Marita la de Misnenis, Benito Enduende y los Tres Guaperas (Chilófono Maravilloso para Princesas Realistas)

La Niña y el Duende

Érase una vez un tiempo cualquiera, una ciudad cualquiera, un barrio cualquiera. Una calle cualquiera y una casa como todas las demás. Y en una habitación de la casa, érase una vez una niña preciosa que se llamaba Marita. En su cara dormida —en su cara tranquila de hada— parecía libar su sueño un pícaro animalito.

Marita mía.

La noche silente, tibia de junio, la niña dormida en el cuarto con la ventana empar. El ojo lleno de la luna blanca la miraba sin pestañear, espiando su sueño de luz y de gracia entre las cortinas que la brisa mecía como preludio sonámbulo del verano. Qué noche tan pequeña y qué bonita; cada estrella fresca como el recuerdo de un algo, quién sabe si de un amor, y también como un olvido.

Amor que los hombres ensueñan

alumbrando su futuro oscuro…

(¡Qué tontos los hombres y qué sabias las estrellas!)

Esa noche, al pasar por debajo de la ventana del cuarto, un borracho cualquiera hipó como un sapo juerguista, croc, croc. Marita se despertó. Y sus ojos parpadearon con la viveza de un mensaje cifrado en morse, clic, quiticlic, clic-clic.

     —¿Has sido tú el del hipo, Benito? —dijo Marita curioseando el tono en la voz como de juguete.

     —¡Ni hablar del peluquín! —contestó un gruñido de pimiento gritado como un pregón desde dentro del armario—. Ni hablar del menganato, me arrebato, me asulfato ¡y a dormir!

     —Ni lo sueñes —dijo Marita incorporándose en el lecho—. Ni hablar del peluquín, ¡ni hablar del potasato! —y al decir esto sus trenzas se electrificaron por un instante como sílaba tónica—. Anda Benito, ya puedes ir saliendo. Esta noche toca paseo.

     —Dómineábstine, súbstinechúmine, núminepónime… —se abrió el armario y apareció un duende regordo pasando un rosario en las manos. Llevaba pantalón marrón de pana, camisa grana anudada en la cima de la tripa, botas de agua. Y mucho pelo revuelto debajo del gorro de lana—. Ego tesolve, espiriti sancti, rosarrosae, urbi quetorbi… —al tiempo que pasaba las cuentas del collar, sin dejar de murmurar para su adentro, el duende abandonó el armario dando un salto ingrávido, como punto sin tamaño.

     —Y déjate ya de rezo y latiniparla, ¡mequetrefe! —dijo Marita en el vapor ascendente del camisón, brincando desde la cama a las botas militares que tamañaban el pie de su padre.

     —¡No estoy rezando! —replicó el duende, que se había sentado en un sillón con las catiuscas colgando—. Estoy contando tiempoesoro. Esto melocreo, esto melocreo, esto melocreo, esto melocreoeldoble porque meconviene… —iba diciendo al pasar cada cuenta—. ¿Cómo, si no, quieres que me haga real y te saque a pasear esta noche? Ea, contéstame a esta, rica.

     —Nada de acertijos, Benito, hoy no me enredas. Esta noche me sacas de paseo y se acabó. Te realices, no te realices, te quejes o no te quejes. Lo digo y digo yo, que basta-basta.

     —Pues a mí, que lo sepas, no me basta ni me basta —dijo el duende.

     —¡Maldito el día que te dejé el dichoso libro! No eres un conejo blanco, ni un huevón ni nada que se le parezca. Tú eres Benito Enduende, ¿te enteras o no te enteras?

     —Más bien me parto.

     —Se acabó. —Marita se plantó delante del duende Benito levantando sus palos de pierna en tres pasos hartos de bota, pon, pon, pon. Lo señaló orugueando el índice—. O dejas los juegos de palabrejas, Benito —oruguear, oruguear, oruguear—. ¡O te convierto en jimia ya mismísimo! Uaraiseís uraimín, uaraiseís uaraimín —empezó a decir la niña en tono de conjuro, a la par que sus dedos de suspiro, a un palmo de los ojos de Benito, pulsaban en el aire un teclado imaginario—. Uraiseís uraimín, uraiseís uraimín…

     —Muy bien, muy bien, en su ficción lo que la niña ordene. —Benito saltó del sillón, agarró sus pantalones por la cintura y los alzó al más allá del ombligo—. Al fin, ¿qué más dan realidad o fantasía? Dímelo tú, esfera, dímelo lucera mía… —declamó el duende alzando sus brazos a la luna, mientras sus ojillos, olvidados en el satélite, centelleaban con el brillo de una hipérbole.

