Que aquello que allí se aparece no es un lunar sino una mancha

Me dijeron una vez que era importante disfrutar de lo que se sabe de puertas para dentro, alejarse del alardeo y de la voz en forma de patada al aire. A fin de cuentas, saber sólo para uno mismo. Y en ésa estoy desde hace tiempo, aunque con este aspecto de patán y agotados ya los fonemas sólo me quedan el teclado y un papel arrodillado ante tanto número binario. Asentado además en una edad casi mediana, siento cómo la discreción se convierte en un aliado de incalculable valor. La belleza resultona ha dejado definitivamente de tener valor para este prisma y es la elegancia de un atractivo sutil la que fija el interés en este mercado bursátil propio. Para entendernos —ahora que hablo conmigo mismo— hay que remitirse a los detalles mínimos. Este último es un asunto que no requiere de explicación previa ni puede buscarse en ningún diccionario, es más sencillo, pues se pilla o no se pilla. A modo de paralelismo, sería algo así como tener paladar para los que aspiran a catadores de lo que sea, poseer el valor que poseen los desacomplejados contestatarios, puede que incluso como la oratoria para los delfines políticos o el liderazgo para los futuros buenos jefes, hasta como el eterno falo erecto para los que sueñan con ser actores de cine porno e, incluso, como la gracia para los por siempre reyes del humor.

La vida mancha (2003) / Imagen: Tornasol Films/Iberrota Films.

Después están los currantes, los que con cierto talento explotan al máximo sus capacidades. Y en lo más alto de la escala están los talentosos que además se machacan satisfactoriamente y a diario tanto en el gimnasio como en la oficina. Estos son los que verdaderamente poseerán algún día la gloria eterna. Recordados por siempre por su aportación al género humano, por su mezcla perfecta de artista y guerrero, de dones y trabajo, de virtudes y entrega. Qué bien me siento sabiendo que lo mío no es la vida eterna, ni ser el elegido para nada, poder sacudirme a diario esa ingente responsabilidad, pues no quedaré nunca para la posteridad. Siempre he pensado que la posteridad es un lugar en el que no llegaré a sentirme cómodo nunca. Ya saben los que retienen con más facilidad, he tenido buenos referentes.

Así que entre tanto y tanto, una buena noche poco antes de que dos sobrinos míos nacieran a la vez me dirigí al vasco Urbizu pidiéndole consejo sobre cómo vivir y me dio un guantazo —por imbécil—, me sentó en el sillón de casa y me puso La vida mancha. Porque la vida no se aprende, la vida se vive. Lo de aprender es un regalo que no vale un carajo en esa fase adulta que para algunos tendrá que ser la posteridad. La vida es el gemelo que le falta al puño de tu camisa y aún así luces de maravilla. La vida es un piano al que le sobran teclas, una forma de pagar sin tener dinero, una sonrisa que te estruja el corazón y unos zapatos de tacón que se adueñan del alma tuya. La vida es una alegría en la lona, una manera de querer lo que ya no tienes, un chute de vanidad en los espejos y un deseo de que tu prole tenga una caligrafía excelente. La vida es esto que se nos va mientras criticamos a los demás creyéndonos lobos perfectos. La vida es algo tan complicado de describir que las palabras pueden brotar y brotar sin jardinero capaz de hacerle siquiera un pequeño rasguño a sus ramas. Y sí, esta vida que se nos escapa, esta muerte que nos espera y nos iguala, y estas jodidas ganas de vivirla junto a ti.



Para la perfección, fría las patatas en manteca, compañero; para su sabiduría, le recomiendo un par de dedos sobrantes de la Yakuza; para que pueda vivir para siempre, esta dosis de catecismo y para que en la vida le vaya de maravilla, no lo dude, los juegos de azar de los valientes. Por ahí andaba el Fito, con una vida prestada que no le pertenecía, una mujer que no merecía, un camión por encima de su empeño, unas pérdidas a su medida y un hijo, el Jon, que pronto estaría en edad de merecer. La cruz de la moneda, el almanaque completo según mi tía. Su vida: una cisterna y una triste alcantarilla de mentiras. Pero los ángeles de la guarda son el orgullo de los hermanos pequeños, y no son más que esos hermanos mayores hechos a la medida de la vida, con trajes caros, comidas sanas, modales exquisitos, atractivo sin igual, cartera llena, ases en la manga y una pinta de yerno perfecto a la medida de cada mujer fatal. Sin embargo, erre que erre, la vida a estos también se les va. Magnífico José Coronado, conviene subrayarlo, como nunca antes lo había visto.

No quiero hablar demasiado de la Juana y de lo que me llega a producir, porque las mujeres independientes, autocomplacientes por derecho y del siglo XXXIII ahora dicen que el romanticismo es una ristra de moñadas, que la palabra del otro es sinónimo de condescendencia y que la vida en pareja es algo que ellas ya superaron. Son las élites urbanas de la decadencia más profunda del individualismo, entes de una supremacía moral dignas de toda gloria. La cara oculta de la luna iluminada por la propia luz que emiten. Y mientras, la Juana —grandísima Zay Nuba— desprende desde la pantalla el perfume de las mujeres más auténticas, sin necesidad alguna de careta, sin pose fingida, sin prisas y sin ni siquiera querer gustar.

Ya saben, afirman muchos entendidos de esto que en España no se hace cine del bueno. Dicen que prefieren otras formas. Pasen —si quieren, claro, ahora que sí hablo con ustedes— y vean cómo el gigante Enrique Urbizu con poco más que cuatro humildes euros, de los recién estrenados allá por el 2003, logró componer una verdadera obra maestra. De esas que hablan de la vida, sin artilugios, sin doctrinas y sin reconocimiento. Tan sólo con una simple camisa blanca.

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