Hay un valle en España llamado Jarama

En febrero de 1937 se libró al sureste de Madrid el primer enfrentamiento en campo abierto y de gran envergadura de una guerra que pronto dejó de ser civil, para convertirse en una guerra nacional y revolucionaria de todos los pueblos de España contra el fascismo internacional. La Batalla del Jarama supuso un punto de inflexión en el desarrollo de la contienda, no solo por su resultado —una victoria de la resistencia antifascista—, sino por su propio desarrollo y el significado histórico de los factores que lo determinaron. 

En el Jarama la República demostró por primera vez que era capaz de oponer un ejército organizado y eficaz, que al fin contaba con material bélico de calidad y unos mandos competentes. La artillería franquista —baterías alemanas de 88 milímetros— continuaba siendo superior, pero en el cielo los aviones republicanos —cazas soviéticos— se mostraron claramente superiores en la mayor confrontación aérea que habían conocido los cielos españoles. 

Como la aviación republicana, las Brigadas Internacionales encontrarían en el valle del Jarama uno de sus escenarios míticos, participando por primera vez de forma satisfactoria junto a las Brigadas Mixtas del recién creado Ejército Popular. El volumen de contendientes movilizados fue el mayor de la guerra hasta el momento. El número de bajas internacionales entre los republicanos superó con creces el millar, y contó alrededor de 2.500 heridos graves.

Jarama fue la segunda de las ofensivas franquistas en su estrategia por tomar Madrid a través de maniobras envolventes, después de la resistencia de la capital en noviembre del 36. La Batalla de Guadalajara –la tercera de estas ofensivas, en marzo de 1937– terminaría por confirmar lo que Jarama había anunciado: que Madrid, si caía, sería la última plaza republicana en hacerlo.

En el momento presente, la Batalla del Jarama se presenta como uno de los hechos casi legendarios de la guerra de España. Enrique Líster la calificó como “la batalla más grande por su duración, por la cantidad de fuerzas y por la tenacidad de los combates”. 

1. Antecedentes. Al grito de No pasarán

Tras el rápido avance de los primeros meses hacia Madrid, en noviembre, las tropas de Franco se vieron incapaces de tomar la ciudad. Nacía el mito del No pasarán, que estará en el código genético de la resistencia antifascista y del conjunto de valores que incidieron en el desarrollo de la Batalla del Jarama.

Las confrontaciones alrededor de Madrid se iniciaron en un otoño del 36 en que concurren dos hechos políticos de suma importancia: ambos bandos se centralizan y se cohesionan política y militarmente. Largo Caballero, Ministro de la Guerra (luego sería Defensa Nacional), asumió también el cargo de Presidente del Gobierno, tras el derrumbe del gabinete encabezado por el republicano José Giral. Solo dos semanas después de la reordenación gubernamental republicana, en Salamanca, Franco es nombrado Generalísimo. 

Cuando el 7 de noviembre las tropas franquistas iniciaron el ataque directo contra Madrid, un nuevo movimiento político de primera importancia vino a condicionar el devenir militar. El día antes, el gobierno de la República se trasladó a Valencia, constituyendo una Junta de Defensa de Madrid. El traslado del gobierno sirvió para que entraran definitivamente en escena varias certezas: por un lado, la organización de la capital en tan crítica situación quedaba al mando de militares profesionales, lo que venía a confirmar que la disciplina y el éxito militar eran condición sine qua non para garantizar el orden republicano; por otro lado, que la defensa de Madrid sería cuestión a solucionar por el Partido Comunista, la única fuerza que no había huido a Valencia y que se presentaba capaz de llevarla a cabo, su hegemonía quedaría consolidada por la fuerza de los hechos; y tercero, que el pueblo de Madrid era un pueblo absolutamente dispuesto a la batalla, según el periodista inglés Henry Buckley: “lo que Franco tenía delante de sus ojos no era una ciudad indecisa, donde podía influir el factor sorpresa, sino una ciudad abiertamente hostil”.

El desfile de los brigadistas internacionales por el centro de la ciudad, jaleados entre vítores por la población, fue una acción de guerra tan determinante como los combates aéreos o la toma de una cabeza de puente.

