Sean O’Casey, otro irlandés en el exilio

Sean O’Casey. Foto: Wolf Suschitzky/Getty Images.

Un fenómeno que siempre me ha impresionado es que varios, bastantes, de los grandes escritores en lengua inglesa hayan sido irlandeses, es decir, en teoría enemigos de Inglaterra. Una Inglaterra de la que Irlanda ha sido, durante siglos, una colonia sumamente maltratada. Remitiéndonos a tiempos relativamente recientes vienen a la memoria un sin fin de nombres: Oscar WildeBernard ShawJames Joyce… y muchos más. Irlandeses más o menos exiliados todos ellos. Pero hoy quiero acordarme de un dramaturgo, de nombre menos sonoro que los mencionados, que ha dejado su huella en el teatro del siglo XX: Sean O’Casey.

Debo empezar por decir que en toda mi vida sólo he visto en el escenario una obra de O’Casey, Rosas rojas para mí, representada muy dignamente en el teatro Beatriz de Madrid en 1969. Me gustó mucho, pero mi contacto con el autor ha sido casi exclusivamente por medio de la lectura, lo que sin duda limita la validez de mis comentarios. No obstante, dado que lo que intento con estas notas es dejar constancia de lo que supone en la vida el acto de leer, sigo adelante. Y he leído algunas cosas de este escritor. No sus memorias, extensísimas y que han sido catalogadas como un gran texto, del que ignoro si existe traducción al español. Una parte de ellas fue llevada al cine por John Ford, que comentó al leerlas que era el mejor guión que había leído en su vida. Finalmente, la película (Young Cassidy, en la versión española El soñador rebelde) no fue dirigida por él, por enfermedad, sino por Jack Cardiff, pero es un film excelente, con Rod Taylor haciendo el papel de O’Casey en la primera mitad de su vida y con esas grandes damas y hermosas mujeres que son Julie Christie y Maggie Smith. Pero yo lo que he leído de él es teatro y, como todo el mundo sabe, el teatro leído exige un esfuerzo suplementario de imaginación para intentar visualizar las escenas y los personajes. Lo que pasa es que O’Casey facilita ese esfuerzo con las detalladísimas acotaciones escénicas que llevan sus obras. Posiblemente en esto influyó su formación de autodidacta.




Porque fue un autodidacta en el sentido más estricto de la palabra. Nacido en una humildísima familia obrera, aprendió a leer a los catorce años, cuando ya trabajaba de peón. Pero a partir de su primer contacto con las letras decidió que ése iba a ser su verdadero oficio y a ello dedicó sus días, y sobre todo sus noches, mientras descargaba fardos o cavaba zanjas. Y también mientras se comprometía en la lucha sindical y en la política nacionalista. Ya adulto, fue descubierto y protegido por las gentes del Abbey Theatre de Dublín, Lady Gregory y el poeta Yeats, y con ellos accedió a los escenarios, lo que le situó en otra clase de problemas. Realmente no dejó el trabajo manual hasta 1925 (con cuarenta años) cuando ya era un escritor relativamente conocido.

Para Sean O’Casey escribir era hablar de lo que le importaba, la vida real y la condición de los pobres y desamparados, y eso chocaba con el público que se permitía acudir a los teatros en la Irlanda clerical y autosatisfecha salida de sus terribles guerras de independencia. Por ello su visión de estas guerras fue difícilmente aceptada y provocó grandes escándalos que le obligaron a autoexiliarse. Sin embargo, él había participado en los acontecimientos y hablaba de realidades. Así lo hizo en Juno and the paycock (Juno y el pavo real), y en The shadow of a gunnman (La sombra de un pistolero), que ya crearon polémica, pero fue en el estreno de The plough and the stars (El arado y las estrellas), cuya acción está situada en el alzamiento de Pascua de 1916, en el que él había estado comprometido, cuando los abucheos y protestas del público le llevaron a una profunda amargura. No se aceptaba que en una obra sobre tan excelso tema patriótico aparecieran maleantes y prostitutas, ni que la mujer de uno de los héroes le presionara para que lo dejara todo y se dedicara a la vida familiar. Hay que reconocer que la visión que da en estas tres obras de la revolución no arrastran al sentimiento patrio, sino que proporcionan una perspectiva humana y desgarrada de cómo se vivieron aquellos trágicos años.

