Dos mitos, el mito

Fausto Coppi y Giulia Occhini, 1953.

Arde el pecho del ciclista, arde. El corazón retumba con fuerza, golpea en su piel, por momentos se encabrita, se vuelve loco, parece que va a escapar. Lleva todo el día con él desbocado como un caballo salvaje, enfurecido, fuera de sí. Y ahora bombea sin cesar sangre a sus piernas, alguna, poca, a su mente, a sus ojos. Su boca es una chimenea que traga aire gélido y escupe vaho, un cráter que jadea a más de 2500 metros de altitud, donde la vida es menos vida y el cielo parece una promesa cercana. Se mueven sus hombros de forma acompasada, de vez en cuando se alza sobre los pedales y la figura de ave zancuda torna águila, y todo es bello allí en mitad de los Alpes. Y entonces sucede. Ocurre. El instante mágico, el momento supremo. El mundo se detiene cuando sus ojos se cruzan. La nieve deja de llorar en las cuentas, las nubes se paralizan en el firmamento, aquel espectador que animaba enfervorizado se encuentra con sus manos congeladas en pleno gesto de aplaudir. La pedalada deja de existir. Los segundos devienen vidas. Ella lleva un abrigo blanco que la confunde con el paisaje de glaciares y picachos. Él porta una maglia biancoceleste que se ha convertido en icónica y que ha inspirado artículos, libros, versos… Ella se llama Giulia, él se llama Fausto. Entre ambos, un mirar. Alrededor de ellos todo, la montaña, el mundo. Nada.

Es el primer día de junio de 1953 y se está corriendo la penúltima etapa del Giro de Italia de aquel año. Apenas homenaje a quien todos ven ya como el seguro ganador, un Hugo Koblet dominador y elegante que ha batido sin demasiada oposición a Coppi. El gran Coppi. El Coppi que parece aquel mes de mayo crepuscular. El mismo que ya ha sido el primero en felicitar al suizo por su victoria, aun antes de correrse las dos últimas etapas. El paseo camino de Milán. Y esa. La que acaba en Bormio. La que da por perdida de antemano. Pese a él. Él. El Stelvio.

Porque aquella tarde se sube por primera vez en el Giro el gran coloso italiano. El mismo que se abrió más de un siglo antes por el Imperio de los Habsburgo, aun asustados por la velocidad con la que Bonaparte movía sus tropas en el norte de sus posesiones de más allá de los Alpes. Ese Stelvio que era el paso de montaña más alto de la aún balbuciente república, el que quedó por completo, ascenso y descenso, en territorio transalpino tras la Primera Guerra Mundial. Un mito, uno que esperaba a otro. Para entrar en la leyenda. Para ser ambos eternos.



Con todo, parecía que la subida al gigante, al ogro, iba a ser un paseo. Uno doloroso, uno que termina donde las piedras hacen cosquillas en la barriga a las nubes, pero paseo al fin y al cabo. Fausto Coppi, el gran aspirante, había abdicado el día anterior. Pese a vencer en la etapa después de una jornada asesina, cruenta, por mitad de los Dolomitas. Pero con Hugo, el bello Hugo, a su rueda. Unos años después Koblet estrellará su coche para poner punto y final a una vida vivida deprisa, para olvidar, quizá, un declive demasiado apresurado, demasiado doloroso. Pero aquel primero de junio el futuro estaba lejos, y Hugo era, sencillamente, el mejor ciclista sobre el planeta. ¿El Stelvio? Un trámite antes de la gran fiesta de Milán. Si hasta Fausto ha reconocido su superioridad…

Porque Fausto es un hombre cansado. No es, ya no es, el campeón que siempre fue. Se le escapó la grandeza como la vida de su hermano Serse, entre los dedos temblorosos de una habitación del Piamonte. Y aunque después de eso siguió siendo el campionissimo ya nunca más volvió a sonreír igual, y sus ojos pesaban más que antes, y su moral era más frágil. Cuando a Fausto le amputaron de los brazos sin vida de Serse la alegría del campeón se quedó arrullada entre ellos. Su moral se hizo quebradiza. Su vida, hasta entonces discreta elegancia de provincias, tornó más agitada.

Por ella, seguramente. Por la pasión que llegó después de la tristeza que llegó después del drama. Ella se llamaba Giulia Locatelli, pero a Fausto no le agradaba el apellido. Occhini, ese sí, el de soltera, el que no le recordaba la situación, la, quizá, traición para quien se decía su más grande admirador. El tifosi definitivo, el que extendía su pasión hasta tal punto que arrastraba a la aburrida esposa a las carreras de bicicletas. Y ella, varesina de melena negra y boca de fuego, empezó a aficionarse. Al ciclismo, primero. Al ciclista, al gran campeón, después.

Fueron sus ojos, claro. Ojos negros de noche sin fin. Ojos de sima, de tinta en verso, de sombra deslizándose. Fueron sus ojos, quizá, los que son imposibles de no reconocer allí, entre las nieves perpetuas, los que él, Fausto Coppi, cree atisbar a lo lejos, por entre huellas de multitudes amorfas, por entre su propio mirar mal enfocado, aturdido por el esfuerzo, mareado por ese matarse lentamente al que se está sometiendo desde hace un rato. Desde hace, quién sabe, más de una década.

A Fausto le hechizaron esos ojos la primera vez que los vio, cuando la resuelta Giulia le recriminó su poca atención para con los aficionados después de una carrera. A él, nada menos, al gran divo del deporte italiano. Pero qué importaba. Allí se miraron por primera vez, y ya no dejarían de hacerlo. Aunque los dos estaban casados. Aunque, sabían, aquello iba a ser un escándalo en la pacata y muy católica Italia de la época.

Qué más da que los pulmones ardan, que las piernas sean gemidos en cada movimiento, que los riñones exploten a cada instante. Qué más dan los años, los sinsabores, las tristezas, los recuerdos. Qué importa que Fausto vaya muerto. Cuando ve a lo lejos la figura elegante, tocada de blanco entre blancos eternos, acelera. Acelera como si la cima estuviera en los ojos de Giulia y no varios kilómetros más arriba. Acelera como si solo anhelase llegar hasta allí, hasta sus manos-sus dedos-sus labios, y la meta fuese únicamente una fea pancarta que atravesar más tarde. Acelera Fausto, tamborileando el corazón en saltitos de esfuerzo y más cosas, Y cuando llega a su altura, sonríe. Sonríen. El campeón saca palabras de entre jadeos. Estoy en el hotel tal y tal. ¿Irás allí después de la etapa? Y ella asiente, casi imperceptiblemente. No hay nada, nada más. Fausto aprieta los dientes y esboza una mueca que es esfuerzo, que es alegría. Varias curvas más abajo vienen los perseguidores, Koblet roto completamente por aquel puerto absurdo, por aquel trazado enervante.

Da igual. Está escrito. Habrá victoria, habrá escándalo. Al mito de piedra lo ha honrado el mito de carne. El que empieza otra carrera, el que viene a escribir una nueva leyenda. El 1 de junio de 1953 la Historia de Fausto Coppi torna a escribirse con palabras nuevas.

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