Las tropas franquistas, una vez apostadas en la Casa de Campo, eran capaces de bombardear hasta la Gran Vía. La resistencia de la capital aquellos primeros días de lucha propició que las tropas franquistas, ligeramente inferiores en número, se decidieran a ir un paso más allá en su ofensiva. El día 16 de noviembre, fruto de la insatisfacción por quedarse a las puertas de la gran ciudad, comenzó “la masacre metódica de la población civil”, en palabras del periodista de Paris-Soir, Louis Delaprée. Los barrios obreros de la periferia y del centro de Madrid fueron bombardeados durante días. Hospitales y bocas de metro enterraron cientos de víctimas. En la noche del 17 de noviembre llegaron a caer alrededor de dos mil bombas, en gran cantidad de tipo incendiario. Las armas de destrucción masiva se usaban no sólo contra una resistencia física, sino contra una resistencia moral. Más importante que el número de bajas era la afectación social de esas bajas. Los medios para favorecer el asedio de Madrid no eran únicamente militares. En esos días la prensa internacional daba por hecho la caída de la capital de España. Alemania e Italia reconocían como legítimo al gobierno de Franco. En definitiva, el fascismo trataba de mostrar a la población de Madrid que estaba en guerra contra el mundo entero, y que su victoria era absolutamente imposible. Tal vez por eso, el día 8 de noviembre, el desfile de los brigadistas internacionales por el centro de la ciudad, jaleados entre vítores por la población, fue una acción de guerra tan determinante como los combates aéreos o la toma de una cabeza de puente.

Después de dos semanas de lucha encarnizada, disputando casa a casa, las tropas franquistas, ante la imposibilidad de rendir la ciudad, adoptaron un cambio estratégico. El día 23 de noviembre, el Estado Mayor de Franco se decide por una guerra de desgaste que estabilizase los frentes abiertos. Tratará de tomar Madrid a través de maniobras envolventes. La primera de ellas desde el norte, intentado cortar la carretera de La Coruña. La segunda para cortar la comunicación con Valencia. Y la tercera, en el frente de Guadalajara.

Sin embargo, entre el 7 y el 23 de noviembre, la República había encontrado en Madrid un arma de guerra de grandísima y sorprendente eficacia: el espíritu del No pasarán, de la resistencia a cualquier precio, que había propiciado el “milagro de Madrid”. 

2. El desarrollo militar de la batalla. Resistir es vencer

Para entender por qué se llega al valle del Jarama y por qué ocurrió lo que ocurrió allí en febrero de 1937, era necesario hacer referencia a los sucesos de la Batalla de Madrid de noviembre de 1936. Porque el Jarama no será otra cosa que la reproducción ampliada y en campo abierto, durante tres semanas, de todo lo que se gestó en las calles de Madrid tres meses atrás.

☜ Soldados republicanos en el Puente de Arganda, febrero de 1937.

El 6 de febrero parte de Pinto la I Brigada del ejército franquista, que alcanza en pocas horas los territorios cercanos al poblado de La Marañosa. En el poblado, a pesar de las pocas fuerzas republicanas pertrechadas, se combate casa por casa, hasta que la superioridad atacante termina por imponerse. El 8 y 9 de febrero el avance franquista prosigue con éxito, utilizando armamento como las granadas rompedoras de dos tiempos (precursoras de las bombas de racimo). Los mandos republicanos siguen sin reaccionar adecuadamente, aunque comienzan a ser trasladadas las primeras unidades de la defensa de Madrid, desde la Casa de Campo hacia Arganda. Los sublevados, el 9 de febrero, ocupan la vertiente oeste del Jarama. Podían estar satisfechos, habían ejecutado la primera fase del plan de Franco.

Mientras tanto, poco a poco, la República sigue moviendo tropas. Los tres batallones de la XI Brigada Internacional son movilizados al Jarama, la XII Brigada Internacional es reorganizada y reforzada en Vicálvaro, el Batallón Dombrowski se sitúa hacia el Puente de Arganda, y el Garibaldi queda de reserva en el pueblo.

El 11 de febrero, las tropas franquistas aprovechan el factor sorpresa y se acercan a la carretera que une Morata y el Puente de Arganda. Pero lo más relevante de aquel 11 de febrero, negro para los republicanos, sucede de madrugada, cuando tropas moras atacan el Puente de Pindoque y la segunda compañía André Marty es aniquilada. Tan sólo cuatro soldados consiguen huir y salvarse, uno de los cuales tiene la habilidad de volar parte del puente. 

