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A veces fantaseo con quemar esta ciudad. Soy la mezcla de Hulk y alguien que echa fuego por la boca. John Terry, quizá. Soy capaz de cargar a mis espaldas el material necesario para preparar 200 cócteles molotov. Con la paciencia de un monje, guardo cientos de litros de Estrella Levante vacíos. Consigo 150 litros de gasolina. Lo guardo todo en un sitio poco iluminado. Mi habitación podría valer. Paso el día D en calzoncillos, sentado en el sofá. Al lado, justo a la altura de la mancha negra, las botellas llenas de gasolina. Sobresalen pedazos de camisetas viejas. La de la lengua de los Stones, el rayo de AC/DC y la diana de The Who. La del centenario del Madrid y la del viaje de estudios a Mallorca. Cinco de la mañana. Todo dios en Musik. Apago la tele, me visto y guardo las botellas en una caja verde de fruta. Recorro Santo Domingo, La Merced, Doctor Fleming, Obispo Frutos, Victorio. Arrojo los cócteles a las fachadas de Repúblika y Revólver. La puta sala REM. Reviento Ítaca y Zalacaín. Llego a González Adalid y, a los dos minutos, la sede del PP se está consumiendo en llamas. Hago lo mismo en la oficina del INEM, en Ronda Norte. Al cabo de unas horas, Murcia está ardiendo.

Santiago el Mayor, Ronda Sur, El Carmen, Santa María de Gracia, San Basilio, la Plaza de las Flores. Borrachos enloquecidos de un lado a otro. Viejas en llamas. Comerciales de Iberdrola arrancándose matojos de pelo de la cabeza, preguntándose a quién van a estafar ahora. Bomberos. Señoritos con polos blancos con ribetes de la bandera de España. Niños llorando. El mendigo de los ojos verdes en el chino que hay frente a Repúblika, aprovechando para pinchar cualquier mierda. Yo vuelvo a la plaza de la Merced y me siento en el banco que hay junto a la puerta de la Universidad. También ardo.

Alguna vez me ha perturbado ver en mi cabeza estas imágenes con tanta nitidez. Casi siempre resuelvo la situación girándome en la cama. Supongo que anoche pasó eso: volví a casa, pensé en quemar esta ciudad, me giré y me dormí. Hace un rato abrí los ojos. Tengo la nuca empapada en sudor. Las dos semanas de frío se han esfumado y esto se va a convertir en Kenia en cuestión de días. La ropa está esparcida por el suelo, como si hubiese intentado construir una moqueta de pitillos negros, camiseta y cazadora. Fijo la vista en el gotelé del techo.

Hace cinco meses volví de Berlín. La principal razón por la que estaba mejor —estando igual que aquí, en el fondo— es que se suponía que allí había algo parecido a un futuro. Pero tuve que volver. Ahora vivo en la calle Torreta, en el mismo centro de Murcia. Es el edificio de Revólver, pero justo al otro lado. Eso me jode un poco, porque si viviera encima del bar podría mearle en la cabeza a los putos porteros rusos. Esos gilipollas. Mi desprecio hacia ellos surgió hace seis años. En un Bando, uno de los rusos de siete metros y un par de toneladas de peso nos prohibió la entrada a Repúblika, el otro agujero que guardan. El tío, con esa alopecia perestroika y esa nariz de partir mesas de camilla, nos dijo que éramos demasiado feos.

Yo creo que nos dijo eso: Sois demasiado feos. Nos lo tomamos mal. Seguramente iríamos demasiado borrachos como para aceptar aquello con entereza. Años después, novias después, traiciones y enamoramientos después, huidas y vueltas después, mis colegas y yo seguimos odiando a esos jabalís. Y nos ardía. Hasta que pasó Lo De Navidad: un tío le partió la cara a otro, que cayó a los pies del banco en el que nosotros bebíamos. Alberto y Guille, mis colegas enfermeros, se miraron. Sonrieron y se pusieron manos a la obra, rollo Frank Begbie bajando las escaleras. Pidieron hielo y echaron a la gente del bar. Entonces entró Perestroiko. Dijo que había que sacar a aquel saco de allí. Yo pensé que era un milagro que el tío no se quedara pegado en la mierda del suelo. Mis colegas se vinieron arriba y le contestaron que eran enfermeros. Siempre lo recordaré. Le gritaron: ¡¡Estamos trabajando, vete a la calle y haz tu trabajo!! Joder, me sacaría el corazón por la boca solo para tatuarme esa frase entre los dos ventrículos. Perestroiko agachó la cabeza y se largó. Aquella fue una gran victoria. La última, de hecho.

