Narcomuertos en Narcolandia

Dan las dos y media de la mañana en uno de los clubes de moda de Playa del Carmen (Quintana Roo, México). Se trata del Blue Parrot, un local a orillas del mar Caribe por donde pasan algunos de los mejores DJ’s con motivo del The BPM Festival.

Estamos en la noche del 15 al 16 de enero, los graves retumban en la fachada y los led iluminan cinco cadáveres. Cuatro muertos por arma de fuego y un quinto fallecido como resultado de la estampida.

La noticia llega a Internet y a mí me suena el móvil por ello. Se trata de alguien que conozco, no presenció los hechos pero sí ha estado vinculado al festival. Al festival y a la droga. Cree que su historia tiene interés y quiere que yo la redacte. Pues muy bien.

Mi contacto (a quien llamaremos Marco), es un personaje extrovertido, atento y alegre. De los que contagian su energía a cuantos le rodean. Actualmente roza los treinta y su historia empieza de un modo que probablemente te resulte familiar: tras terminar los estudios se come los mocos en casa.

Junta dinero para cruzar el atlántico y a mediados de 2013 llega al sureste de México donde unos familiares le ofrecen cobijo mientras busca empleo.

Llegando a México, 2015. Foto: P de poio.

Enero de 2013

“Solo había ido a un par de fiestas de música electrónica en el DF y la gente casi ni se movía, Ellen Allien destrozaba los altavoces y yo era el único que saltaba. Al ver el line up del festival —BPM— moví cielo, mar y tierra para ir. No pude convencer a ningún amigo, así que fui solo”.

Marco camina por la calle mientras hablamos por teléfono. Su voz suena tranquila pero hay bastante pausa. Parece estar pendiente de alguien que le acompaña.
Yo intuyo que line up equivale a lista de Dj’s y doy por hecho que ‘destrozar los altavoces’ es un halago al buen hacer de ese tal Ellen Allien.

“Llegué a Playa del Carmen el primer día del festival con unas ganas locas de fiesta. Estaba en una zona de turismo familiar pero durante esas fechas se llenaba de gente joven con ganas de liarla.

Conocí a dos simpáticas francesas en el autobús entre Cancún y Playa, yo no tenía ninguna reserva y me acoplé a ellas. Compramos unas kawamas —litros—, una botella de ron y fuimos a la playa a tajarnos. A media noche ya estábamos en la primera fiesta”.

Marco se detiene. Saluda a alguien y me dice que me llama en un rato.
Permanezco en pijama frente a la web del Blue Parrot. Busco algo para desayunar y vídeos en Youtube que cubran la balacera. La cobertura es discreta pero los formatos apasionantes.

“Creo que esa noche pinchaba Steve Lawler. Traté de encontrar algo de peri o M pero nadie sabía nada o al menos nadie decía nada. Terminé haciéndome la pregunta clave, ¿dónde se pilla en España? Efectivamente, no había cruzado la puerta de los baños cuando tres chavales, uniformados con camiseta blanca de tirantes y riñonera, me ofrecen peri y pepas. Tras regatear, o al menos intentarlo, me decido a comprar tres pastillas por 500 pesos y me hacen pasar por caja.

Baño de hostal, México. Foto: P de poio.

Con pasar por caja me refiero a que se abrió la puerta de uno de los baños y otro chico uniformado empezó a tomar nota del dinero que entraba y del material que salía.

A las pocas horas de estar en la fiesta se volvió evidente que toda la droga que circulaba por allí salía del mismo sitio”.

Esta vez Marco parece estar en un piso, o entorno similar, donde muy de fondo se oye gente hablando. Me cuenta que los organizadores han decidido suspender el festival y que le resulta comprensible. Trato de agrupar las notas que voy tomando mientras me pregunto a dónde lleva todo esto. Marco retoma su historia:

“Me lo estaba pasando bien pero podía pasármelo mejor. Comencé a preguntar por ketamina a los más desfasados pero lo único que saqué fueron silencios, caras de compromiso y una historia sobre un extranjero que se puso a vender hasta que una noche tiraron su cadáver a la entrada del garito.

Me conformo con lo puesto y me corro una fiesta épica. Semanas más tarde me vuelvo a mi país hasta que a los meses me sale un trabajo por Centroamérica. El único requisito que pongo es poder hacer una parada por México antes de incorporarme”.

Junio 2014

“No me planteo hacer negocio con ninguno. Las historias sobre atracos, timos y chivatazos abundan y sin embargo ahí están, al lado de cada puesto comercial orientado al turisteo hay un tipo con camiseta blanca de tirantes y riñonera. Llama mucho la atención porque tan solo un año antes la situación no era tan descarada”.

Reflexiono sobre la naturalidad con la que me lo cuenta y la tranquilidad con la que lo escucho. Está claro que vivir a medio mundo de ese conflicto lo minimiza hasta el absurdo. Es como las triadas, la mafia italiana o las esquinas de Baltimore; estamos hablando de ficción.

“En esta ocasión el viaje es tranquilo, aprovecho para ver familiares y amigos. La segunda noche me voy con un colega en coche hasta una playa bastante alejada y a la vuelta nos para la madera. No me jodas, la policía detrás de un par de pringaos que se van a fumar un porro alejados de todo el mundo mientras en la quinta avenida te ofrecen cocaína a gritos a plena luz del día”.

On the road, México. Foto: P de poio.