Sólo entonces los mandos republicanos adquirieron conciencia de la gravedad de la situación. Y el general Lukacs da la orden de que el Batallón Garibaldi se dirija al fin hacia el Puente de Arganda.

Pero la madrugada siguiente, tropas moras vuelven a repetir la misma emboscada en el Puente de San Martín de la Vega. Un enorme despliegue aprovecha el paso abierto y castiga duramente las líneas republicanas en el vértice del Pingarrón. Los republicanos sufren indeciblemente durante toda la noche, hasta que a las diez de la mañana lanzan una contraofensiva con carros T-26B por el llano de La Poveda, y la XV Brigada Internacional entra en combate. Las unidades franquistas se ven sorprendidas, a pesar de la superioridad que habían demostrado toda la noche, y terminan dejándose una gran cantidad de bajas, con más de cuatrocientos muertos.

La jornada del 13 de febrero, como la anterior, los combates son virulentos, especialmente duros para los internacionales de las Brigadas XII y XV. Al día siguiente, sin embargo, se produce un punto de inflexión. El 14 de febrero los cazas republicanos se convierten en los dueños del cielo. Este domingo comienza ya a ser “el día triste del Jarama” para los franquistas. Y para terminar de consolidar el giro que estaba dando la batalla a favor de la República, el 15 de febrero el gobierno reorganiza sus fuerzas con el fin de reforzar el frente. 

Tal vez lo que Líster aportó desde su primera reunión de mandos en el sector que le había sido asignado fue la convicción en la victoria.

La República, después de los desastrosos primeros días de combate en el Jarama, entendió que necesitaba reforzar el frente y hacerlo con sus mejores hombres. El golpe más efectivo pasaba por trasladar a la I Brigada de Líster, que se encontraba en Vallecas. Y así se hizo. La inteligencia táctica de Paulov,  jefe soviético de los tanques republicanos, desmoronó muchos de los movimientos del enemigo a partir del día 13. Y la jornada siguiente serían los aviones Polikarpov, llegados de la Unión Soviética, los que contendrían a los alemanes de la Legión Cóndor. Tal vez lo que Líster aportó desde su primera reunión de mandos en el sector que le había sido asignado fue la convicción en la victoria. 

Se cumplen diez días del inicio de la ofensiva fascista sobre el Jarama, regulares y legionarios se baten sangrientamente contra los Thaelmann, los Edgar André y los Comuna de París, saliendo victoriosos los batallones republicanos. En la carretera de Morata a Arganda, tropas de la Legión y de las Brigadas Internacionales se disparan a pocos metros. La lucha ha adquirido unas dimensiones absolutamente trágicas. Las bajas, ese 16 de febrero, fueron elevadísimas, quedando medio millar de muertos en los campos.

El 18 de febrero la I Brigada de Líster se lanza con virulencia a la toma del Pingarrón y consigue hacerse con el cerro, dejando más de cien bajas franquistas. Al día siguiente, sin embargo, sorprendidos antes de haber terminado su fortificación, los franquistas se lo arrebatan y lo toman de nuevo.

El 20 de febrero las tropas de Modesto avanzan por los vértices de Vaciamadrid y dejan fuera de combate a la Séptima Bandera de la Legión de Rada y Barrón.

El 22 de febrero, los de Líster, obstinadamente determinados desde días atrás, van acumulando gran cantidad de tropas para tomar el Pingarrón. De esta forma, al día siguiente, el intenso cañoneo republicano hace que Cabanillas tenga que dar por perdido el cerro. Sin embargo, el asunto no había hecho más que empezar. La estratégica posición cambia de manos hasta tres veces a lo largo del día. Al atardecer, el Batallón Lincoln se lanza en un postrero ataque. Las bajas serían más de cien. 

El 24 de febrero las tropas de Líster continúan con nuevas escaramuzas en el valle de San Martín de la Vega, con el fin de castigar el repliegue franquista. El 27 de febrero, en lo que habrá de ser el último capítulo de la batalla, la XI y la XV Brigada Internacional intentan de nuevo tomar el Pingarrón. El general Gal insiste en el ataque, que tenía previsto contar con el apoyo de aviación y de artillería. Los Lincoln llevarán la iniciativa por tierra. Su jefe, Robert Merriman, que albergaba enormes dudas sobre la operación, puede comprobar poco después de su toque de silbato y de salir de las trincheras, que llevaba razón en sus peores pronósticos. La aviación y la artillería no cubren adecuadamente el avance de los americanos y se produce sobre ellos una auténtica carnicería. Pero Franco comprende que no van a asfixiar Madrid por el Jarama. Sería el último de los combates en el valle.