Discutida o no, esta trilogía sobre el conflicto irlandés constituye lo más representado y conocido de su obra y tuvo tempranamente una proyección cinematográfica. Ya en 1930 Alfred Hitchcok llevó al cine Juno y el pavo real, en una película interpretada por los mismos actores del Abbey Theatre y que sigue con bastante fidelidad el texto, y en 1936, John Ford filmó The plough and the stars, que en la versión española se tituló absurdamente La Osa Mayor y las estrellas. Cualquiera sabe a qué genio del doblaje se le ocurrió elegir para ‘plough’ la traducción de la ‘osa mayor’, cuando el arado formaba parte de la bandera de los rebeldes irlandeses de aquellos tiempos. En este caso, Ford, a pesar de la dureza de la película, suavizó y en alguna medida echó a perder su final, pero construyó un impresionante testimonio gráfico del levantamiento de Pascua, que en varios momentos parece más bien un documental. Hay que recordar que John Ford ya se había ocupado de estos temas en The informer (El delator) que le valió su primer Oscar en 1934.

La copiosa producción posterior de O’Casey ha sido mucho menos representada que lo que merece y pienso que en general es más conocida por la lectura, quizá con la excepción de Rosas rojas para mí, ya mencionada, que suele ser considerada como su obra maestra. Escrita en 1943, pero no representada hasta después de la guerra, es un crudo, y al mismo tiempo muy poético, relato en el que se mezclan las protestas obreras, ferozmente reprimidas, con las tensiones religiosas entre católicos y protestantes, alrededor de la figura del joven protagonista, con un elenco de personajes llenos de sabor humano y, en algunos de ellos, de ternura.

Y aquí hay que hacer una primera observación sobre la importancia de los personajes jóvenes en toda su obra. Son ellos quienes se enfrentan con el mundo establecido, sus convenciones, su superstición y su injusticia. Es el Ayamon de Rosas rojas…, los aviadores de la batalla de Inglaterra de Hojas de roble y espliego, de 1947, el mensajero de Cock-a-Doodle Dandy (traducida al español como Canta gallo perseguido), de 1959. Se mencionan las fechas para recordar la edad que tenía el autor, que había nacido en 1884. Para este viejo combatiente, los jóvenes representaban la esperanza.

Los jóvenes y las mujeres. La sensibilidad con la que retrata los personajes femeninos les hace cobrar una estatura muy superior a las de sus oponentes masculinos. Pueden ser mujeres de edad, como la Juno que soporta con entereza, hasta que deja de hacerlo, a su estúpido y egoísta marido, o las jóvenes amantes de los aviadores en Hojas de roble y espliego, o las sensuales protagonistas de Canta gallo perseguido. Por no olvidar el finísimo pincel con que está dibujada la Nora Cliterhoe de The plough and the stars, la patética esposa del héroe, que no acepta la entrega de éste a la causa como contrapartida del amor y la vida familiar.

Son mujeres que se enfrentan al mundo masculino en el que se simbolizan los valores de violencia, opresión, egoísmo y estulticia que se denuncian. Esos hombres maduros, incluyendo al cura, de Canta gallo perseguido, que acusan a las mujeres de ser las responsables de su penosa y vergonzante lujuria por sus actitudes provocativas. Frente a ello, se enarbola el amor en toda su grandeza. No falta el sexo en las obras de O’Casey, pero pocas veces el sexo ha sido tratado con tanta nobleza, como fuente de una vida alegre y desprovista de prejuicios.

No estoy capacitado para opinar sobre técnica teatral, pero, en lo que puedan valer, dos comentarios. Lo primero, que, a pesar de los temas tratados, el humor está presente, en unos diálogos de una enorme fluidez, en lenguaje popular, a veces de no fácil lectura si se acude al texto inglés. No son del todo tragedias estos tremendos relatos, sino más bien tragicomedias, siempre cercanas a la cotidiana vida real. Personajes inesperados, incluso negativos, pueden arrancarnos la sonrisa en determinados momentos.

Lo segundo, que aunque en sus obras de juventud (en realidad no era tan joven cuando las escribió) se ajusta a una estructura escénica convencional, en las de su segunda etapa, digamos a partir de 1930 más o menos, esta estructura es dinamitada por la introducción de distintos elementos extraños a la acción. Pueden ser los bailarines de Hojas de roble y espliego, que contemplan la segunda guerra mundial desde la perspectiva de un tranquilo y embellecido pasado. O el gallo de Canta gallo perseguido, que para bien de unos y mal de otros se constituye en elemento mágico y símbolo de vida a perseguir. O, siempre, las canciones, unas bellas canciones que son un recurso distanciador por excelencia para subrayar el carácter colectivo de cuanto se está relatando. ¿Quizá una influencia de Bertolt Brecht?

Pese a sus diferencias con la sociedad de su país, Sean O’Casey se sintió siempre profundamente irlandés; en Irlanda suceden la mayor parte de sus obras, y en las que no es así aparecen personajes irlandeses que reivindican en una forma o en otra su origen. Aprendió gaélico ya de adulto, y estuvo profundamente comprometido, ya se ha dicho, con el movimiento independentista. Pero eso no quiere decir que le gustaran los resultados. Fue uno de los grandes irlandeses del siglo XX. Y un ciudadano del mundo. ♦︎

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