Cuando volví a Murcia me propuse beber menos. Mi vuelta no era necesariamente un paso atrás, pero tenía que partirle la cara a esta ciudad. Al fin y al cabo, tuve que volver. Necesitaba un plan. Solía pensar en Ian MacKaye en una cochera de Washington, diciendo que no bebe ni fuma porque tiene una industria alternativa que crear. Tengo claro que así, borrachos, fumados, colocados, estudiando-una-oposicón-porque-es-lo-seguro, es como nos convertimos en parte del mobiliario y empezamos a oler a podrido. Pero las cosas no han ido como pensaba.

La mayoría de días me despierto con resaca. Me miro al espejo y me doy cuenta de que si me afeito ya no parezco un crío de 15 años. Y todo es peor. Antes, beber era un juego. Escuchaba Reptilia mientras me duchaba y le gritaba al espejo y quedaba con mis colegas y bebíamos hasta que la lengua se nos trababa. Entonces empezaba el partido. Era una especie de cuenta atrás hacia un desfase totalmente justificado, un desfase que nos llevaba del lodo a las estrellas. Los bares eran igual de mierderos que ahora, pero nosotros creábamos la diversión. Éramos el Plan B de la canción de Dexys, un Plan B que se follaba al A. Nos hacíamos pasar por médicos, abogados y psicólogos. Reíamos hasta casi desfallecer. Éramos invencibles. Pero ya no.

Suele ser así: sin saber por qué, me encuentro en un bar, sin saber por qué, tengo una cerveza y otra y otra y otra y otra delante, y luego, sin saber por qué, me bebo cualquier mierda líquida que pase por delante de mis ojos, porque estoy tan borracho que ni siquiera puedo girar el cuello. Me vuelvo violento. Y no hay ni siquiera un poco de ironía, no me estoy haciendo pasar por nada. Solo estoy hasta la polla. El corazón se me acelera y escupo camiones de mierda por la boca. Suelo acabar solo, tiritando, el vómito subiendo por la garganta, sentado en la acera que hay frente a Sala B, junto a la gasolinera.

Pero bueno, sé que todo esto no es otra cosa que ridículo. Me pongo dramático, hablo como esos barbudos del siglo XIX que me provocan urticaria y ni siquiera consigo vocalizar. Tardo dos horas en volver a casa. No soy de los que hacen eses, lo mío es pegar patadas a cualquier mierda y arrancar carteles como si quisiera quitarle una máscara a esta ciudad. A veces intento atajar y aparezco en Atalayas. Y luego me encuentro así, con la cabeza apuntando al gotelé del techo. Abotargado. Viviendo en una canción de Kurt Vile. Sin estar dormido ni despierto. En pelotas, sudando o tiritando, intentando esbozar una sonrisa al darme cuenta de todo: mi tendencia a dramatizar y pillar una cogorza del tamaño de la cabeza de Manuel Fraga solo porque me siento protagonista de esa canción de los Replacements en la que Paul Westerberg canta con amargura Mírame a los ojos y entonces dime si estoy satisfecho. Me digo: Solo estás desengañándote, solo estás abriendo los ojos. La putada es que ese solo se me desvanece entre las manos el jueves siguiente. Solo hasta el jueves siguiente. Pero ahora es domingo.

Un domingo de marzo. Podría ser mi cumpleaños. Desde que volví de Berlín, lo único que me asegura que el tiempo pasa es ver cómo mi padre va muriendo. El resto se repite: lunes, martes, búsqueda de trabajo, Infojobs, Sefcarm, buenas sensaciones, miércoles, Murcia a mis pies, pegar currículum en farolas, miércoles por la tarde, grupos de whatssap de antiguos compañeros de la universidad en los que unos dicen a ver si quedamos y otros contestamos pues sí, a ver si quedamos y todos sabemos que no queremos quedar, construir aviones con currículum y lanzarlos al piso de enfrente como si fueran el Enola Gay y colarlos y el mazado con cara de bóxer saliendo al balcón y atropellando sus propias plantas de marihuana y agitando el puño y cagándose en mis muertos, jueves, whatssaps a tías con las que tonteaba antes de pirarme, whatssaps subrayados por las dos líneas azules que se quedan flotando, sin respuesta, en medio de la pantalla, viernes, sábado, cerveza en el kiosko, conciertos de mierda y uno bueno cada seis meses en el que ves un destello de luz que se apaga cuando sales de la 12&Medio, conversaciones que no van a ninguna parte, mandíbulas y puños apretados, vuelta a casa. Y domingo.