No es lo mismo luchar como mercenarios de la barbarie, que como soldados del pueblo por la libertad.

Para entender por qué las tropas franquistas no consiguieron su objetivo principal, que era cortar la comunicación entre Madrid y Valencia, a pesar de contar con una fuerza militar mayor y, sobre todo, más preparada y experimentada, tiene mucho que ver la utilización por parte del bando republicano de factores subjetivos que refuerzan y complementan la acción militar. 

El ejército franquista había tomado la iniciativa en el frente del Jarama, durante los primeros embates había conseguido cumplir su plan. Además, habían tomado Málaga en esos mismos días, dejando a la República en un estado verdaderamente preocupante. Tres semanas después, sin embargo, tienen que replegarse sin conseguir cortar la carretera de Valencia. ¿Cómo se explica que un ejército superior, que infringe un número de bajas a su enemigo que se cuentan por miles –aún a costa de un sacrificio similar– no alcance los objetivos marcados y, en tanto, ganar la batalla? El periodista inglés Henry Buckley daba una pista al respecto, apuntando que “lo único que podía inclinar la balanza del lado republicano estaba en el terreno de lo espiritual”. No es lo mismo luchar como mercenarios de la barbarie, que como soldados del pueblo por la libertad.

3. Las Brigadas Internacionales. España no está sola y el azúcar de Madrid

Cuando el 15 de febrero se reordenó el frente republicano, quedaron al mando de las divisiones en los distintos sectores Karol Swierczewki –General Walter–, Janos Galicz y Enrique Líster. Los extranjeros tuvieron un papel especialmente estimulante para el Ejército de la República, tanto en cuanto funcionaba su condición de venidos de fuera y de voluntarios, en gran parte de los casos.

El papel de los ya mencionados Karol Swierezski y Janos Galicz, y el de otros como Mate Zalka –General Lukacs– al mando de la XII Brigada Internacional, así como el de los ingleses Tom Wintrigham, jefe del batallón británico Sklatvala, y George Nathan, jefe de la XV Brigada Internacional, o el del estadounidense Robert Hale Merriman, que terminaría en plena Batalla del Jarama asumiendo el mando del Batallón Lincoln, constituirían todo un ejemplo de influencia sobre el comportamiento de una tropa.

El papel de las Brigadas Internacionales, organizadas por la Komintern, es otro de los puntos indispensables a tratar cuando se habla de la Batalla del Jarama. Está fuera de toda duda que en esta ocasión sí desempeñaron ya un papel protagónico. El número de internacionales movilizado y el número de bajas que sufrieron da cuenta de la relevancia de su participación.

Brigadistas internacionales en el Jarama, 1937.

Fue en el Jarama donde los internacionales intervinieron por primera vez coordinadamente y codo con codo con las Brigadas Mixtas. La aparición de los ‘voluntarios de la libertad’ fue una inyección de ánimo considerable entre los soldados republicanos y para el pueblo.

El ejemplo de los voluntarios internacionales animaba la exigencia de los soldados españoles en la lucha. La deuda de gratitud que sintieron contraída los soldados y el pueblo español para con los extranjeros trataron de pagarla con un trato de camaradería plena en el frente y de hospitalidad excepcional en la retaguardia. Asimismo, la población civil, gracias a esa gente de todos los países, sentía que, a pesar del Pacto de No Intervención, contaban con la solidaridad de todos los pueblos del mundo. 

La relación, para más suerte, no estaba viciada de mecanicismo, lo que deja patente la simbiosis entre las partes. Los milicianos no dejaban de ser campesinos y obreros movilizados, de la misma forma que los internacionales eran, en su mayoría, trabajadores sin ninguna experiencia militar. Por la propia cercanía entre la línea de frente y los pueblos –así fue en el frente del Jarama, como ya ocurrió durante la defensa de Madrid en noviembre–, los hechos heroicos no se dieron sólo en el campo de batalla. En las calles de los pueblos, en los campos y las fábricas, la determinación de los civiles era un combustible anímico de suma importancia para los hombres del frente. En plena Batalla del Jarama se dio cuenta de una de esas anécdotas históricas que sirven para comprender la relación y compenetración entre la población civil y el Ejército Popular de la República. 

