Si no estamos prevenidos…

Dos de los casos de corrupción más sonados de los últimos años han comunicado sus sentencias estos últimos días: el caso Nóos y el caso de las tarjetas Black de Caja Madrid y Bankia. La infanta Cristina de Borbón quedó absuelta de los delitos fiscales por los que estaba acusada. Su marido, Iñaki Urdangarín, ha sido condenado a seis años y tres meses de cárcel, por prevaricación, malversación, fraude, tráfico de influencias y dos delitos fiscales. La Audiencia Provincial de Palma consideró probado que Cristina de Borbón se benefició de los delitos de su marido y por ello le pide que devuelva el dinero pedido a crédito con la tarjeta de la empresa de la que era dueña, al 50%, con Iñaki Urdangarín. La hermana del rey Felipe VI pasa a la abultada nómina de ‘esposas de’ que no sabían y no se enteraban. Urdangarín, mientras tanto, seguirá esperando en el extranjero la decisión última de los tribunales para ver cuándo y cómo se efectúa su ingreso en prisión. La primera cita para evitar el ingreso inmediato la tuvo el cuñado del rey el día 23 de febrero, y consiguió su objetivo, al desestimar la Audiencia de Palma las medidas propuestas por la fiscalía anticorrupción, que, por otro lado, tampoco le hubieran llevado a la cárcel de haber prosperado. Casualmente, ese mismo día se hicieron públicas las sentencias del caso de las tarjetas Black, que condenaban a Rodrigo Rato —vicepresidente del gobierno con Aznar— a cuatro años y seis meses de prisión, y a Miguel Blesa a más de seis años de cárcel, las dos principales condenas de un total de 65 imputados. Quienes todo se lo apropiaron han tenido la suerte final de repartirse el tiempo y el espacio total de información en los medios en estos días. Mal de varios, en este caso, sí es consuelo para ellos.

Hay semanas que vienen así, cargadas de noticias. Son tormentas perfectas para los telediarios, los periódicos y las tertulias. El compungido y derrotado Urdangarín, que utiliza la bici y el autobús para trasladarse por Ginebra, les ha cedido minutos a los estibadores, esos ‘privilegiados’ que no han cometido ningún crimen, que ‘amenazan’ con ejercer derechos constitucionales, como el de la huelga, y que ‘abusan’ de su unitaria organización de clase. Son ‘privilegiados’, porque ‘solo’ cinco de ellos, trabajando un año entero, sin conocer con apenas antelación de un día su horario de trabajo, teniendo que estar disponibles 360 días al año y llevando a cabo una multiplicidad de tareas para las que es necesaria una alta cualificación y que conllevan serios riesgos en materia de seguridad laboral, ‘solo’ cinco de ellos, decimos, podrían llegar a cobrar lo mismo que la infanta ingresó sin ningún esfuerzo con una empresa creada para delinquir, o porque ‘solo’ diez de ellos podrían llegar a cobrar por su trabajo de un año entero lo mismo que Miguel Blesa gastó en joyas, viajes, vinos o helados con su tarjeta black. Los estibadores son los ‘privilegiados’, qué duda cabe, y el verdadero problema de este país.

Hay que asimilar los crímenes de las clases dominantes como errores propios de seres humanos. A cualquiera nos podría pasar, cualquiera estaría tentado. Y hay que odiar a los estibadores, porque ponen de manifiesto que si un país se mueve es por la fuerza de los que trabajan. Ese es el discurso y en eso se centra la atención. Casos de corrupción convertidos en culebrones para digerirlos en la sobremesa, y demonización de los trabajadores que tienen más derechos que la mayoría sin derechos. 

Si un fiscal superior, como el de Murcia, denuncia intimidación y presiones por investigar un caso de corrupción política, recibe una reprobación del ministro de Justicia. Si una empresa con más de doscientos obreros, subcontratada por Ford, cierra, ni siquiera es noticia. Como tampoco lo es que los trabajadores del Metro de la capital de España vayan a la huelga todos los viernes hasta que se les reconozca la categoría profesional que merecen los recién incorporados, a fin de que la Seguridad Social les cubra una serie de enfermedades laborales a las que se ven expuestos. Pero eso no es noticia. Lo será, si triunfan en su lucha, que los maquinistas del Metro son unos ‘privilegiados’ que tienen recogidas más enfermedades laborales que la mayoría de trabajadores. Ese el sentido del discurso dominante. Algo hay que hacer para evitar que triunfe, empezando por tener muy claro aquello que decía Malcolm X, de que “si no estamos prevenidos, los medios de comunicación te harán amar al opresor y odiar al oprimido”.

26 de febrero, 2017.

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