Los domingos voy a ver a mi padre. Está en la tercera planta de La Vega. Habitación 324. Tene una diabetes avanzada. Apenas cabe en la cama y hace tres meses le amputaron la pierna derecha. Se supone que le quedan otros tres. Al principio montaba un Hollywood ambulante cada vez que iba a verle: cruzaba el Tontódromo pensando qué contarle sobre mi vida. Entrené ese tono tranquilo y cauto que sugiere que las cosas van saliendo. Convertí mi curro como captador de socios de Cruz Roja en Responsable de Comunicación de Cruz Roja , las clases particulares al peruano subnormal que se tiraba una hora y media para multiplicar dos polinomios en una sustitución de seis meses en Abrisqueta, el artículo publicado en otro blog de mierda, en una oferta de colaboración de JotDown, un perdona de una tía que me pisaba en Musik, en un  pues estoy conociendo a alguien, papá. Me salía solo. Era como ser otro durante un par de horas.

El tema es que me hice adicto a esa realidad. Le pillaba flores, algún libro de algún favorito suyo (escritores moralistas que llevan años acumulando grasa en el culo y escribiendo sobre aquella vez que salieron a la calle), el último número de Caimán o cualquier otra revista de cine que se parezca a un libro de texto, bombones sin azúcar…ese rollo. Subía las escaleras corriendo para aparecer allí sin aliento. Rezaba para que lloviera y pudiera decir: ¡Hace un día de perros, maldita sea! Pero claro, desde Berlín solo he podido decir esa frase un día. La próxima vez que llueva, mi padre estará muerto. Me acercaba a la cama y le preguntaba: ¿Papá, qué, te tratan bien? ¿Tengo que hablar con alguien? Él se reía. Arrugaba la cara y los ojos se le convertían en dos líneas horizontales negras. ¿Con quién vas a hablar tú, con esas ojeras y esa barba? Empezaba la frase riendo y la acababa tosiendo.

Pero ya no puedo vivir en esa realidad paralela. Ni siquiera dos horas a la semana. Tampoco tengo muy claro si mi padre se lo tragaba o me hacía la de la vieja en Goodbye Lenin! Ahora aparezco por allí y lo único que me llevo es un intento frustrado y resacoso de lo que yo querría —hace un tiempo habría dicho debería— ser. Me limito a ser simpático. Hablamos de fútbol. Le pregunto cómo ve al Madrid este año. Gira la cabeza y aprieta el labio y dice con resignación: Na, la misma farfulla de siempre. No jugamos a na. Cada semana defiendo a un jugador. Suelo elegir a los jóvenes, supongo que por algún instinto atávico de perpetuación de la especie. Siempre termino la frase con un ese, que es lo que hacía él cuando creía en el futuro: Pues parece que tiene clase el extremo de la cantera ese. Él me concede un segundo de aceptación y me pregunta cómo me va. Yo digo bien, bien y cambio de tema. Le pregunto cómo está. Él sabe que me hago el tonto y me sigue el juego durante cinco o diez minutos. Dice que mi tía Pilar se está portando muy bien, que no le deja solo ni un momento. Dice que cuando salga tendrá que podar las oliveras, y que en el bancal hay mucho trabajo. Lo dice triste, consciente de que el bienestar del bancal que hay junto a la casa de mi pueblo (Fuente Librilla, a media hora de Murcia), morirá con él. Entonces suspira o se queja. Arruga la frente y nos sumimos en un silencio que cae sobre nuestras cabezas como cinco o seis bombas atómicas juntas. Esta tarde será igual. Lo único que avanza es el azúcar en su sangre.

El caso es que me levanto y amontono la ropa a patadas y salgo de la habitación y reproduzco esa escena que sale en todas las pelis (el protagonista se mira al espejo, resopla, se saca la polla, mea, se la sacude, tira de la cadena, se mete en la ducha, se ducha, se seca, se viste, se prepara algo en la cocina y sale de casa) y bajo los cinco pisos de mi edificio y abro la puerta de la calle. Tarareo Sweet Jane. Cuando tenía 18 años me obsesioné con esa canción. En concreto, con los versos All the poets studied rules of verse / And all those ladies rolled their eyes y con esos gritos de felicidad pura de Lou Reed que me hacían encoger los hombros y mirar al cielo. Luego bajaba a la calle y me pegaba unas hostias del copón. Tardé poco en entender que el problema era mío. ¿A quién coño se le pasa por la cabeza que esa escena pudiera ocurrir en Murcia? Los ecos del golpe me siguen resonando en los tímpanos.

