Yo también quiero combatir bajo velas negras

Black Sails / Imagen: Starz Entertainment LLC.

Tal es el rigor histórico de Black Sails que el máximo reproche de los historiadores suele ser la dentadura de sus personajes. Ya que no cuenta con actores desdentados, esta serie da buena cuenta del contexto en que transcurrió la Edad Dorada de la Piratería. Contiene alusiones históricas, desde la Guerra de Sucesión (que, como la Guerra Civil, aunque tuvo España por teatro de operaciones fue internacional y repercutió allende los mares) hasta la unión de Escocia e Inglaterra. Varios de sus personajes son versiones de personas reales: Charles Vane, Anne Bonny… Tiene además la gracia de imaginar al famoso capitán Flint y su tripulación años antes de las andanzas de La Isla del Tesoro. Pero lo fascinante es cómo evoca aquel pasaje de San Agustín sobre Alejandro Magno y un pirata: cuando infestas el mundo con un pequeño bajel te llaman ladrón, pero cuando lo haces con formidables ejércitos, emperador.

Para el de Hipona (que no era precisamente libertario) una banda de ladrones no es más que un pequeño reino que cuando además de una población controla un territorio (los dos elementos indispensables para fundar un estado desde los Acuerdos de Westfalia) se vuelve respetable ante otros reinos. Fue más lúcido que la mayoría de sus coetáneos y sucesores, desde Cicerón hasta Emerich de Vattel. El consenso general siempre ha sido que el pirata es indigno de las leyes de la guerra y otras normas reservadas para quienes se tienen por iguales. Es decir, un enemigo al que se puede aniquilar sin escrúpulo alguno. El denominador común de todos esos pensadores es su defensa del estado: quien está fuera del estado, sobre todo voluntariamente, es forzosamente intolerable. Pero Black Sails revela que los nobles y burgueses de Inglaterra u otro estado eran tanto o más codiciosos y mezquinos que cualquier pirata de Nueva Providencia u otro rincón del mundo, que por otra parte solamente intenta subsistir sin ataduras. Hasta nos recuerda que el presente no es mejor, por ejemplo en una conversación entre Eleanor Guthrie, que gracias a la protección de su padre logró dirigir los negocios de la piratería, y una sirvienta. Que le diga que la única diferencia entre ella y las mujeres dentro de la ley es que ellas tienen mejores abogados es una frase propia de una serie de mafiosos.

Afortunadamente hay académicos que impugnan la demonización y despolitización de fenómenos sociales inherentes al capitalismo desde su gestación. Así como gracias a Silvia Federici reconocemos en la caza de brujas la opresión a la mujer, gracias a Marcus Rediker y Peter Linebaugh entendemos que la piratería fue una manera más de rebelarse contra condiciones de vida infrahumanas. Como Billy ‘Bones’, enrolado a la fuerza en el ejército mientras, irónicamente, repartía los panfletos antimilitaristas de sus padres. O como Jack Rackham, que heredó las deudas que había contraído la sastrería familiar por una guerra económica entre proveedores y fue obligado a pagarlas, irónicamente también, trabajando para una fábrica textil. Por no hablar de Madi y sus hermanos cimarrones, ejemplo de una tradición de rebeliones antiesclavistas que hasta alumbraron un estado, Haití. La Hidra de la Revolución rastrea a ambas orillas del Atlántico lo que los libros de texto nos ocultan: luchas contra la expropiación, la servidumbre, la esclavitud, la conscripción y el patriarcado.

Aunque sea involuntariamente, Black Sails también habla de terroristas, en los que Mikkel Thorup identifica a los nuevos hostis humani generis. Contra la piratería y contra el terrorismo se esgrimen discursos muy parecidos, legitimando la violencia extrema contra personas cuyos actos serán injustificables pero tienen explicaciones políticas. Pero Pompeyo el Grande, pudiendo exterminar a los piratas cilicios, les ofreció tierras y otros medios de vida. Así los disuadió de su actividad sin malgastar recursos militares que necesitaba en otras lides. Cuando Thomas Hamilton propone amnistiar a los piratas, ¿no está admitiendo el carácter político de sus actos y defendiendo un proceso de paz? Por desgracia ni era ni es una opinión muy extendida. Y, mientras que al menos la piratería se puede definir objetivamente (dejando aparte las artimañas de las farmacéuticas, discográficas y otros vividores de la propiedad intelectual), la noción del terrorismo no solamente permite matar, torturar y violar impunemente sino también criminalizar actos que un código penal ordinario no podría: opinar, participar en asociaciones políticas… 

Además de la propiedad privada los personajes transgreden la moral sexual, a pesar de vivir en un mundo de hombres no mucho mejor que el otro lado de la ley. Anne Bonny antes de ser pirata fue mujer maltratada y no consiente a ningún hombre, así sea pirata, humillar a una mujer. También las vidas de Max y otras prostitutas de Nassau, tampoco exentas de problemas, son una manera de huir de la violencia económica y machista. Por su parte, Flint carga el estigma de un amor prohibido, por el que pasó de prometedor oficial de una de las marinas más punteras de la época a uno de los más temidos piratas, pero apenas puede contar su historia. Sería deseable que las relaciones entre hombres —por cierto, este que escribe sospecha que Teach y Vane tuvieron una aventura— fuesen tantas y tan explícitas como aquellas entre mujeres. Aunque Black Sails no tiene la misma fuerza que Diario del Ladrón y otras obras de Jean Genet, pionero en conectar los valores capitalistas y los heteropatriarcales, no deja de hablar de cuerpos que desean por encima de las convenciones sociales. Quizá creemos que, como rechazamos la violencia contra mujeres y homosexuales —afirmación discutible—, estamos progresando. Pero cuando una Ley Mordaza o código penal aumenta la edad de consentimiento sexual y persigue a las prostitutas callejeras pero no a los empresarios de burdeles, ¿no deberíamos admitir que, como hace tres siglos, criminalizamos decisiones sexuales y con especial saña cuando atañen a las clases populares?

Empezando por el carácter multiétnico de las gentes del mar (en una tripulación de la vida real, esté fuera de la ley o no, hay aún más variedad de nombres), esta serie que ya va por la cuarta temporada nos habla de un pasado que nos interpela. Las Bahamas fueron una vez nido de piratas, pero no duden que nunca estuvieron tan infestadas de asesinos y violadores como ahora que es un paraíso fiscal.

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