La respuesta está en los libros

Instruyen. Entretienen. Duelen. Despiertan la curiosidad. Desarman. Remueven conciencias. Atrapan. Sí, lejos de sucumbir a la exageración, se puede defender sin rubor: los libros también contribuyen a moldear la existencia. Pero que no cunda el pánico, esto no va de títulos de autoayuda ni de cursiladas ‘new age’ de quiosco de aeropuerto. La selección, obviamente personal y discutible, abarca cuatro ejemplos. Era imposible quedarse sólo con uno, así que ahí va la enésima lista (más bien minilista) de su cuenta particular. Mis sinceras disculpas.

La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana (Steven Pinker, Editorial Paidós).

Más allá del gancho innato de este profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Harvard —una especie de Brian May del lenguaje y la cognición—, más allá de esa aura pop y el éxito que arrastran sus trabajos, todo lector abierto debería abordar La tabla rasa al menos una vez en su vida. Además de arremeter contra el dogma de la ‘tabula rasa’, que defiende que las habilidades y conocimientos son producto exclusivamente del aprendizaje, Pinker también pone en cuestión otros dos tótems: el mito del ‘buen salvaje’ (el hombre es bueno por naturaleza) y la idea del ‘fantasma en la máquina’ (el alma que decide sin someterse a la biología). Apoyado en una exposición impecable y amena, en la que la erudición y la solidez argumental persuaden, en el buen sentido, como en pocos ensayos, el canadiense desmonta la mala prensa que soportan las tesis que refutan tales consideraciones. “Este libro habla de los tintes morales, emocionales y políticos que el concepto de la naturaleza humana entraña en la vida moderna”. Sin desdeñar el peso ambiental, a fin de no incurrir en el dogmatismo que rebate, aspectos como la educación o la libertad de elección quedan ‘en entredicho’. ¿Es un recién nacido una simple hoja en blanco cuyas líneas serán escritas a gusto de progenitores y pedagogos? La respuesta, en este caso, parece clara y entronca directamente con la genética, con lo que cada persona porta de serie. Pinker insiste, no obstante, en que no hay que confundir el más que legítimo y lógico rechazo a los prejuicios de cualquier tipo con la aceptación de las diferencias en el plano biológico. Un tema espinoso cuando se atenaza alegremente con las pinzas de la actual corrección política y que le ha costado críticas enconadas. Punto que no es óbice para reconocer la influencia del entorno en el desarrollo personal y de los pueblos, pues, como el autor aduce aludiendo al también recomendable Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond, “los caballos domesticados en las estepas de Asia, por ejemplo, pudieron llegar a Europa por el oeste y a China por el este, pero las llamas y las alpacas domesticadas en los Andes nunca subieron hacia el norte, hasta México, de modo que las civilizaciones maya y azteca se quedaron sin animales de carga”. Si algo tan, a priori, azaroso como la orografía puede condicionar parcialmente la historia, negar el crédito del contexto al poner la lupa en el individuo resultaría cuando menos atrevido. Pinker se sitúa lejos de eso, se aparta de los extremos y el determinismo terco y opta por no cerrarse en banda. Sostienen que en el término medio se halla la virtud, pero cualquiera que lea La tabla rasa acabará replanteándose trazas de su forma de ser y entender el mundo en mayor o menor medida. ¿Somos lo que creemos o lo que decreta nuestro código? ¿Hasta qué punto? La educación, el carácter, las tendencias políticas… Todo queda en tela de juicio en una lectura estimulante que puede llegar a originar epifanías. O no. Saquen sus propias conclusiones.



El monje y el filósofo (Jean-François Revel y Matthieu Ricard, Editorial Urano).

Probablemente conozcan a Matthieu Ricard. Hace unos años un estudio de la Universidad de Wisconsin lo etiquetó como ‘el hombre más feliz del planeta’. Doctor en biología molecular en el Instituto Pasteur bajo el paraguas del premio nobel François Jacob, en los años 70 decidió abandonar su carrera científica para dejarse llevar por la llamada del budismo. Los investigadores norteamericanos escrutaron a fondo su cerebro, tratando de testar sus niveles de estrés, satisfacción, irritabilidad o placer, con el fin de comparar las conclusiones con los resultados obtenidos tras trabajar con decenas de voluntarios. Partiendo de un baremo que oscilaba entre el 0,3 (muy infeliz) y el -0,3 (muy feliz), el francés sobrepasó los límites contemplados para alcanzar un sorprendente -0,45. Pero, más allá de la jugosa anécdota, El monje y el filósofo permite al lector convertirse en espectador de lujo de la apasionante y extensa conversación que Ricard mantuvo con su padre, el reputado filósofo agnóstico Jean-François Revel, para abordar el fenómeno del budismo desde dos ángulos diametralmente opuestos. De un lado, el asesor del Dalái Lama propone, como esquema de vida, lo que él define como una liberación de los pensamientos destinada a no dejar huella en el espíritu; de otro, Revel se muestra escéptico ante cualquier forma de metafísica. Todo en un mano a mano dialéctico que, desde el rigor intelectual y las constantes referencias, cabalga por la historia de la filosofía, la ciencia, las religiones… Imprescindible para mentes inquietas.

Un paseo invernal (Henry David Thoreau, Editorial Errata Naturae).

Si bien Walden pasa por figurar como la obra más conocida de Henry David Thoreau, Un paseo invernal, que no suele gozar de tanta popularidad, podría al menos presumir del estatus de ‘pequeño tesoro’. No busquen más allá de lo que se desprende del título. El naturalista estadounidense despliega todo su talento para describir una simple caminata. El secreto reside en la forma, en la elección de las palabras. El libro, que también incluye el ensayo Caminar, regala una vez más la maestría de su prosa poética. Riachuelos, praderas heladas, ardillas que juguetean. Un viaje, o más bien dos, para custodiar en un lugar privilegiado de la estantería. Unas líneas que tal vez le inviten a retomar el contacto con la naturaleza o a fantasear con instalarse en una cabaña siguiendo los pasos de este fabricante de lápices casado con la disidencia.

Esto es agua (David Foster Wallace, Editorial Literatura Random House).

Si preguntáramos a algún versado lector por David Foster Wallace, con toda seguridad recurriría a La broma infinita o a sus brillantes incursiones en el relato corto y la no ficción como carta de presentación. Sin embargo, el legado del autor de Ithaca gana aún más enteros cuando se bucea entre las ‘anomalías’. Alhajas en papel entre las que despuntan Conversaciones con David Foster Wallace, obra en la que Stephen J. Burn reúne las mejores entrevistas concedidas por el escritor durante su carrera, o el pequeño texto que nos ocupa, Esto es agua. El ejemplar perpetúa sobre el blanco la celebrada conferencia que Wallace impartió en 2005 en la ceremonia de graduación de la Universidad de Kenyon. Un discurso conciso, de los que calan y en el que reflexiona sobre el aburrimiento, las frustraciones y las rutinas de la vida adulta. Se lee en unos minutos, pero los impacientes tienen a golpe de clic la conferencia, la única de este tipo que ofreció, en la conocida plataforma de vídeos. Incluso circula una versión resumida con subtítulos en español. “El truco es mantener la verdad por delante en la conciencia diaria”. Sólo es cuestión de elegir. ♦︎

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