En La Poveda, un barrio industrial a las afueras de Arganda, donde se ubicaba la fábrica Azucarera, coronada por una inmensa chimenea, indespistable en el horizonte, se produjo un hecho paradigmático del tipo de guerra que se estaba librando, en la que se entremezclaba la revolución con la resistencia ante el fascismo nacional e internacional. 

La fábrica, que constituía el principal núcleo proletario de una zona eminentemente rural, había sido colectivizada y gestionada por un Consejo Obrero. Un informe del propio Consejo Obrero de la Fábrica Azucarera de La Poveda data el primer bombardeo sobre sus instalaciones el 13 de febrero, tres días después de que el Estado Mayor y observatorio de una de las Brigadas Internacionales se instalara en ella. La remolacha se echaba a perder en todos los campos y Madrid necesitaba azúcar, uno de esos productos que influyen poderosamente en la vida de una población si escasean en tiempos difíciles. La determinación de los obreros de la fábrica fue, a pesar del evidente riesgo que suponía poner en marcha la maquinaria, solicitar permiso al mando militar para roturar la remolacha. Una vez con el permiso en su haber, la chimenea de la Azucarera comenzó a echar humo. Y los bombardeos franquistas no se hicieron esperar. 

Durante horas, desde el alto de La Marañosa, los bombardeos fueron intensos, replicados por los tanques y la artillería republicana. A pesar de ello, los vagones cargados de remolacha se movían y el azúcar se ponía en dirección a Madrid. Los bombardeos persistieron sobre la Azucarera un mes después de acabada la batalla. Después del nefasto domingo 14 de febrero para la aviación sublevada y de corroborarse la reordenación republicana del frente, en la noche del 16 de febrero, aviones alemanes Ju-52 bombardearon nuevamente el centro de Madrid. Tal era la importancia de que hubiera azúcar en Madrid, de que los tan esperados aviones soviéticos hubiesen llegado y de que el Ejército republicano comenzase a parecerse a un ejército profesional con un liderazgo competente. 

4. Conclusión. La guerra y los símbolos

El potencial simbólico desplegado en la Batalla del Jarama fue de tal calibre que el propio Ernest Hemingway sacaría provecho de aquellos días en los que conoció el frente. El rodaje de la película documental Tierra Española, narrada por él mismo y dirigida por el cineasta Joris Ivens, tendría las tierras del valle del Jarama por escenario. Dos elementos protagónicos de la Batalla del Jarama le servirían igualmente al escritor norteamericano para construir su novela Por quién doblan las campanas, serían la figura de su compatriota Robert H. Merriman y el Puente de Arganda. Merriman fue la base inspiradora del personaje de ficción Robert Jordan, un joven voluntario estadounidense en las Brigadas Internacionales, con la tarea encomendada de volar un puente. Y ese puente surgiría al calor del recuerdo del Puente de Arganda, referente simbólico de la obra. En varias de las ediciones de Por quién doblan las campanas, la fotografía de la portada sería la del puente argandeño, a expreso deseo del autor.

Soldados republicanos en el Jarama, los días después de la batalla, marzo de 1937 / Foto: Gerda Taro/Magnum Photos.

El papel de los corresponsales fue importante en la Batalla del Jarama y en todo el transcurso de la guerra. Sin embargo, su repercusión inmediata en el ánimo de la población española no tiene nada que ver con la proyección que las crónicas alcanzaron en el extranjero y en el marco de la historia. Hemingway paseándose por las calles de Arganda o de Morata no era más excepcional que la multitud de tropas internacionales. Entre la tropa, quizás, la presencia de reporteros internacionales podía ayudar a espantar la idea de que su lucha estaba siendo invisible. Desde luego, aunque los gobiernos de todas las democracias occidentales hubieran dado la espalda a la República, el seguimiento de lo sucedido en España era mundial. 

En los días del Jarama, no sólo Hemingway como corresponsal para la North American Newspapers Alliance, sino otros periodistas de primera talla cubrieron la batalla para las agencias y los periódicos más importantes del mundo. Estuvieron allí Irving Pflaum, de la United Press, Herbert Mathews del New York Times, Henry Buckley para el londinense The Daily Chronicle, o Ilyá Ehrenburg para Izvestia.