     —Menos verso, Benito, y a cuatro patas. Hoy vas a ser mi caballo volador.

     —¡Un paseo volado por la ciudad anochecida! Pero que muy rebién. —Benito se puso a gatas para que Marita pudiera subir a su lomo—. Ea, princesa, monta. ¿Qué desea la niña ver esta noche?

     —Esta noche quiero que me enseñes… A verver… ¡Ya lo tengo! —chasqueó sus dedos en el aire—. Esta noche quiero que me lleves volando y me muestres la hermosura, que me muestres a tres personas que sean guapas, guapas. ¿Lo has entendido? Pues ea, arrea, ¡vuela duende mío!

Marita se abrazó fuerte a Benito, le muacamuac en el carrillo gordo, y después despegaron —tirabuzón de centella— danzando en la bella pista celeste. Chimpón.

II 

El Borracho Vicente

Tras un rato de acrobacia inverosímil, Benito y Marita llegaron al centro de la ciudad. Durante un tiempo callejearon el cielo del casco viejo, el cielo orillado de sombra ondulando en aleros de teja. El duende regulaba la velocidad de vuelo silbando la música de una canción tampancha. Silba que te silba, sobrevolaron una encrucijada angosta y profunda. Benito se detuvo y posó la punta de su catiusca sobre la farola que alumbraba de amarillento el empedrado. Había un borracho tendido en el suelo.

     —Mira Marita. Mira qué hombre más guapo. Se llama Vicente.

     ¿Guapo ése? Si es viejo, está chupado, sucio, peludo. ¿Tirado en la calle? ¿Vestido de andrajo y apestando a vino? De guapo, nasti.

     —Yo lo veo guapo —dijo el duende.

     —¿Y las costras en los labios qué? Nasti de plasti.

     —Espera Marita, espera. Déjame que haga de mago.

Benito desplegó su índice como varita y un rayo de perlas luminosas brotó en dirección al borracho. El rayo chocó en el bolsillo abultado de la camisa y se deshizo.

     —Algo se mueve, Benito. ¿Se le habrá salido el corazón? –Ya verás-verás –dijo el duende.

Del bolsillo del borracho asomaron dos orejas color de queso. Después la cabeza entera de un gatito con los bigotes de nailon. El minino bostezó un lenguado como un león.

     —¡Ay! ¡Qué cosa, Benito! —dijo Marita abrazándose fuerte al cuello del duende—. El minino del borracho sí que es majo. ¡Como un ovillo de nube! ¡Como una bola de helado!

     —Atenta Marita, atenta.

El minino siguió el desperezo contorsionándose en el bolsillo como lombriz. El cosquilleo sobre el pecho acariciaba al borracho. Y enseguida el cuerpo tendido en la acera orinada comenzó a vibrar, a emitir unos leves espasmos. En el rostro, un pequeño gesto de la boca pespuntaba el atisbo de sonrisa en el labio supurante de costras.

     —Que le hace cosquillas, Benito, que el gatito le está haciendo cosquillas.

Benito miraba a Marita con el cuero del rostro en abuelo y una sonrisa extraña, comisuras para abajo.

     —Juá-juá, Benito ¡mira!, que le hace cosquillas. Canta conmigo, Benito: ¡que-se-rrí-a! ¡que-se-rrí-a! ¡que-se-rrí- a!

La boca del beodo Vicente comenzó a temblar. Primero sólo un poco. Pero cuando Marita y Benito llevaban un rato cantando, la boca tirante del hombre semejaba estar haciendo un esfuerzo más que mamífero por no desgomarse en sonrisa.

     —¡Que-se-rrí-a! ¡que-se-rrí-a! ¡que-se-rrí-a! —a coro la niña y el duende.

De pronto, la boca del borracho reventó en una risa como una gruta. Y detrás de él, descojonados, Marita y Benito.

