau-Ponty. Todo ello forma parte de la historia del pensamiento europeo y de las personas de los pensadores, seres de carne y hueso en los que las diferencias ideológicas se mezclaban con las personales, y no puede ser leído como una película de buenos y malos, como a veces y a esta distancia se hace, sean quienes sean los buenos y los malos. El testimonio de Beauvoir sirve, al menos, para darse cuenta de la complejidad de las situaciones en que todo sucedía.

Tan interesantes como los aspectos históricos son los personales. Refleja con sinceridad (aunque, como ella misma dice, ocultando algunas cosas, pero nunca mintiendo en lo que cuenta) su evolución, sus sentimientos, y sus dudas. Habla con pasión de las personas que trata y conoce (bastantes de las cuales han pasado a la historia de aquellos años), las que aprecia y las que no, a veces con anécdotas impagables sobre ellas. Sus juicios pueden parecer en más de una ocasión objetivamente injustos, pero esta injusticia en el juicio, de la que en alguna medida todos participamos alguna vez, forma parte también de la realidad. Recorre los libros que lee, el teatro que se hace, las películas que ve (muy curiosa la afición de ella y de Sartre a los westerns). Relata sus viajes, los países y ciudades que ha conocido, y aquí se me va a permitir que recomiende el interesante capítulo dedicado a Brasil en La plenitud de la vida.  Y describe su trabajo como escritora, que es una verdadera lección sobre el arte de escribir, analizando el proceso de creación de cada uno de sus libros con un gran sentido de la autocrítica. Bueno sería que muchos aprendices de literatos leyeran con provecho estas páginas…

Sólo para terminar, decir que, aunque las memorias propiamente dichas son los volúmenes referidos, después dio a la luz textos como Una muerte muy dulce, sobre el final de su madre, que no fue precisamente dulce y pone de manifiesto la crueldad de la prolongación artificial de la vida mediante la tecnología médica, o La ceremonia de los adioses, sobre la muerte de Sartre, otros dos libros que, desde luego, complementan su autobiografía. Puede afirmarse que Simone de Beauvoir quiso, por encima de todo, dejar testimonio de sí misma y del mundo que había vivido. Y ciertamente, lo consiguió.

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