‘Las vírgenes suicidas’ de Eugenides: la belleza de morir

Las protagonistas de la adaptación al cine de Las vírgenes suicidas (1999) / Paramount Classics/American Zoetrope.

Debemos entender Las vírgenes suicidas como una oda a la belleza. Debemos desligarnos, momentáneamente, del significado más terrenal del término ‘suicidio’ (sui=a sí; cidium= caedere= cortar, matar, o en boca de Les Luthiers: «un suicida no es, lo que muchos piensan, matar a un suizo, sino que es el individuo que se mata a sui mismo»). En lugar de estas consideraciones mejor es que nuestra cabeza vuele al soberbio lienzo de Ofelia, de Millais, que consigue paralizarnos tan pronto entramos en la Tate Britain. O bien esos instantes antes de la muerte de la Lady of Shalott que recoge Waterhouse, a caballo entre el prerrafaelismo y el romanticismo inglés, con esa boca abierta que canta la melodía de la muerte.

Es en esta línea de bellezas etéreas donde podemos clasificar la obra de Jeffrey Eugenides que, en el año 1999 dio lugar a una película igual que el libro, considerado por muchos como una obra que debería ser saludada con el mismo afán con el que se saluda El guardián entre el centeno. Si probamos a poner el libro frente al dvd observaremos una especie de efecto espejo. Es inevitable que, los que la hemos leído tras haber visualizado la película de Sofia Coppola, hagamos trabajar horas extra a sus intérpretes.




Desde la primera página, en la que Eugenides nos va introduciendo al suicidio de Cecilia (la primera en caer) y su mundo particular, harto misterioso, apreciamos la importancia de la estética de la muerte, algo que se aplicará también a la vida que llevan las hermanas Lisbon:

«Fue la primera en hacer el viaje; se cortó las venas, como los estoicos, mientras tomaba un baño, y cuando la encontraron flotando en el agua teñida de color de rosa, con los ojos amarillos de los posesos y aquel cuerpecito que exhalaba olor a mujer madura (…) en un estado de sosiego (…) con el antiguo traje de novia del que había cortado el dobladillo y que nunca se quitaba de encima».

A la hora de trasladarla, la portan «como una Cleopatra pequeña en una litera imperial» y el autor relaciona la impresión de los narradores con un cuadro que rodea a la niña, formado por los esclavos de Cleopatra, la sacerdotisa y “la virgen” (esto es, Cecilia). Cecilia vestida con un traje de novia, en el agua, flotando como una náyade (comparación de la mano de los narradores-testigos, los compañeros de colegio que estaban perdidamente enamorados de ellas). La alusión a Cleopatra cobra otro sentido: la del suicidio de la reina de Egipto con un áspid. Un suicido representado de la mano de artistas como Robert Strange o la Cleopatra en mármol de los Museos Vaticanos.

Asimismo, cobra sentido la estética de la muerte de la última de las hermanas con vida, Mary: «Llevaba tanto maquillaje encima (…) Iba vestida de negro y llevaba velo, lo que a algunos les recordó las ropas de viuda de Jackie Kennedy» (p. 219). En esta descripción ya no vemos el vestido de novia blanco de Cecilia, sino el vestido enlutado de Mary que, tras un primer intento infructuoso de suicidio, viendo que las demás hermanas habían logrado quitarse la vida y sintiéndose sola, se viste de negro como exhalando su último grito de tristeza, homenaje a las demás muertas. Ya no hay inocencia. Ha descubierto que no hay nada en el mundo que la haga agarrarse a éste.

Las niñas Lisbon son lo que podemos denominar como “perfectas”. Tocan la flauta, van a clases de canto, asisten a congresos científicos, hacen calceta, remiendan, etc. Esa perfección prosigue a lo largo de toda la novela. Después de Cecilia, las demás hermanas perfectas morirán en circunstancias diferentes. Dice Émile Durkheim en El suicidio: un estudio sociológico: «No cabe duda alguna de que la idea de suicidio se comunica por contagio», (por ejemplo, existen los casos de una mujer ahorcada en un árbol en Saint Pierre Monjau, en 1813, a la que siguieron otros muchos suicidios en las mismas circunstancias; los galos en su lucha contra Roma se mataron con sus propias manos; también ejemplos de sectas que actualmente convencen a sus adeptos de todas las maneras para que cometan suicidios colectivos). Es interesante, por ello, la idea de consenso. Al final de la historia, las restantes hermanas Lisbon preparan sus maletas para partir a algún remoto lugar, que será la muerte. Una a una van matándose de diversas maneras pues «Cecilia había emanado un virus que, transportado a través del aire, había afectado a sus hermanas». Debido a ello, poco a poco en la novela estas chicas de carne y hueso van descubriéndose como «una congregación de ángeles» (p. 28) ante nuestros ojos, que participamos en esta concepción de ellas. Particularmente, incluso cuando acuden a la única fiesta a la que asistirían en vida, los vestidos holgados recordaban «las túnicas que llevaban los niños que cantan en el coro». De nuevo la estética de la inocencia espiritual, manchada por ese misterio y esa soledad que emana de ellas.

La religión es un concepto importante en toda la obra. Desde la primera muerte, la de Cecilia, donde en su pechito se encuentra cobijada la estampa plastificada de una Virgen y un número de teléfono de ayuda (555-Mary), hasta las estampas iguales a la primera que se reparten por el barrio un poco antes de la muerte de todas las demás Lisbon. La primera imagen religiosa que aparece en la obra, con el toque de perversión que acompaña, es un sujetador colgando de un crucifijo. Erotismo y muerte. Igual que la belleza que encierra el lienzo de Ofelia o la bañera donde los cuerpos desnudos de las hermanas se bañaban, evocando a las náyades (las de Hylas y las ninfas, por ejemplo, esas mujeres desnudas que insinúan bajo el agua sus formas femeninas, tentando a Hylas a perderse para siempre en los encantos que le brindan).