     —Juajuajuá: mira Benito, el borracho sólo tiene un diente –dijo ella despanzurrada—. ¡Pero qué diente tan amarillo y tan bonito! ¡Y qué brillo tantán… valiente! —la niña estaba como poseída de alegría–. Ese diente, esa risa… Es la medalla de un rey, ¡del rey Vicente!

     —Ay, Marita, qué emoción —dijo con un temblor impostado en la voz el duende—. Permite que mis ojos derramen estrellitas lucientes —y lloró un chirimiri de átomos lucrecianos y estelares—. Qué contento estoy, Marita, anda, deja que te coma la boquita —y acercó su boca grande al rostro circulito de la niña.

     —¡Ni por éstas, mameluco! —dijo Marita y zas, zas, zas, bofetón, revés, bofetón en los carrilos del duende—. ¡Que se te ve el cochino, viejales! —patada balompédica en el culo.

Suspendidos en el aire, el duende hecho una bola y la niña a mamporro limpio con él. Hasta que Marita dijo:

     —A cuatro patas, bandido. ¡A ver aquí quién manda!

     —Marita, tú no lo entiendes.

     —Ni lo entiendo ni me interesa —la niña ya había subido de nuevo al lomo del duende—. Arreando, patán. —¡A sus órdenes, condesa! —el duende miró a la niña. Se guiñaron un ojo al tiempo.

     —Vuela Benito, vuela, busca lo negro del cielo —le dijo al oído, y comenzaron a volar en el nocturno remedando filigranas de mariposa. De mariposa ennoviada con clarinete de jazz…

III

Nomeolvido Nomeolvides Noteolvido, la prostituta rumana

La niña y el duende volaron en dirección a los arrabales. Luces débiles de hoguera descampadas en los solares sembrados de basura. La pareja maravillosa se posó en un puente de piedra vieja tendido sobre un arroyo de charcos. Bajo él, una puta como un esqueleto. Vestía minifalda de cuero, medias rotas, tacones altos y se estaba inyectando, el rostro contraído en un significado salvaje que hablaba puros golpes a la luz mortecina del farol.

     —¿Quién es ella, Benito?

     —Se llama Nomeolvido —contestó el duende—. Nomeolvido Nomeolvides Noteolvido, y es una prostituta rumana. ¿Te parece guapa?

     —¿Guapa? Nosé, nosé, Benito. ¿Con el rostro amoratado? ¿Con ese nombre tan raro?

     —Es para que la recuerdes, Marita.

     —Se está jeringando en la ingle. ¿Está enferma?

     —De soledad, Marita, de soledad.

     —¿Y qué es una prostituta?

     —Una mujer obligada a vivir al precio de su dignidad.

Después del jicarazo, la puta deambuló en eses su cojera de tacón roto. Apoyó la mano en un muro y comenzó a toser como envenenada.

     —¿Hermosa? Nosé, nosé, Benito. Mira qué escupitajos tan negros. ¡Puaj!, qué asco, como los tuyos cuando estuviste malo.

Benito miró a la niña. Siseo con el índice en los labios y la envolvió en un silencio como un cojín. La puta seguía tosiendo en la noche bajo la mirada atenta del millón de astros.

     —¿Has oído Benito? Después de la tos hay un ruidito —A verver, vamos a escuchar.

Y efectivamente, detrás de cada tos temblaba un sonido misterioso y cristalino.

     —¿Qué se oye, Benito? —la niña hizo caracolas con las manos en las orejas—. ¡Andá! Es como un campanita.

La puta se convulsionó y bramó un vómito seco. Y tras la náusea se oyó el sonido.

     —¿La escuchas? Es como una campanita, Benito, es como un tilín. ¡A la prostituta rumana el pecho le hace tilín!

Una lágrima como una canica rodó por la careta de bueno del duende.

     —Eso es Marita —dijo calmoso—, a Nomeolvido el corazón le hace tilín.

     —¡Pero qué tilín tan bonito! ¡Qué delgado! ¡Qué puro! grito Marita llevándose las manos a los pelos que los vuelos le habían peinado en maraña—. Y ¿por qué le suena?

     —Porque una noche de San Juan se enamoró de un cliente.

