El voyeur

“El sentimiento es una flor delicada, manosearla es marchitarla”.

Mariano José de Larra

Viéndola inclinada frente a la puerta comprendí aquello de que los sacerdotes viven gracias al pecado. Ellos necesitaban que se pecara. Yo, sin ser sacerdote, necesitaba que ella pecara para pecar de manera perfecta a como nadie había pecado nunca.

Unas cuantas horas habían pasado ya desde que yo dejara aplastado al borde de mi escritorio a un pobre escarabajo esmeralda. Me había entretenido colocándolo bocarriba y dejando que se meciese juguetón sobre la mesa. Durante el baile del insecto, me divertía haciéndolo girar sobre su propio caparazón y le incordiaba con unas pinzas de metal, pellizcándole las patas y haciéndole así emitir un sonidito de rabia que a mí me parecía un gemido incontenible de placer inmenso.

En tal tortura andaba sumido cuando, a la vez que acariciaba al gorgojo, recordé el espectáculo bochornoso al que había asistido un día antes. En el cabaret Vulpes vulpes, lugar que frecuento por mi terrible gusto de mirar lo que no debo cuando no debo y donde no debo, había espiado, pegando mi ojo a la cerradura de una de las puertas del piso de arriba, cómo una mujer tremendamente gorda, de carnes mórbidas, balanceando sus orondas piernas al aire, se dejaba masturbar por tres señoritingos de engominado bigote, que no se habían dignado a quitarse ni el sombrero de copa alta que los tres llevaban. Mientras, la mujer, desnuda, trataba de acallar sus impetuosos alaridos de placer mordiendo rabiosa la manga de la camisa que seguro había vestido antes del ritual en el que estaba inmersa. Fue un chirrido el que me sacó del ensimismamiento. Le había clavado, inconscientemente, las pinzas de metal al bicho en la tripa y un jugo amarillento empezaba a brotar del abdomen perforado. Me sentí mal, realmente me caía bien aquel escarabajo, pero aun me sentí peor cuando la puerta se abrió impulsada por una corriente de aire y yo, temeroso de haber sido descubierto en aquella intimidad macabra, aplasté de un manotazo rápido a la agonizante criatura. El jugo me salpicó y, tras abrir los ojos, contemplé melancólico el pobre cadáver de otra criatura inocente que moría por mis pecados. Fue entonces cuando me incorporé de la silla y cerré la ventana traidora que había sido la hendidura por la que brotó la causa de mi desastre.

También fue entonces cuando vi a una joven en la ventana del edificio de enfrente que miraba hacia la calle mordiéndose el labio. Empecé a pensar idioteces y seguí mirándola. Así, hasta que ella se apartó de la ventana y yo, sin apartarme de mi posición de centinela esperando su regreso, al final la vi salir por la puerta principal de su edificio. Aún olía a escarabajo muerto en el estudio cuando salí por la puerta dispuesto a seguirla.

Dio comienzo la persecución de la dama. Crucé detrás de ella todas las calles del viejo barrio latino, ensimismado en su figura, la cual me daba la espalda y caminaba absorta a que nadie pudiera estar siguiéndola. Durante el trayecto mis ojos contemplaron la trasera de aquella joven delgada, no muy alta y con el pelo recogido en un casi deshecho moño. Enfundada en su abrigo la imaginaba desnuda por dentro, sudando por cada poro hasta el punto de sentirse sumergida, pero en tierra, en un mar cansino. Aquel pensamiento húmedo se desvaneció a la vez que daba un vuelco mi alma al observar cómo la joven entraba rápida y silenciosa en el cabaret Vulpes vulpes que yo tan bien conocía, parnasillo de vicios y remordimientos propios.

