El cansancio del clic: la agonía del “parecer”

«Soy un fue, y un será, y un es cansado».

Francisco de Quevedo

La filósofa María Zambrano, en Lo humano y lo divino, asevera que «la mayor tragedia del hombre es que no puede vivir sin dioses». Desde la noche de los tiempos, han sido múltiples las mutaciones sufridas por el panteón de divinidades. En Occidente, grosso modo, al margen de matices teológicos, sin cabida aquí, la historia del hombre discurre, partiendo las arcanas veneraciones a la Naturaleza o Diosa Madre, a través de simétricos sistemas politeístas de dioses grecolatinos, hasta llegar al tributo cultual monoteísta incardinado en un trinitario misterio: padre, hijo y espíritu santo. Es ampliamente consabido que fue Nietzsche, después de Hegel, quien señalase, con terrible razón, aquello de «Dios ha muerto. Y nosotros lo hemos matado». Sin embargo, este aforismo bien podría haber sido asentado, tarde o temprano, por cualquier otro pensador, pues, a comienzos del siglo XX, todo ser nacido en el seno del género humano tenía las manos manchadas de sangre. Ahora bien, la muerte o, más bien, el asesinato de Dios, trajeron consigo un cambio paradigmático del sistema de divinidades. Actualmente, pese al laicismo tan extendido entre la juventud, la divinidad sigue vigente en nuestras vidas, aunque, sí es cierto, que los dioses a los que rendimos culto son otros, a saber: dinero, imagen y materia.

En el siglo XXI, aunque ya lo anunciase allá por el año 1950 Pedro Salinas, en su ensayo El defensor,  «las gracias modernas han desalojado de su pedestal mitológico a las gracias antiguas: son la prisa, la eficacia, el éxito. Las tres hijas del mismo dios, el dios Praktikos. Padecimiento general, que todos conllevan, sin saberlo en la psicosis del tiempo». Sumadas a este último giro radical del firmamento de divinidades, la fugacidad de la vida moderna, inaugurada durante la Industrialización decimonónica, la fe en el progreso, etc. constituyeron cambios que dejarían una huella asegurada en la sensibilidad humana y en las imágenes de nuestro mundo. Fue Zygmunt Bauman quien señalara las inmediatas consecuencias del siglo XX. Según el filósofo polaco, los principales males que hoy aquejan al ser humano son: la fragilidad de las relaciones humanas, la inestabilidad laboral y la incertidumbre ante el futuro. Por si fuera poco, a esta secular ebullición tan cambiante, hemos de sumarle el asfixiante discurso científico. La ciencia, avanzando con paso inexorable, nos lanza un dictum muy claro: «el futuro ya está aquí, es sólo cuestión de tiempo; el misterio está parcelado, horadarlo y penetrar en él, también será sólo cuestión de tiempo».

Eco y Narciso (1903), de John William Waterhouse.

Todo lo que venimos enunciando tiene un notable impacto en las estructuras de las sociedades construidas por el sujeto tardomoderno y, por supuesto, en él mismo. A comienzos del siglo XX, hubo establecido un modelo de «sociedad disciplinario», en el que las ciudades estaban compuestas por hospitales, cárceles y psiquiátricos, según las tesis asentadas por M. Foucault. Regida por la prohibición, la opresión y el mandato categórico, en la sociedad del rendimiento gobernaba el verbo modal, no-deber. No obstante, el paradigma disciplinario, una vez asimilado, ha sido paulatinamente suplantado por lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina «sociedad del rendimiento». En oposición a las antiguas sociedades disciplinarias, el modelo de ciudad del rendimiento despliega un yermo paisaje arquitectónico salpicado por un collage de no-lugares, esto es, centros comerciales, aeropuertos y grandes franquicias. Hoy día, prohibición, opresión y mandato categórico, se sustituyen por otros términos a priori más amables, pero brutalmente coercitivos. «Yes, we can», nos dijeron hasta dejarnos exhaustos, cuando comprobamos que no existe nada que debamos poder. El verbo modal, por tanto, agotador y asfixiante, es otro: poder.

Dios, tal vez, muriese, pero la rentabilidad y el éxito lo sustituyeron. Las palabras más usadas en nuestro siglo XXI son otras: proyecto, emprendimiento y fomento. Este es nuestro nuevo panteón de divinidades. Las acciones de inaugurar y estrenar son los verbos que más conjugamos, los actos que nos definen a diario. Nuestras sociedades están dominadas por una lógica que sobrestima y laurea lo nuevo, mientras que devalúa y depaupera lo viejo. Según esta dinámica laudatoria de lo radicalmente nuevo, arribamos, —fatigados y exhaustos— a una neurosis de la “innovación” a la cual estamos abocados. Una forma de esquizofrenia colectiva instalada en lo nuevo acecha escondida tras la «I» de innovation. Así las cosas, Iphone, Ipod, Ipad o I+D+I son sus manifestaciones públicas más palmarias. En la era líquida de la modernidad, que dijera Bauman, lo nuevo emerge a golpe de clic por todas partes y de forma compulsiva, espasmódica.