La niña y el duende contemplaban desde el pretil. La puta se sentó en el ojo del puente y comenzó a llorar en sus palmas abiertas como una súplica.

     —¿Y llora porque está enamorada, Benito?

     —Sí, por eso llora.

     —Como yo cuando me enamoré de Wenceslao, aquel niño de la clase con nariz de pinocho que no me contestaba las cartas. ¡Ay! —suspiró Marita— Mira a Nomeolvido, Benito, mira qué guapa a la luz de cómo ama… —dijo atragantada de alegría ingenua, con un brazo en jarra y la otra mano en la frente—. ¡Y su llanto es a un tiempo tan jodido y tan hermoso!

     —Es el llanto del amor, que le suena los mocos.

     —Benito, hay algo que no te he dicho —la niña miró al duende con chispas traviesas—. Mira, Benito, quiero decir escucha.

La niña tosió sacudiendo la costillas y en su pecho sonó un tilín. Tosió, tosió, tilín, tilín.

     —¿Lo escuchas Benito? A mí el corazón también me hace tilín, como a Nomeolvido… —la brisa tomó un mechón de su pelo moreno y lo abanicó en flequillo sobre la frente blanca y lisa. El viejo la miraba fijo—. No quería decírtelo, Benito, me daba no sé qué. Es que… —las manitas de hada parecían querer agarrar en el aire lo que iba a decir— Es que pasa lo siguiente. Yo a ti te quiero mucho, no estás mal. Pero el tilín éste me suena… —miró al duende con ojos de cordera—. Creo que me he enamorado… ¡Pero no sé de quién!

     —Debería usted saber, renacuaja… –Benito se sacudió los celos engolando el parlamento. Clamaba en alta voz, con las manos en bocina, aunque tenía a la niña justo delante— … que a Don Benito Dando del Montatanto, Marqués de las Rusias, Caballero de la Orden de la Larva, linajudo sesentón, Zar de su hidalga casa, Macedonio en el Corro de su Patata y mil títulos más… —giraba lanzando su discurso a los cuatro vientos—… El Rey a mi Manera que yo soy… —silencio dramático—… es enamoradizo y no cree en la propiedad. Así que, anda moza, arrímate y que te planto un beso —se dobló sobre la niña con los labios en solomillo.

     —¡Ni por éstas! —Marita soltó un golpe carateca en la mollera del duende—. ¡Calentón! ¡Socochino!

Suspendidos en el aire, el duende hecho una bola y la niña en camisón corriéndolo a golpes de cunfú.

     —A cuatro patas, bacalao. ¡A ver aquí quién manda!

     —A los pies de mi marquesa lo que mi marquesa ordene —Benito se agachó para que Marita subiera.

     —¡Adiós Nomeolvido! ¡Adiós bonita! —gritó la niña cuando el duende emprendió vuelo—. Sube, Benito, vuela a lo más hondo de la noche, ¡que quiero enviarle un beso al mundo entero desde la cúspide del oscuro! —cantó la niña buscando con el rostro las caricias aéreas—. Y no llores más Nomeolvido —gritó después—. Le voy a decir al Cometa que te toque con un rayo en los ojos, un rayo de luz invisible que te curará para que tu amor eterno florezca. De eso me encargo yo… ¡Y ya no sé lo que me digooooooooooooooooooo! —se perdieron en el cielo a toda leche.

IV

El Loco Matías y su loro Inmundio

La niña y el duende volaban como un jilguero a propulsión trinada. Pronto amanecería.

     —¿A dónde me llevas, Benito?

     —Ten paciencia, es la última parada.

Enfilaron una avenida y se posaron en la rama robusta de un gigantesco plátano, frente a un ventanal que bufaba melocotones de luz a la noche quieta. Dentro, sentado a una vieja mesa de olivo, un señor muy raro sostenía tres pipas encendidas en cada mano. El cuerpo fino y enorme la cabeza, silueta de piruleta. El pelo revuelto y las barbas negras. A su lado, agarrado a un palito, un loro verde como lechuga de plumas.

     —¿Quién es este loco? —preguntó Marita.

     —Se llama Matías.

     —Cómo fuma el tío —dijo la niña—. ¡Parece una revolución industrial!

