Manuel Vázquez Montalbán, el vacío que se deja

Un día de 2003, volviendo de un fin de semana, me enteré por la radio del coche de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán. Volvía de Australia y en la escala de Bangkok, en el aeropuerto, se le llevó un infarto. Nunca le había conocido personalmente, aunque alguna vez le vi en restaurantes del Barrio Gótico de Barcelona. Pero durante treinta años fue como un amigo para mí.

Entré en contacto con él en Triunfo, cuando bajo el disfraz de Sixto Cámara (uno de los protagonistas de la ‘Revolución Gloriosa’ de 1868 que expulsó, se suponía que para siempre, a los Borbones) analizaba el día a día político del país en clave de humor, siempre con el contrapunto erótico de su vecina Encarna, la modelo maoísta. Los que no lo han vivido no pueden entender lo que representaba Triunfo para la gente de mi edad. Era la ventana abierta a lo que pasaba en el mundo, la reflexión basada en una ética laica, la constatación de que, si esa revista existía y podía sobrevivir, es que había mucha gente que pensaba que el futuro podía ser diferente. Triunfo no se leía, se estudiaba, como decía un amigo de aquellos tiempos estudiantiles. Luego, unos años después de la muerte de Franco, desapareció por asfixia económica, como un signo premonitorio de lo que iba a ser el declive cultural de la actual sociedad española. Curiosamente, la última columna publicada por Vázquez Montalbán en El País, recordaba a Triunfo, con motivo de la concesión por la Generalitat de Cataluña de la Cruz de San Jorge a José Ángel Ezcurra, su director de siempre.

☜ Manuel Vázquez Montalbán / Foto: Jordi Play.

Entre los muchos recuerdos de aquellos primeros años setenta, están también las letras que escribió para Guillermina Motta (Guillermina en el país de las Guillermotas), canciones que conservo y que sigo escuchando de vez en cuando, y que me siguen provocando la sonrisa, punteada en lágrima, de cuando éramos, no sé si mejores, pero sí más esperanzados. Luego, durante años y años, he seguido leyendo fielmente sus artículos, columnas y libros, identificándome muchas veces con ellos, en desacuerdo no pocas, pero encontrando, sin excepción, lucidez y decencia. Otros escritores me han gustado más o me han parecido mejores, pero de casi ninguno me he sentido tan cercano. Y, además, era divertido, tremendamente divertido, y adoraba disfrutar de las cosas. De las muchas necrológicas que se publicaron en su día por las más ilustres firmas, me quedo con la viñeta del dibujante Romeu: “Los buenos, cada día estamos más huérfanos” “Ya ni padre, ni madre, ni perrito que nos ladre”.

Manolo Vázquez era comunista, en una época en que no era nada cómodo serlo, pasó por la cárcel por ello y nunca dejó el partido, aunque su heterodoxia le hacía más que merecedor de la expulsión. En su última etapa publicó un libro, Pasionaria y los siete enanitos que, glosando la figura de Dolores Ibarruri, es en realidad una atípica historia de ese partido en la que se unen el respeto por el valor y la entrega de sus gentes con una cierta amargura irónica por tantas contradicciones y tanta torpeza. Pero en general, su obra de ficción está desvinculada de su militancia política. O la ve desde fuera, como en la divertida novela sobre el detective Carvalho Asesinato en el Comité Central.

Son sus relatos sobre ese personaje, Pepe Carvalho, los que más éxito han tenido. Una aproximación a la novela negra a la española, en la que las tramas detectivescas se mezclan con la crítica social, muy en la línea de los maestros americanos del género, Raymond Chandler y Dashiell Hammet, y con un afortunado costumbrismo barcelonés. De una Barcelona en su mitad charnega, como lo era él mismo. Carvalho, detective privado (“huelebraguetas”, en la jerga policial), ex agente de la CIA, es un escéptico que no cree en nada, pero se comporta con decencia. Tan escéptico como que, siendo un hombre de inmensa cultura, utiliza los libros de su biblioteca para encender la chimenea. Tiene como novia a una guapa prostituta y como colaboradores en sus casos a un par de marginados. Y con estos mimbres se desarrollan unas historias policiales que nunca defraudan. Unas historias en las que siempre hay un poso de ternura y comprensión hacia los dramas que viven sus protagonistas.

Escribía mucho y escribía rápido. Son, además de la serie de Carvalho, varias y diferentes novelas, siempre en el tiempo, las que dejó. Y también poesía y ensayo. Por no recordar sus innumerables columnas periodísticas, agudas e independientes, precisas en el comentario, nunca amargas, y generalmente preñadas de un toque de humor.

De sus novelas, recuerdo ahora algunas. Por supuesto, Galíndez, el denso relato, ese sí, lleno de amargura, sobre la desaparición de aquel dirigente del PNV en la guerra civil, luego trasmutado en agente secreto, enemigo del dictador Trujillo de la República Dominicana, y finalmente víctima suya. Es un libro interesante y bien documentado, cuyo terrible final remite al desamparo frente a los poderes ocultos del mundo. También tengo presente El pianista, un triste y emocionante relato sobre lo que se llamó el exilio interior durante el franquismo. Pero a mí me gustó especialmente Los alegres muchachos de Atzavara, un despiadado y al mismo tiempo divertido retrato de las élites supuestamente intelectuales y supuestamente progresistas (lo que en su día se llamó la gauche divine), algo en la línea de Juan Marsé, que proporciona tanta diversión como motivos para pensar. De los cuatro capítulos de este libro, cuatro puntos de vista de los distintos personajes, es especialmente brillante el primero, el que relata en primera persona el modesto chico charnego y proletario que acude lleno de ilusión a la cita con su amigo que ha conseguido (o así lo supone él) integrarse en ese mundo que se ve desde fuera. Es preciso hacer notar que todos los personajes se tienen de pie, ninguno es de una pieza, ni le falta atractivo y sabor humano. Es por eso por lo que el triunfo final de las contradicciones burguesas no puede sorprender demasiado.

Su obra ensayística es también amplia y no hay espacio aquí para comentarla. Quizá recordar uno de sus últimos títulos de este tipo Y Dios entró en La Habana, que con el pretexto de la visita de Juan Pablo II al país realiza un profundo análisis de la Cuba castrista, bien alejado de los estereotipos habituales a los que desde uno y otro lado estamos acostumbrados. Por no olvidar su radiografía de la España política de la época de Felipe González en Un polaco en la corte de Juan Carlos I. O el póstumo La aznaridad, cuyo título ya remite a los tiempos que contempla.

Fue un gran escritor y una gran persona y ha dejado un vacío difícil de llenar. Es muy conveniente leerle: unos disfrutarán con sus novelas; otros se sentirán cerca, o lejos, de sus análisis políticos y sociales; algunos se emocionarán con su poesía. Pero todos reconocerán que ha merecido la pena el ejercicio.

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