Chandigarh, la utopía india de Le Corbusier

Le Corbusier en su atelier, 1955. Foto: Getty Images.

Le Corbusier conoció en vida el reconocido mérito de destacar como arquitecto global y figura mediática décadas antes de la eclosión de las redes sociales y de la comunicación 2.0. Personaje controvertido, hombre renacentista y maestro del hormigón armado, dejó su legado arquitectónico en doce países de varios continentes. Si bien el gran público identifica la obra de Le Corbusier con Francia —la Villa Saboya, la Unidad de Habitación de Marsella o la capilla de Ronchamp—, su trayectoria profesional culmina con la materialización de un sueño largamente anhelado: concebir y levantar una ciudad de la nada.

Le Corbusier recibe a los 63 años el encargo de proyectar Chandigarh, la nueva capital del Punjab, una ciudad que debía simbolizar la imagen de la India moderna surgida tras la independencia del Imperio británico en 1947. El arquitecto suizo-francés aplicó los postulados del urbanismo racionalista para concebir una urbe orgánica dividida en sectores cuadrangulares autónomos que a su vez conforman un todo funcional. La ciudad, a semejanza del cuerpo humano, se compone de una cabeza pensante —la sede de  las instituciones—, con una zona comercial céntrica a modo de corazón y extremidades, la periferia, donde se instalarán los complejos industriales.



El arquitecto reflexionaba al final de su carrera sobre su obra: «He trabajado por lo que la Humanidad más necesita hoy: silencio y paz». De difícil traslación en un país de insuperable contaminación acústica, Le Corbusier triunfó en diseñar una ciudad que 65 años después lidera el ránking de ciudades indias con mayor índice de desarrollo humano. Sabedoras de su valor arquitectónico, las autoridades de la ciudad han luchado por lograr el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, otorgado finalmente el pasado año al conjunto institucional Capitol Complex, el cerebro de Chandigarh. Sin embargo, el artífice de tan lograda concepción urbanística subestimó dos circunstancias que amenazan hoy la vigencia del sobrenombre de The City beautiful: la superpoblación y el exceso de tráfico.

CDG Capitol Complex. La rueda del dharma, impresa en la bandera india, alude a la ley universal de la naturaleza, manifestada por los movimientos cíclicos de la rueda. Foto: Silvia de Félix.
CDG Capitol Complex. La esvástica, muy común en la iconografía india, es un símbolo que se relaciona con los movimientos del sol. Foto: Silvia de Félix.

Le Corbusier no fue siempre Le Corbusier. Charles-Edouard Jeanneret comienza a utilizar este pseudónimo para firmar artículos en L’Esprit nouveau, una «revista internacional e ilustrada de la actividad contemporánea» fundada en París junto con un pintor y un poeta dadaísta de su círculo íntimo. Nacido en una ciudad suiza de antigua tradición relojera, el joven Jeanneret se instala de manera estable en París en 1917 con ganas de comerse el mundo. Cultiva su pasión por la pintura y analiza la actualidad política, artística y científica desde las páginas de su revista, que llegará a alcanzar difusión internacional. Alentado por el éxito de la publicación, Le Corbusier se lanza a escribir compendios de arquitectura al tiempo que desarrolla proyectos arquitectónicos para clientes adinerados y viaja por Europa impartiendo charlas y simposios. Le Corbusier se convierte en un arquitecto iconoclasta, rompedor, provocador. Aboga por una cirugía radical en las urbes dañadas por los males de la revolución industrial y apuesta por la expropiación de los suelos en aras de grandes proyectos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el arquitecto fracasa en su deseo de contribuir a la reconstrucción de Francia y sus planes de urbanismo son rechazados con excepción de la Unidad de Habitación de Marsella, proyecto de gran edificio comunitario destinado a realojar a las víctimas de los barrios destruidos en la contienda. A partir de entonces, sus enemigos se referirán a él como el «bruto del hormigón brutal».

Profesional de reconocido prestigio y figura pública, Le Corbusier recibe en los últimos años de su carrera el tan anhelado encargo de levantar una ciudad de cero: planificación urbanística y concepción arquitectónica de una nueva capital para el Punjab, región del norte de India desprovista de sede administrativa tras la partición de India y la creación de Pakistán en 1947. El primer ministro de la nueva India surgida tras la independencia del Imperio británico, Pandit Jawaharlal Nehru, parte del deseo de construir «una ciudad nueva que simbolice la libertad de India, liberada de las tradiciones del pasado y expresión de la confianza de la nación en el futuro». Sin embargo, Le Corbusier no fue la primera opción.

La Colina Geométrica, monumento del complejo institucional que representa el recorrido del sol. Foto: Silvia de Félix.