Una escena evocadora es aquella donde las hermanas son vistas «juntas en el patio, bajo la lluvia, mordisqueando el mismo donut, los ojos levantándose al cielo, calándose lentamente» (p. 65). En paralelo con la imagen del sostén y la cruz, las hermanas demuestran sus poderes eróticos (“mordisqueando”) de unas niñas ya mujeres que están hambrientas, junto con la plegaria silenciosa bajo la lluvia. Rezo y ropa empapada. De nuevo, el erotismo y la muerte. Y la religión.

Como cita Durkheim en su obra:

«En ambas confesiones religiosas (protestantismo y catolicismo) se condena el suicidio con el mismo rigor. Entre las malas acciones se incluye el suicidio. Sin embargo, en el catolicismo hay más espacio para la reflexión y el protestantismo favorece el libre examen más que en el catolicismo. El protestante es el autor de su fe, se le deja la Biblia en las manos y no se le impone una interpretación. Más libertad al pensamiento individual. La instrucción inclina al suicidio. Menos suicidios en países donde hay mayor tasas de analfabetismo».

Las hermanas Lisbon se abrazan a sus vírgenes, creyendo en el más allá, pensando que esta devoción puede llevarlas quizá por la salvación. Sin ser una familia católica, las imágenes de las estampitas se multiplican por el hogar de los Lisbon. Sin embargo, finalmente, el único altar que se levantará será uno cubierto de vela derretida, a la memoria de Cecilia, la Virgen a la que dedicarán sus plegarias cuando las luces se apagan.

El acto del suicidio colectivo puede considerarse como un último grito, pues «la acción del suicidio es la libertad auténtica de la que goza el ser» como se recoge en El suicidio. Una alternativa social, de Miguel Clemente y Andrés González. Ante la falta de libertad permitida por una tirana madre (la señora Lisbon) y la pasividad del padre, que acaba deprimido y prácticamente loco, las hermanas eligen demostrar la única libertad que se les permite, puesto que no pueden prohibirle esto: acabar con sus propias vidas.

Dejando a un lado las apreciaciones católicas más extremistas, consideraríamos más bien el suicidio, en Las vírgenes suicidas, como lo contempla Séneca, esto es, una salida honrosa a una vida infructífera, siendo el hombre el único dueño de su vida. Y, como señala Schopenhauer en su filosofía existencialista, el suicidio reafirma la vida, puesto que huye de todo lo negativo que la vida presenta y no de lo positivo. Así es como estaría contemplado este acto en la novela de Eugenides. Las niñas medio endiosadas ya no esperan nada de una vida en la que su casa se va transformando en una sombra de lo que fue, putrefacta y una especie de Mansión de los Horrores que cualquier recinto de feria que se precie debería ofrecer.

A la cuestión de “To be or not to be” (tómese nota, Hamlet portaba un más coherente puñal cuando pronunció esta frase de connotaciones suicidas y no una calavera, la cual pertenece al acto en el que charla con Yorik, en el cementerio, aunque los que no hayan leído Hamlet y los cactus de Facebook quieran verlo del modo equivocado) las hermanas Lisbon dudan. Llega un momento en el que Therese reniega de Cecilia y pronuncia un alegato a favor de la vida «nosotras queremos vivir…si nos dejan». Pero no se lo permitieron. Y de diosas se transforman en ángeles. Y así como ángeles o ninfas de agua que son, así acaban con sus vidas.

Cecilia primero en una camilla, como la grandiosa Cleopatra, tras su primer intento de morir en el agua, como Ofelia (o Virginia Woolf) o La joven mártir de Paul Delaroche, para finalmente, morir al tirarse por la ventana (El suicidio de Dorothy Hale de Frida Kahlo).

De Therese, atiborrada de pastillas para dormir, sacaron su cadáver «con el vestido levantado arrollado a la cintura revelando la impropia ropa interior, del mismo color que los vendajes», como el magnífico poeta de 18 años Chatterton, pintado por Henry Willis.

Lux, dormida en el coche, con un brazo sobresaliendo en cuya mano albergaba un mechero. Nos puede recordar a La muerte de Marat de Jacques Louis David.

Bonnie, con sus medias blancas de la confirmación y el cuello amarrado a una cuerda sujeta a la viga del sótano de los Lisbon, la misma imagen que se recoge en el fresco de la capilla de Padua, la Desesperatio de Giotto.

Por último, la cabeza de Mary dentro del horno, que podríamos relacionar con el fuego y establecer una comparación con el cuadro Dido en la pira funeraria (John Henri Fuseli) antes de ser devorada por las llamas. Tras este primer intento, acaba optando por la muerte de Chatterton y seguir a su hermana Therese en el modo de acabar con su vida.

Exactamente igual que en la película de Sofia Coppola.

Muchas de estas representaciones decoran paredes de iglesias y así es como deberíamos figurarnos que decorarían las fotografías (o los lienzos, las esculturas) de estas muertes.

El suicidio cometido por unas niñas de vestidos blancos, etéreas, que no hacían apenas ruido al desplazarse por los pasillos y que se debatían entre la espiritualidad que emanaban y objetos tales como laca de uñas rosa, cajas de tampax y champús. Y prefirieron la primera opción. Y así irse del mundo no como vírgenes sino como “vírgenes suicidas”. ♦︎

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