Recorro Fleming, rodeo La Merced hasta Diego Marín y enfilo la Plaza de Santo Domingo. Los domingos por la tarde, Murcia se parece mucho a lo que le gustaría ser. Matrimonios perfectamente estructurados columpian a sus hijos. Adolescentes corren a cámara lenta al encuentro de otros adolescentes. Viejos se apoyan en ventanales para secarse el sudor con pañuelos blancos de algodón mientras otros viejos, sentados en una heladería que vende helados de yogur (Smooy, llaollao, Skuy, llayllau, lloeylloey), les invitan a sentarse con ellos. Los domingos por la tarde, toda la mierda de esta ciudad está encerrada. Algunos gusanos solo salimos si tenemos algo importante que hacer. Algo que dote a tu vida de cierta estructura, cierta rutina, algo a lo que te quieres agarrar aunque sea tan estrecho que no te quepan ni las yemas de dos dedos. Algo como ir a ver a tu padre al hospital.

Llevo un rato pensando que igual debería volver a la farsa. Seguramente él hará como que se lo traga. Tendremos un pacto tácito. Dime que me quieres: llegaré a su habitación reventado y él achacará mis ojeras y mi tez mortecina al exceso de trabajo. Me preguntará por qué tengo que ser tan comprometido, me aconsejará que intente evadirme un poco y que encuentre ratos para estar con mis amigos, que intente conocer a chicas, que no me olvide de vivir. Yo me meteré tanto en la historia que podré soportar una situación tan ridícula sin estallar en una risa que, supongo, sonaría demente. Le contaré que estoy currando en la SER, pero que cobro poco. Él creerá, hará como que creerá, que cobro poco, pero que por-algún-sitio-hay-que-empezar. Dirá que en un par de años estaré narrando los partidos del Murcia en onda media. Justo aquí dirá, con una risa silenciada: ¡¡Eso si no ha desaparecido, claro!! Creerá, hará como que creerá, que soy tan bueno que he sido capaz de entrar un camino cuando levantas una piedra y te encuentras a millones de jóvenes perdidos sin saber siquiera qué esperar o por qué luchar. Creerá, hará como que creerá, que volví a casa por lo suyo, pero que he encontrado un sitio. El cabrón está a punto de morir y creerá, hará como que creerá, que todo va a ir bien.

En cierto modo, eso me empujará a seguir. Cada mañana me cuesta más levantarme y soy consciente de que voy a la deriva. Intento buscar cualquier detalle que conecte mi presente con mi pasado en la redacción del Morgenpost, donde todo empezaba a funcionar. Y fracaso. Siempre fracaso. Pero sigo. Seguiré aplaudiendo y gritando dentro de mí, seguiré colocándome delante de folios en blanco en los que debería esbozar proyectos de novelas o negocios que siempre convierto en Enola Gays y que terminan en el balcón del bóxer porrero. Es como si tuviera un propósito: convertir en realidad la fantasía que mantengo con mi padre. No haré caso a esa sombra que pregunta todo el rato ¿y ahora qué?

Llego a La Vega. Pulso el timbre, que suena a moscardón cachondo. La puerta se abre. Subo las escaleras de mármol. Habitación 324, le digo a la recepcionista obesa, ultramaquillada, melena cobre rizada y gafas Moschino verde fosforito. Levanta las cejas y se le juntan en mitad de la frente como si fueran un banco de anchoas. Arruga el morro. No sé si es desdén o cansancio. Sigo subiendo escaleras. Segunda escalera. Más escaleras. Tercera planta. Recupero el aliento. El olor a muerte camuflado por ambientador y látex y medicamentos arrasa mis fosas nasales. Me apoyo en la barandilla. El pulso me baja. Encaro el pasillo azul y las habitaciones se suceden. 310. Veo piernas blancas colgadas del techo y abrigos forrados de borregos sintéticos y personas esclafadas en sillones de escay como si se hubieran caído desde un avión. 314. Me cruzo con enfermeros que van a toda hostia y médicos que caminan parsimoniosos y viejos en sillas de ruedas. 320. Escucho conversaciones sobre la cantidad de aceite necesaria para aderezar un hervido de verduras y nietos que aspiran a todo y esos quejidos temblorosos que solo se oyen en un hospital o cuando alguien se despierta de una pesadilla. 324. ♦︎

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