La novedad es instantánea e inmediata, y nos asalta con tan solo refrescar la parrilla de Facebook o desplegando la barra de notificaciones de nuestro smartphone. No obstante, frente a la histeria que trae consigo la novedad, el ser humano conserva una sola certeza: su conciencia de finitud. Somos criaturas que, desde nuestro nacimiento, nos sabemos finitos, caducos, falibles. Caemos en la vida, caminando hacia la muerte. De ahí que anhelemos lo nuevo, dado que lo nuevo nace para aliviar, brevemente, nuestra caduca condición humana, otorgándonos un levísimo aliento de vida en el que nos renacemos; leve apariencia de finitud, que en su brevedad se desvanece, nos desvanece. El ser humano es ese animal que va a la carrera de algo que nunca fue.  Con todo, las antiguas sociedades foucaultianas producían locos y criminales, mientras que las actuales sociedades del rendimiento generan sujetos frustrados y depresivos, tal y como asegura Byung-Chul Han. Recuérdese aquel verso inicial con el que Allen Ginsberg principia Howl: «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura / hambrientas histéricas desnudas / […]».  Somos, qué duda cabe, hijos de nuestro tiempo, un tiempo que se contabiliza en cifras y dígito de rentabilidad y beneficio, un tiempo que está siendo saqueado por nosotros mismos, un tiempo sin tiempo, un tiempo cansado.

Como venía diciendo, la neurosis de lo nuevo; las interesadas campañas farmacológicas sanitarias; la eliminación del dolor; la condena al destierro de cualquier forma de tristeza; el lapidario dictum que nos arrojan —a golpe de proyecto, iniciativa y emprendimiento—, con su firme: «Nada es imposible, lo difícil se consigue, lo imposible se intenta»; este vacuo exceso de positividad, en definitiva, que predomina en nuestro tiempo, ha acabado por convertirse en nueva forma de agresividad. En las sociedades de hoy no hay cabida para los mínimos de negatividad, que nos recuerdan quiénes somos: seres dolientes, que gozan y padecen. Uno de los arquetipos humanos, el dolor, se ha eliminado voluntariamente en nuestros días. El exceso de positividad, en última instancia, repito, se ha tornado una nueva forma de violencia.

Violencia psicológica y física, que en muchos casos, deviene ontológica, producto de una sobrexposición impertérrita a una lluvia de información e imágenes. El individuo tardo-moderno es un sujeto hiperexpuesto e hipertenso. No nos extrañe, por tanto, que la depresión se haya convertido en la enfermedad capital del siglo XXI, entendida ésta como un «infarto del alma» o un «exceso de yo». Nuestro amado Ego occidental renquea malherido desde hace décadas y hoy está, más que nunca, al borde del colapso.

En suma, el actual ciudadano posmoderno que habita en las sociedades neoliberales, gobernadas por la tecnociencia capitalista, es un animal individual derrotado en su mismidad, un sujeto agotado de sí mismo y en sí mismo. Ahora bien, ciertamente, algún día, tal vez fuimos personas, pero de un tiempo hacia acá nos hemos venido tornando en personajes de un absurdo teatrum mundi, que escenificamos a diario, creyéndonos los protagonistas de algo que hacemos pasar por nuestra vida. Hombre de la caverna virtual, encadenado y condenado a mirar, desde que nace, su propia sombra, imagen de sí que anhela proyectar sobre el nuevo muro platónico: el muro de la Red Social. Por lo tanto, vivimos encadenados a la última forma verbal copulativa, “parecer”. Muy lejos quedaron la trascendencia del “ser” y el “estar”. Así, queridísimo lector, si algún día te preguntas por qué no fraguó aquella relación, tan prometedora, con aquella persona tan especial, recuerda que estamos viviendo de espaldas a la negatividad de lo Otro, sumergidos en las profundidades de nuestra mismidad, sensibles y aprensivos ante cualquier posible manifestación  del dolor que provenga de la alteridad, aislados dentro de un pozo de soledad que nos une, el mismo que sostienes, mientras lees este artículo, entre las manos y golpea con agresividad en tus pupilas, brillando con total nitidez, sin dar tregua al pixel, la impureza de la negatividad. Como anunciaba, el exceso de positividad (HD 1080p) supone una nueva forma de violencia.

Bienvenidos, seamos todos, al estatismo del progreso, al solipsismo del futuro, a la ficción de la libertad, a la asfixiante agonía del parecer.

Y no llegar a ser.

 

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