Enero 2015

“El destino me vuelve a llevar al BPM en el 2015, consigo un curro en el que básicamente me pagan por estar de fiesta. Comienzo a hacer amistades rápidamente y en el primer mañaneo comienzan a contarse varias historias. La mayoría son prácticamente iguales, suelen ir sobre alguien que acaba mal por hacer lo que no debe. Hay una que me toca la fibra.

Cuentan de un guiri que se encontró una bolsa llena de coca en medio de un garito vacío. En la bolsa habría unas 100 bolsitas de gramo. Todo era alegría entre fila y fila hasta que las caras de sus colegas se vuelven serias y empieza la paranoia”.

Marco hace una pausa larga. Suena una puerta cerrándose y el bullicio de fondo desaparece.

“Yo entiendo a ese tío, ni has visto ni vas a volver a ver tanta droga gratis en tu vida. Es comprensible cogerle cariño al tesoro aunque lo importante es tener en cuenta los riesgos. Cuentan que en lo que le duró la copa pasó de guardarse el paquete encima a terminar dejándolo escondido en el baño. La paranoia iba subiendo. Imagínate. El guiri estaría desencajándose por minutos.

De repente entran unos diez tipos de los de camiseta blanca y riñonera. Andan buscando algo. El guiri se las arregla para mantener la calma, volver al baño a por el botín y marcharse con sus amigos tranquilamente.

A los días le llaman ofreciéndole un trabajo de puta madre, le citan para firmar el contrato y a partir de aquí no se sabe nada más del personaje. Unos dicen que hizo la maleta ese mismo día y se fue, otros dicen que está muerto”.

Le interrumpo para decirle que hagamos la película de ese guiri. Parece pensárselo durante unos instantes pero me ignora y continúa:

“Curiosamente yo tuve una historia similar, bastante más ridícula pero con final feliz. La noche antes de coger el vuelo de vuelta me encuentro una bolsa con pastillas en un baño. No había muchas pero alguien se tuvo que llevar una buena bronca por el descuido. En algún momento de la noche debí recurrir a mi clásico escaqueo en las zapatillas porque al día siguiente en pleno aeropuerto me descalzo para refrescar y comienzan a caer pastillas. Tuvo que ser un espectáculo verme llegar en chanclas a Londres en pleno febrero”.

Hacemos un par de chistes sobre chanclas y calcetines y le pregunto sobre su vuelta a casa.

En chanclas en el aeropuerto / Foto: P de poio.

“Tienen que pasar dos semanas para que me decida a comentar algunas de estas cosas con mis amigos. Algunos creen que exagero, otros aportan información de su propia cosecha. Al parecer la contratación de los DJ’s era bastante particular. Me cuentan (sin ningún tipo de prueba) que era frecuente que los artistas fueran a pinchar gratis mientras su caché se lo quedaba íntegro el narco.

Yo espero que eso sea falso porque me jodería que DJ’s que se las dan de progres luego vayan de vacaciones a engrosar la cartera de los narcos. De todos modos, viendo lo que vi, me suena jodidamente plausible. Aunque tampoco quiero acusar de nada a nadie. Es algo muy grave”.

Se trata de la conclusión de Marco, me pregunta por la mía y me lleva un tiempo contestarle que siendo sincero no tengo ni puta idea.

Es así, no conozco la realidad que vive el pueblo mexicano. Puedo intuir algunas cosas porque yo tampoco vivo en una burbuja alejada de calles y drogas pero no puedo concluir nada al respecto. Podría seguir compilando datos y haciéndome esquemas, pero mi conclusión realmente no es relevante. Quizá sí lo sea mi inconclusión.

Atardecer en Tulum. Foto: P de poio.

La inconclusión del redactor

Hemos narrado cuándos, dóndes, qués y cómos. Ahora nos faltan los porqués. Los podemos contestar con unos “quién carajo sabe” o con unos “lo sabemos todos pero es jodido de explicar”.

Tratemos de explicarlo de todos modos:

Nos asquea que las adolescentes en México se humedezcan soñando con ser la esposa de un narco. Pero no nos engañemos. Se trata de unos héroes que se rebelaron contra un sistema que les oprimía y cogieron las armas para defender a sus familias. Los mismos héroes que consideran que la vida de cualquiera que se meta entre sus narcodólares y ellos no vale nada. Los mismos que te entregarán a la policía después de ofrecerte y venderte droga en plena avenida principal. Héroes que después de la transacción terminan yéndose con la pasta, la mercancía y algún resquemor en los nudillos. Los que con suerte solo te timarán haciéndote pagar más por menos. Héroes que van al dentista, que a veces dan los buenos días y que entre delito y delito luchan por sus familias.

Es confuso, lo sé.

Así que no nos engañemos (insisto). El sistema de consumo se construye sobre la premisa de que la felicidad cuesta dinero. El caso es que si le ponemos precio a la felicidad no debería resultarnos curioso que algunos recurran a lo que sea necesario para pagar su dosis. Aunque su concepto de la felicidad incluya otro lujoso rancho del tamaño de mi barrio (que cada uno tasa su dicha como mejor le parece, faltaría más).

Llegados aquí, solo queda coger todas las estadísticas de narcomuertes y juntarlas en un papel, enrollar el papel, ponerle un lazo bonito y metérselo por el culo.

Supongo que todo se reduce a que unos han nacido para correr delante y otros para correr detrás, y el bando al que pertenezcas importa más bien poco.

Aquí están los datos para que cada cual concluya lo que quiera:

—20.525 homicidios en 2015.

—280.000 personas desplazadas por la violencia desde 2011.

—150.000 muertos y 28.000 desaparecidos desde 2006.

Fuentes: Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) y Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

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