Las autoridades indias tuvieron claro desde un principio que el equipo de arquitectos que levantaría la nueva ciudad sería internacional: los profesionales indios de finales de los años 40 no contaban con la cualificación necesaria y, además, se buscaba la neutralidad política de un equipo extranjero. Dos arquitectos estadounidenses, Albert Mayer y Matthew Nowicki, fueron designados para presentar el proyecto. El planteamiento de Mayer y Nowicki se inspiraba en otros proyectos residenciales de Estados Unidos, como el Stein’s Baldwin Hills de Los Ángeles, influenciados a su vez por el movimiento de las ciudades-jardín surgido en Inglaterra a finales del siglo XIX. Sin embargo, el destino tenía otros planes: el avión de la compañía Trans World Airlines en el que viajaba Nowicki de India a Estados Unidos se estrelló en el desierto, cerca de la ciudad egipcia de Wadi El-Natrun. Sin su mano derecha, Mayer se vio desbordado y abandonó el proyecto.

Tras recibir recomendaciones y sugerencias de diversos países, las autoridades indias se decantaron por el equipo de Le Corbusier. Sin comité de selección ni concurso público, Le Corbusier desembarca en el proyecto no sin dudas a la hora de aceptar el desafío. Chandigarh —nombre elegido para la ciudad en honor a la diosa hindú Chandi se encuentra alejada de su zona de influencia y soporta temperaturas muy extremas, miles de kilómetros de distancia y condiciones climáticas difíciles de sobrellevar para un hombre de 60 años. Le Corbusier, Corb para los anglosajones, acepta la oferta con la condición de destacar un equipo de colaboradores que trabaje de forma permanente bajo su supervisión en Chandigarh mientras coordina la evolución de las obras desplazándose a India dos veces al año. «Fue un arquitecto que dejó un legado teórico ingente. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial se paralizó la actividad constructora en Europa y Le Corbusier se centró en su producción teórica. Sin embargo, siempre puso en práctica sus conceptos», explica la arquitecta española Ariadna A. Garreta, quien vive en Chandigarh desde hace varios años y es editora de la colección Indian Architectural Travel Guides, una serie de guías de viaje que ayudan a aprehender las ciudades indias desde sus edificios.

El acceso principal al parlamento de Punjab y Haryana se realiza por una gran puerta de esmalte pintada a mano por Le Corbusier. Foto: Silvia de Félix.

Le Corbusier concibió el proyecto urbanístico como un damero dividido en rectángulos denominados «sectores», que se extienden en un área de 800 por 1.200 metros. La esencia de la planificación urbanística gira en torno a la idea de satisfacer cuatro funciones básicas: vivir, trabajar, desplazarse y descansar, que deben ser resueltas tomando como referencia el sol, el espacio y las zonas verdes. «El primer ministro Nehru ambicionaba una ciudad moderna, en la que no hubiera referencias al pasado. Una ciudad neutral sin guiños culturales a tradiciones hinduistas o musulmanas. Obedeciendo esta premisa, los nombres de las calles no honran personalidades. La ciudad se divide en 56 sectores y cada uno de ellos en subsectores A,B,C y D». El arquitecto, paisajista y profesor asociado del Colegio de Arquitectura de Chandigarh, Parmeet Singh Bhatt, precisa que Le Corbusier impuso el diseño de la ciudad sobre una matriz cuadriculada, confinada en unos límites determinados que difícilmente resisten hoy la presión demográfica. Y todo ello remite al sistema de medición ideado por Le Corbusier: el Modulor. Los sectores, los edificios, las calles responden a cálculos relacionados con la sección áurea (1:1,6), que a su vez toma las proporciones del cuerpo humano.

Chandigarh es ahora más que nunca lugar de peregrinación de arquitectos y estudiosos de la arquitectura corbusiana. «Desde que la ciudad ha sido incluida en lista de Patrimonio de la Humanidad no ha dejado de crecer el interés por conocerla en persona». La directora del Centro Le Corbusier, Deeptika Ghandi, da cifras y datos. La afluencia de visitantes a la explanada del Capitol Complex se duplicó en el segundo semestre del pasado año tras ser incluida en el listado de la Unesco. En total, cerca de 11.000 personas visitaron el recinto.

Sede del Centro Corbusier, en el sector 19 de Chandigarh. Foto: Silvia de Félix.

