Por qué escribir

Son las 9 de la mañana en Semkovo, pequeña aldea bielorrusa cerca de Minsk. Es domingo, por lo que los voluntarios del campo de trabajo estamos, al fin, exentos de hacer trabajo alguno. Todos duermen en el salón del internado de la era soviética que nos cobija durante las dos semanas de proyecto. Francesas, alemanas, catalanes, españoles, rusas, bielorrusas, letones… Las fronteras artificiales no delimitan el sueño de los hijos del mundo. El sol se cuela por la ventana y me baña con sus rayos. Suspiro, abro el saco y me incorporo, tratando de hacer el menor ruido posible. Busco mis libros y cuadernos por el suelo, palpando con las manos la fría madera. No obstante, los muelles de la vieja cama chirrían lo suficiente como para despertar a una de las francesas. Se gira y clava sus ojos curiosos sobre mí. Sonríe, cierra los ojos y vuelve a dormir. Al fin, alcanzo mi libreta y la novela On the Road, de Jack Kerouac.

Hunter S. Thompson, Puerto Rico, años 60.

Me levanto, sigiloso, y sorteo con suaves contoneos las camas que se esparcen por la habitación sin orden aparente. Trato de buscar algún tipo de lógica a su disposición, quizá soviética, esbozando hipótesis absurdas de marxista trasnochado. Demasiado pronto para divagar.

Bajo las escaleras y abro la puerta del edificio. El viento fresco me acaricia y me invita a salir. Atravieso el jardín y cruzo el pequeño camino que separa el viejo internado y la cabaña de los trabajadores del proyecto. Llamo a la puerta y babushka, la cariñosa abuela que nos sirve desayunos, comidas y cenas con cercanía y diligencia soviética, abre y me invita a entrar. Me sirvo un gran café y kasha (cereales típicos rusos) en la humilde cocina y salgo al viejo porche de madera del jardín, con su gran mesa y sus bancos de madera. Tomo asiento y desayuno leyendo On the Road, acompañado por la bella quietud del campo bielorruso.

Página 55. “Pero nada importa, porque la carretera es la vida”. Mi vista queda fijada en la frase y quedo atrapado entre sus líneas. La vida es carretera. La carretera es vida. Relleno mi taza de café, termino mis cereales y me lío un pitillo, sin poder quitarme la cita de la cabeza. Abro mi libreta y comienzo a escribir.

Era cierto, la carretera es la vida. No en un sentido literal, desde luego. Llevaba ya un mes de viaje y una semana de voluntariado. Lituania, Bielorrusia, Polonia… Ningún día era remotamente parecido al anterior, pero fluían con una lógica extraña que les daba un significado conjunto. Mi mochila y yo éramos un solo ser. Llevaba mi vida a la espalda y no pesaba nada. Me sentía ligero. Las personas que, por amor al arte y por bondad divina, me habían acogido en sus casas a cambio de nada. Esas tardes de sol intenso recorriendo el casco antiguo, encuentros sorpresa con personas genuinas que terminaban en borracheras improvisadas y éxtasis de la mente. Todas y todos, santos de mi devoción, discípulos de la humanidad y amantes de la transgresión. Me fundí con ellos en conversaciones sinceras y nunca jamás me los podré quitar de encima. Ya eran tan parte de mí como yo de ellos.

Los viajes en autobús, tren o coche compartido, con la ilusión de un niño y con la determinación del corredor de fondo. Esas noches de libretas garabateadas y círculos libertinos en terrazas improvisadas en hostales de mala muerte. Vino, marihuana, vodka y criaturas orgánicas cuyo único techo eran las estrellas. El viaje se extendía como una carretera y mi mente se entrelazaba con ella, dando sentido a cada una de sus curvas, paradas y desvíos. Me convertí en devoto de la carretera, amo y señor de un destino que escribía en mi libreta. Escribir me permitía frenar el flujo de mi pensamiento y darle forma con palabras que jamás habían soñado estar juntas. Podía entender genuinamente lo que había sentido, hecho, visto para digerirlo e incorporarlo a mi propio ser.

Pensamientos etéreos que por su peso trascienden la vacuidad del día a día para quedarse contigo. Me di cuenta que, como Yeats, poeta irlandés del siglo XX, había ido más allá de mi zona de confort para romper con mis propios límites y expandir mis perspectivas y, en última instancia, mi ser. Había transgredido las normas sociales y ahora veía los corazones palpitantes tras las máscaras de la convención. Los ojos se me aparecían como llamas que arden, arden, arden y yo quería hacer una hoguera con ellas que nos calentara a todos.

Miraba hacia atrás y veía un rastro de palabras, una cadena de frases que ponían todo mi camino en orden. Le daba un sentido reposado. Escribir era armonía y ya no había vuelta atrás. Un paso atrás ni para coger carrerilla.

Poso el lápiz, cierro el cuaderno y lío otro cigarro. La suave brisa veraniega me cala hondo y me da un pequeño escalofrío de placer. Miro alrededor y veo a los catalanes, españoles y las francesas acercándose al porche con cervezas, paquetes de tabaco y más café. Les observo, embobado, mientras se van aproximando. Todos ríen, algunos vienen medio abrazados, charlando. Cruzamos miradas y sonreímos. Una de ellas alza dos cervezas, con gesto victorioso, y me guiña el ojo. Las llamas se acercan y me contagian el fuego. Y, juntos, comenzamos a arder.

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