Fueron estos corresponsales, como en los casos de Hemingway o Ehrenburg, literatos de reconocido prestigio ya en ese momento o poco después de la guerra. El papel de los escritores es otro de los mitos sobre los que han corrido ríos de tinta. En la Batalla del Jarama murieron varios jóvenes talentos de la literatura anglosajona, y participaron con mejor suerte otros tantos. El irlandés Charles Donnelly, miembro del Batallón Lincoln, escribiría el poema La tolerancia de los cuervos, poco antes de morir el 27 de febrero en la toma del Pingarrón. El inglés Christopher Caudwell, miembro del Brittish Battallion, moriría el 12 de febrero aferrado a su ametralladora, sin llegar a cumplir los 30 años. Otros, como el jefe del batallón del propio Caudwell, Tom Wittringham, resultarían gravemente heridos en el Jarama. No obstante, si el componente literario ha servido para proyectar en la historia la imagen peculiar de esta batalla, en lo que fue su desarrollo, la influencia de la literatura no fue distinta que en otros frentes. Enrique Líster explica en sus memorias que “fue por esos días cuando me di plenamente cuenta de la inmensa fuerza de la poesía para despertar en el hombre todo lo que hay de mejor en él. Para empujarlo a superarse, para hacer de los hombres, héroes y de los héroes, héroes aún más grandes”. 

La Batalla del Jarama se disputó en campo abierto entre el 6 y el 27 de febrero de 1937. Sin embargo, por la magnitud de lo acontecido esos días, puede casi decirse que ha venido disputándose desde entonces.

El frente quedó estabilizado en el Jarama en una tensa línea infranqueable, para unos y para otros. Y la decisión sobre uno u otro bando como vencedor de la batalla no quedó clara. Los franquistas habían conseguido uno de sus objetivos, que era cruzar el río, sin embargo, su principal cometido les había sido negado, cortar la carretera de Valencia y con ello aislar Madrid. El Ejército republicano había planteado una batalla de resistencia y su objetivo, que era impedir el paso de las tropas franquistas, había sido cumplido. Así por lo tanto, podemos hablar, como la calificó Dolores Ibarruri, de “victoria defensiva” del Ejército republicano.

La batalla, con el tiempo, siguió disputándose, porque las certezas que había dejado no podían olvidarse. En 1941, el Ayuntamiento de Arganda elaboró un informe para evaluar los daños de la “dominación roja” durante los años de guerra. A lo largo de setenta páginas se hace inventario de daños de todo tipo –agrícolas, ganaderos, municipales, en edificios religiosos, incluso de tipo vario–. La propuesta económica de reparación, elevada a las instituciones, ascendía a más de catorce millones de pesetas. Es llamativo que no se incluyese en aquel informe ninguna compensación ni referencia al estado de la Azucarera de La Poveda. De hecho, se comenta expresamente que se deja “de consignar lo ocurrido en el barrio industrial de La Poveda, por referirse a la fábrica de azúcar, pues no poseemos datos sobre las pérdidas sufridas en la misma”. Era la forma de silenciar históricamente los bombardeos franquistas sobre la población civil. Los bombardeos cesaron el 27 de febrero, pero la Batalla del Jarama no terminó allí. En sus campos quedaron sembradas las esperanzas de miles de hombres que soñaron una sociedad mejor. Los que dijeron No pasarán, permanecieron para siempre. Son héroes. Uno de ellos, un obrero de Glasgow llamado Alex McDade, que formaba parte de la XV Brigada Internacional escribió unas estrofas que se adaptaban a la música de la canción popular Red River Valley. Empezaban diciendo Hay un valle en España llamado Jarama, un lugar que nosotros conocemos bien… McDade murió en combate, en Brunete. Su letra la acabaron adaptando y tomando como himno los americanos del Batallón Lincoln. Hoy sigue habiendo un valle en España llamado Jarama, un valle que está más allá de los mapas geográficos, serpenteado por cientos de kilómetros de trincheras. Su paisaje tiene rostro humano. En su silencio, a poco que se preste atención, reverberan los gritos organizados de una esperanza que no murió. Hay un valle llamado Jarama, sí, imposible de olvidar.

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