Sentado a la mesa el Loco fumaba de sus pipas a lo bestia. Exhaló una ristra de anillos de humo, anillos musculosos, que enseguida ametralló escupiendo arroz con un canuto.

     —Veinte anillos más que disparamos, Inmundio —decía el Loco Matías. Benito y Marita escuchaban con atención—. Veinte almitas que desandan Jerusalén. Ya sólo nos quedan trescientas cincuenta para llegar a las siete mil. ¿Me has oído, Inmundio? —dijo volviéndose hacia el loro.

     —¡Egalité! Ruac. ¡Fraternité! Ruac. ¡Liberté! Ruac —graznó el pájaro estirando el cuello como una bailarina mora.

Benito observaba a Marita, que miraba al Loco con ojos y boca de plato.

     —¡Uy, qué raro, Benito! Pero, guapo, guapo, no sé yo.

El loco tomó una hoja de diario y comenzó a plegarla.

     —¿Qué estará haciendo?

     —Mira bien Marita, hazme caso. Ponte un poquito más allá, en el extremo de la rama.

     —Ahora sí, Benito, desde aquí ya lo veo. Me parece que al loco le gusta hacer pajaritas, ¡como a mí!

El Loco acabó de plegar la hoja de periódico en una montera imperial, la caló en su cabezota y se subió en la silla gritando:

     —¡Cuadrillas! ¡Pandillas! ¡Ejércitos! —Matías clamaba puño en alto y mano de emperador sobre el pecho—. Esta guerra sólo se gana… estrujando cada cuál su calamar, espurriando cada quién su berborigmo, ¡rimando, cada menda, su derrota con triunfal!

Marita estaba encantada, sentada en la rama pateando el aire con sus botas militares, sin perder ripio.

     —El tipo está majareta, Benito, no me digas –la niña, más para sí que para el duende—. Pero hermoso… Nosé, nosé si como un oso. Lo digo por lo peludo. Y por loco peligroso.

El loco Matías se sentó de nuevo.

     —¡Egalité! Ruac. ¡Fraternité! Ruac. ¡Liberté! Ruac —dijo el loro.

Matías cogió un embudo que había sobre la mesa y lo enchufó en su oreja.

     —¿Qué has dicho, Inmundio?

     —¡Egalité! Ruac. ¡Fraternité! Ruac. ¡Liberté! Ruac.

     —Aristocrati… ¿qué?

     —¡Egalité! Ruac. ¡Fraternité! Ruac…

     —¡Chitón, plumífero votante! —le interrumpió Matías—. O te dejas de chácharas y cierras el pico, ¡o te mustio los narcisos de las plumas de un vahído, pajarraco! —y de un soplo dirigido le arrancó un penacho al loro.

Después Matías se acercó a la ventana, se quitó las gafas y miró al cielo. Engastados en los párpados de octógono, sus ojos menudos fulguraban con furia, como cristales de un carbón ignoto.

     —Mira que ojos, Benito, no tienen fondo, como en los gatos –dijo Marita extasiada– ¿Adónde mirarán? ¿Al cielo?

     —Al cielo, mi niña, al cielo.

     —No sé qué me dan, como un tormento. ¡Es que son muy bellos!

     Bellos, ¿como qué?

     —Nosé, nosé. Como si una llama invisible los quemara a un millón de grados. Como si un fuego puro brillara en ellos.

     —Es el fuego del conocimiento.

     —¡Qué hermosura de argumento!

El Loco abrió los cristales. Su rostro estaba sereno punto triste, meditabundo, como pontífice en la soledad de la celda. Miró la ciudad que dormía ante él.

     —En esta realidad nacida del Gran-Pum… —se mesó las barbas negras—… Mecachis en la mar: ¡ni la mierda huele mal! ¡Jajáaaaaa-jarajuá! —se le llenó la boca de risas mientras con las manos revolvía la mata de sus cabellos.

     —Vaya loco, Benito, como se troncha el tipo, ¡qué guaperas más de veras! —y se abrazó al duende con efusión—. Gracias por traerme, melenas.

     —Gracias por besarme morena —Benito se abalanzó.

     —¡Ni por éstas! —llave de yudo agarrando al duende de una pata. Lo empotró en el tronco del árbol— ¡Sátiro! ¡Salido!

Suspendidos en el aire, el duende hecho una bola y la niña zapateándole encima una maratón flamenca.