El Centro Le Corbusier se encuentra en el sector 19. Es el primer edificio construido en Chandigarh: las antiguas oficinas del grupo de arquitectos artífice de la ciudad. Hoy alberga un museo y una pequeña tienda de souvenirs a la espera de reinventarse como centro de trabajo y laboratorio de investigación. Ghandi —un apellido tan común en India como el  López español— responde a preguntas tan frecuentes como el porqué de la ausencia del número 13 en los 56 sectores que dividen la ciudad. ¿Quiso el arquitecto ahuyentar malos augurios eliminando el número de la mala suerte? «Se ha especulado mucho sobre este tema pero no existe documentación que respalde esta teoría. En opinión de muchos expertos —entre los que me incluyo—, el sector 14 englobaría estos dos sectores porque alberga la gran superficie de la ciudad universitaria».

Repasando supersticiones y creencias, la directora del Centro Le Corbusier llama la atención sobre la conexión filosófica del arquitecto europeo con las tradiciones hindús. «Le Corbusier se sintió aquí como en casa porque empatizaba con la filosofía tradicional india y comulgaba con muchos de sus postulados. Ghandi encuentra muchas similitudes entre la base conceptual del proyecto urbanístico del arquitecto suizo-francés y la ciencia tradicional Vastu-shastra que preside la construcción de edificios en India. Según esta línea de pensamiento, el diseño de un edificio debe basarse en diagramas que se identifican con la representación del cosmos, con la cabeza ubicada en el noroeste y el espacio acotado en cuadrados y dividido a su vez en retículas de tres por tres elementos. División espacial que remite inexorablemente al plano urbanístico de Chandigarh.

El recién laureado complejo de las sedes institucionales —Capitol Complex— está celosamente vigilado por las fuerzas de seguridad indias desde que en 1995, el presidente del Punjab Beant Singh, fuera asesinado en un ataque suicida con bomba a la entrada del recinto. El acceso a la “cabeza pensante” de The City beautiful es supervisado mediante peticiones de cita previa y control de pasaportes. El complejo aloja el Parlamento (compartido por los estados del Punjab y Haryana), el Tribunal Supremo y el Secretariado, sede de siete ministerios.

Open Hand Monument, escultura diseñada por Le Corbusier y emblema de la ciudad que simboliza la mano «abierta para dar y para recibir». Foto: Silvia de Félix.

En la explanada del Capitol Complex se respira tranquilidad. Una vasta extensión de pavimento de hormigón se abre ante los ojos del visitante. De forma intencionada, Le Corbusier concibió el espacio entre los edificios administrativos con grandes distancias, de forma que transitar entre ellos diera cabida a momentos de reflexión. Todas las construcciones aquí levantadas hablan de símbolos y mensajes. La imaginería de Le Corbusier y el tributo de un arquitecto al pueblo indio trasladado a hormigón y hierro fundido. Entre todos ellos destaca el símbolo de la ciudad, el monumento Open Hand (mano abierta), diseñado por Le Corbusier como lema de Chandigarh, lugar de acogida de los miles de desplazados por la partición de India y Pakistán tras la independencia de la Corona británica. Open to give, Open to receive (abierta para dar, abierta para recibir). La mano abierta es una gigantesca veleta metálica de 50 toneladas de peso que gira a merced del viento. «Fue concebida como gesto simbólico de la gracia divina: dar y recibir. Un enorme tótem pensado para presidir un foro donde debatir al aire libre. Desafortunadamente, este lugar se utiliza hoy en ocasiones muy contadas. Toda una tragedia». Así se expresa Balkrishna Vithaldas Doshi, el arquitecto indio que trabajó en el estudio parisino de Le Corbusier entre los años 1951 y 1954 y que supervisó varios de los proyectos firmados por este en Ahmedabad, capital del estado de Gujarat, al sur de Delhi. Entrevistado por el también arquitecto Sangeet Sharma para el libro The Corb’s Capitol, Doshi se deja impresionar por la contemplación de la obra de su mentor. «Le Corbusier siempre enfatizó que el hormigón envejece como la piedra. Y así ha sido».

Además del Open Hand, el complejo de las sedes institucionales está salpicado de otros hitos arquitectónicos: Tower of Shadows (la torre de las sombras) —un estudio a escala real del comportamiento del sol y su interacción con los brise-soleil—, el Geometric Hill —un diagrama del equilibrio entre la luz y la oscuridad a lo largo del día—, y el Memorial a los Mártires, una rampa sin destino en la que destacan en grandes proporciones dos símbolos de la cultura india: la esvástica y la rueda del dharma.

Le Corbusier teórico, escritor, pintor, escultor, urbanista, paisajista, diseñador, empresario y arquitecto. El perfil poliédrico de esta mente inquieta se plasmó por fin en todas sus facetas con la asignación de inventar una nueva ciudad para una nueva India. «Inteligencia y pasión. No hay arte sin emoción ni emoción sin pasión». Una frase repetida en su discurso que se lee hoy en el gris del hormigón castigado por los años: robusto, impertérrito e igual de digno que los mármoles del Partenón.

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