Oriana Fallaci: “El miedo es un pecado”

Oriana Fallaci, en el estudio de su casa en Lamole, en 1979. Foto: LEEMAGE.

Oriana Fallaci fue condecorada con tan sólo 14 años por las Fuerzas Armadas de su país tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. De ella destacaron no sólo su arrojo y valentía como miembro de aquella Resistencia que de forma heroica luchó contra la ocupación nazi como partisana, sino también su compromiso en la lucha por la libertad y los derechos cívicos. Tenaz y esforzada, la joven florentina aplicó cada uno de los consejos de su tío Bruno, quien la instó a abandonar la carrera de Medicina –profesión que tenía intención de ejercer, más por imperativo familiar que por vocación–, para estudiar periodismo. Desde que ejerciera su oficio, a la edad de 22 años, siempre tuvo clara una cosa: la libertad es innegociable; los ideales, también. Ella no admitió el servilismo y la docilidad. Sin embargo, su trascendencia profesional no sólo estuvo circunscrita a su profesión. Fue una de las feministas más importantes de su tiempo. Imbuida del mismo espíritu reformista e ilustrado que el de Clara Campoamor y Simone de Beauvoir,  defendió la idea de una mujer libre de cadenas y con el arrojo suficiente para encender en su interior la antorcha de la rebelión a través de la cultura.

Sus obras son básicas no sólo para entender el periodismo o las diversas disyuntivas tanto sociales como políticas a las que se enfrentaba la mujer, sino también, para conocer la evolución de la historia y la política en la segunda mitad del siglo XX. Al mismo tiempo que Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, Truman Capote o Norman Mailer estaban asentando los postulados del Nuevo Periodismo, la italiana trabajaba incesantemente en sustanciosas obras como Entrevista con la historia o Un hombre, sendos libros en los que, en el caso del primero, la florentina demuestra una laboriosa habilidad para desnudar las miserias y vergüenzas de los personajes más relevantes de su tiempo, y en el caso del segundo, como si de una Stefan Zweig moderna se tratase, disecciona con precisión la personalidad del poeta y político griego Aneko Panagoulis, insuflando así un nuevo aire al periodismo europeo. Famosas han sido sus polémicas con Henry Kissinger o el propio Jomeini. Ella, como si fuese una, y a diferencia de muchas mujeres de su generación, no tuvo que elegir entre su trabajo o su familia: vivió intensamente su vida laboral y su vida personal, alcanzando la plenitud alzándose contra cualquier tipo de dogma establecido.



Con la edición de una obra póstuma, El miedo es un pecado, editado en el presente año por su sobrino Eduardo, podemos conocer, a través de ciento veinte epístolas, las reflexiones de una profesional  siempre ecuánime y comprometida, inquieta y furiosa por el retroceso de una Europa engañada por su propia concepción de progreso, multiculturalismo y universalización de los derechos humanos. Sin embargo, lo que más llama la atención de la correspondencia de la florentina, son las diversas caras que ofrece en muchas de éstas: por una parte leemos a una persona acostumbrada a remendar su vida a través del trabajo y a usarlo como antibiótico para todos los luctuosos sucesos del pasado y el precio que tuvo que pagar por su independencia; y por la otra, una Oriana sentimental, confidencial, íntima y abnegada. En espíritus combativos como el suyo era necesaria la existencia de un amor idealizado que, a modo de rayo de luz, complementara a su persona, ayudándola a conciliar su carácter indómito y arrojando luz sobre cada uno de los claroscuros de su corazón. Así las cosas, la correspondencia mantenida con Panagoulis muestra a la Oriana más dulce, cambiando el registro, concentrándose en la propia naturaleza de sus sentimientos y trufándolos de un afecto y una calma que en su trabajo apenas tuvo.

Sin embargo, es en la acerada crítica en la cual, con su metódico, irónico y cortante estilo, mejor expresa cada una de las contradicciones y flaquezas de Occidente. La rabia y el orgullo, editado en el año 2001, supuso un antes y un después para la italiana. La histeria colectiva producida tras los atentados del once de septiembre y la reivindicación de éste por parte de Osama Bin Laden, propició que tanto Norteamérica como Europa perdieran todos aquellos valores que los llevaron a ejercer de termómetro de cualquier tipo de cambio político y cultural a nivel mundial. Como hiciera con El sexo inútil (1962), también podemos ver la contribución de la italiana a la evolución de un movimiento feminista que por aquel entonces avanzaba de forma vertiginosa, intentándole ganar el pulso a la Historia en su lucha por la paridad mediante la aparición de corrientes tan antagónicas como la postura liberal defendida por Helen Gurley Brown, directora de la revista Cosmopolitan o la visceral de Germaine Greer y Kate Millet.

Fallaci, fiel ejemplo de un espíritu acostumbrado al sufrimiento, rememorando los años en los que luchó junto con la Resistencia en su país, trabajaba no sólo por amor a su profesión y a la verdad, sino para ponerse en paz consigo misma.  Si Ulises en la cueva de Polifemo sobrevivió llamándose Nadie para escapar de las fauces del cíclope y Eneas dejó atrás Troya, emprendiendo una aventura que le llevó al Lacio, sentando con ello las bases de una latinidad que, posteriormente Rómulo y Remo apuntalarían fundando Roma, Oriana Fallaci sabía que una persona que no era capaz de sobreponerse al horror y a la soledad merecía condenarse eternamente. Afortunadamente desarrolló esa clarividencia que la convirtió en una de las periodistas y mujeres más relevantes del siglo XX. ♦︎

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