A partir de ahí, todo fue una grata sorpresa para el regocijo de mis sentidos. Comprobé cómo la joven imitaba, paso por paso, todos los movimientos que yo hacía cuando solía entrar al cabaret. Procuraba apartarse del centro de atención; andaba sigilosa entre la gente que disfrutaba, de pie y sentada, de los espectáculos; miraba aquí y allá para ver quiénes estaban disfrutando más de las veladas y, cuando ya estaba contenta con lo que allí abajo había espiado, subía al piso de arriba sin hacer ruido. No fue muy caballeroso por mi parte subir detrás suya los escalones, ocultarme en la oscuridad del lavabo y espiarla desde las sombras, viendo cómo se inclinaba para mirar por la cerradura de una de las puertas. Se detenía un tiempo así, inclinada, y al rato cambiaba de puerta. La envidiaba. Quería saber qué era lo que su ojo contemplaba a través de las cerraduras y sentir el inmenso placer del mirón. Quería ser yo el cazador de imágenes y a la vez el cazado, sentirme espiado, saber que alguien me observaba con el mismo vicio con el que yo espiaba. Quería ser ella y que ella fuera yo, y después, con la ventaja de saber que se estaría ocultando en el lavabo, descubrirla, abochornarla, y entonces usurparle todo el placer que había sentido al observarme para coronarme como el rey mirón, como la madame del cabaret, como la verdadera madame del cabaret. Solo de pensar aquellas fantasías entraba en el delirio.

Todo quedó arruinado cuando se oyó un fuerte ruido desde dentro de una de las habitaciones. La joven se incorporó alarmada, yo me oculté más profundamente en las sombras, respirando fuertemente, y la vi pasar desde mi oscuro abismo. Ella había huido bajando las escaleras. Al poco se abrió una puerta y después cruzaron ante mí dos lesbianas calvas que iban riéndose.

Tras unos momentos, ya sintiéndome seguro, decidí abandonar mi escondrijo y, entonces, por fin solo en aquel rincón del paraíso, empecé a devorar con los ojos las cerraduras una a una. Sin embargo, mi espera había sido en vano y mi viaje había ido de lo mismo a lo mismo: oscuridad. A punto de desesperarme, al mismo tiempo que me inclinaba ante la última puerta que me quedaba por explorar, por fin sentí algo de alivio. La luz se hizo y pude ver. A esas alturas, solo con ver algo ya me sentía triunfador en mi propia ruina, y no me importaba mucho qué pobres expectativas me esperaban detrás de la cerradura. Lo que vi, desde luego, más que satisfacerme, me inquietó.

Había un hombre, erguido, de pelo negro, peinado cuidadosamente, portador de una perilla poblada y ataviado con unos ropajes de otro tiempo, pero de un gusto exquisito a mi parecer. Sin duda, era elegante. Paseaba por el habitáculo con el ímpetu de un muerto. A veces se detenía y mimaba distintos objetos con caricias melancólicas. Lo vi esparciendo folios blancos por la sala. Yo empezaba a sentir la excitación propia de mi pecado. Lo vi quitándose la chaqueta y desajustándose los botones altos de su camisa. Me sudaba la frente y me apegaba, como queriendo penetrarla, a la cerradura de la puerta. Lo vi tomando un folio y empezando a leer en voz alta.

—Concluyo; inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias, artes, objetos de existencia. ¡Política, gloria, saber, poder, riqueza, amistad y amor! Y cuando descubres que son palabras, blasfemas y maldices.

El óxido de la cerradura se estaba pegando a mi piel como el escarabajo aplastado al escritorio. Me escocía el ojo, pero no podía ni quería dejar de hacer lo que estaba haciendo. Lo vi sacando de un amplio bolso un trabuco antiguo. Lo vi mirando hacia la puerta.

—Tú me mandas, pero no te mandas a ti mismo. Tenme lástima, voyeur. Yo estoy ebrio de deseos y de impotencia, es verdad; ¡pero tú lo estás de pecados y remordimientos!…

Mi ojo, bañado en sangre, veía borroso todo. No había parpadeado desde que lo uní a la cerradura. Las lágrimas empezaron a brotar al mismo tiempo que vi, haciendo un terrible esfuerzo, al hombre alzar su brazo portador del trabuco, apegarlo a su cuerpo y provocar un rabioso estallido de fuego que me obligó a apartarme de aquella rendija del paraíso, convertido por un momento en infierno. Al mismo tiempo, cerraba el inválido ojo, sentía el alivio, recuperaba el enfoque y la vista y corría escaleras abajo para descubrir al final de ellas que todo el cabaret Vulpes vulpes estaba sumido en un sepulcral silencio (se había parado el espectáculo) y me miraba con unos ojos como platos que me causaron el mayor de los horrores y las más terribles pesadillas, en las cuales aparecen todos ellos, punzantes y asesinos, mis hostigadores, que jamás parpadean y de los que, maldito y observado, jamás me libero. ♦︎

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