     —A cuatro patas, cenutrio. ¡A ver aquí quién manda!

La niña se montó en el duende y se detuvieron libelulando frente al ventanal.

     —¡Adiós Matías! ¡Adiós Inmundio! Me llevo vuestra hermosura en los ojos y a ver si aprendo —la niña se despidió agitando los brazos—. Vamos, Benito, volvamos a casa. No sé qué me pasa, me siento ligera y me siento muy guapa. Como la princesa de un cuento —arrugó el gesto en “no sé qué digo” por un segundo. Y continuó—. ¡Tira pa’l quelo jumento!

Y Benito, que ya estaba cansado, voló un trote cochinero.

V

Colorín, colorado

La mañana amanecía disipando con suspiros dormilones la neblina de tules rosados. Cuando llegaron a casa Benito se posó en el alféizar.

     —Si la señora permite, yo me quito las catiuscas —dijo Benito y se sentó con los pies al aire.

     —¡Ecs! Desde aquí te jumeo los tachines, Benito —dijo Marita, que se había quitado el camisón—. Yo no me acuesto, que ya es de día –y enfundó su chasis menudo en unos tejanos ajustados. Después se puso una camiseta oscura que descubría sus hombros de hueso, de piel y porcelana, ¡qué clavículas, la enana!

     —Benito, Benito, te miro y nosé, nosé. Algo extraño veoveo… —comenzó a decir contoneando la voz en zalamera— ¿Será que te encuentro guapo? —Marita miraba al duende sesentón frunciendo como miope—. A ver si lo nuestro no va a ser sólo hablar por hablar —selló sus labios con la yema de un dedito y luego dijo— ¡Dame un beso, pellejo! —y se atornilló a la boca del viejo.

Y entonces, en el abrazo de Marita y sobre un acorde de arpa, el duende sesentón se transformó en un chaval enjuto, vestido todo de negro y de porte distinguido. Gafolis, narigón, jorobeta. Y un zarcillo clavado en la oreja (qué moderno y qué poeta).

     —Hola Marita. Soy tu príncipe azul, el Príncipe Don Juanito.

     —Dame un pico princesito —y lo calló de un morreo apasionado.

Después del beso el chaval saltó del alféizar a la acera y comenzó a corretear como un silvano, dando brincos de contento.

     —Estoy enamora —chocó en cabriola sus talones en el aire— ¡dó! Estoy entusiasma —repitió el salto— ¡dó!

Entonces, sin dar más explicaciones, el Príncipe Don Juanito tomó la avenida arbolada que abandonaba la ciudad. Marita lo miraba con las manos cruzadas en el latido del pecho.

     —¡Adiós princesito! —chilló.

     —¡Adiós, mi niña, te quiero! —decía el joven agitando la mano—. Ahora me voy, a buscar tu hermosura bajo sol del mediodía. En las frondas y en los bosques, en los cerros y en los ríos, en los toros, los caballos, ¡en las gentes y en los libros! —sus manos aupaban los versos al cielo— Pero un día volveré… —se detuvo, miró al abismo inspirando mientras se rizaba las patillas—. Pa’ jalarme la pulpa de tus cachas a versos, ¡jamona! —entonces se detuvo y escupió un beso que pilotando el gargajo llegó hasta la boca de Marita.

     —Adiós princesito —la niña lloraba de amor—. Y que sepas… —hipaba su llanto— Que no me olvido, no me olvides, no te olvido —tembló la voz de hilo y se rompió en sollozo, como un jarro—. Aunque también es verdad, y fíjate en lo que te digo, que de tardar mucho en volver a mi lado tu amor, me pillará lo más seguro follando —dijo un poco para sí, y ya, ya no lloraba tanto.

Bajo el sol amarillo que trepaba sus rayos en el horizonte azul mullido de nubes, sabiendo que los ojos de Marita lo seguían, el Príncipe Don Juanito siguió camino con ritmo de cantor alegre parido no sé yo si por Urania. Codeando a cada paso con los puños cerrados, fumando en su pipa, colgando en su hombro el zurrón de lona. Con una mano delante y otra detrás —como un faraón solitario y chiquitín—… Colorado, colorete… Y colorín, ¡qué coño! ♦︎

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