Goma

Cuando quiso darse cuenta, la gotera ya había empapado todas las toallas. ¿Cuánto tiempo llevaba ese grifo desperdiciando agua? Era algo que no sabía. No tenía ni puta idea de fontanería. A decir verdad, no tenía ni idea de casi nada. Y mucho menos de fontanería. Se agachó y echó un vistazo por debajo de la pila. Ella se había enfadado un poco. Había terminado de hacer la colada y llevaba toda la tarde del domingo recogiendo la casa. Tenía la costumbre de guardar las toallas limpias en el mueble, bajo la pila del lavamanos del baño. Aquello no le hizo gracia. Ninguna, de hecho.

“Nada. Aquí hay una fuga”, dijo él intentando sonar convincente. “Mañana lo arreglo”. Ella seguía enfadada. Le miraba desde el quicio de la puerta. Era invierno y sabía que las toallas tardaban bastante más tiempo en secarse. Algunas incluso cogían humedad y había que lavarlas de nuevo. Y no sólo eso. La casa era muy fría. Apenas tenían dinero para poner la calefacción. Si acaso, cuando tenían visita. Deseaban invitar a alguien para tener una excusa para poner la calefacción. Él llevaba ya varios años desempleado. Perseguía su sueño, se decía muchas veces por la noche. Lo repetía una y otra vez; como un mantra. Para sí mismo. Pero al día siguiente ella se levantaba temprano y él se quedaba durmiendo en la cama. El despertador sonaba a las siete pero a él le costaba levantarse. No es fácil salir de la cama en una casa sin calefacción.

Fotografía de Ian Berry, Magnum Photos.

En esa época del año, solía ducharse a primera hora del día y salir pronto. Se iba a un bar donde ya le conocían y siempre se sentaba en la mesa del lateral. Allí había una toma de corriente y conectaba su viejo ordenador portátil. A él le hubiera gustado escribir en el parque o en la sala de espera del ambulatorio; frente a la puerta del médico de familia o en la lavandería que acababan de abrir cerca de su casa. Le resultaban lugares inspiradores. Donde todo podía suceder… pero la batería del ordenador se encargaba de impedírselo; no duraba ni veinte segundos encendido antes de apagarse. Necesitaba siempre un punto de luz. Así que por eso escribía en aquel bar. En el Bar JP.

Había tipos de todo pelaje y condición: taxistas retirados, celadores, albañiles, abogados… incluso un enterrador al que el camarero había apodado Undertaker por el luchador de la WWE. En aquel bar había de todo; fieles parroquianos y clientes insatisfechos. Unos jugaban a la máquina desde que abría y otros hasta prácticamente la hora de cerrar. Él conocía a casi todos los fijos porque él, de algún modo, también lo era. La mitad del tiempo que pasaba allí terminaba relacionándose. Charlaba. “Se documentaba”. Le gustaba encontrar la inspiración en la propia vida. A él le atraían las historias reales, las de la calle. El barrio de la periferia era una mina a la que él bajaba a diario en busca de diamantes; esos trozos de vida que terminarían de componer su obra literaria.

De hecho, su primer relato: El viejo y la puta, surgió de una revelación de uno de los clientes del JP: El aragonés. Lo leyeron varios de sus mejores amigos. A todos les había gustado, por supuesto. Fue su particular best seller y, probablemente, la razón de que siguiera intentándolo. Ninguno de ellos lo juzgó por su valor narrativo sino que, más bien, se vieron reflejados en el ambiente y en la atmósfera y lo encontraron apasionante. Sobre todo en el momento en el que el viejo paga a la puta cinco euros porque ésta le chupe su vieja polla en el baño. Alguno, aunque no lo reconociera, sintió la quemazón en el bajo vientre y no pudo disimular la erección.

Le felicitaron. Mucho. Sus amigos no paraban de repetirle lo mismo: “Tienes talento”,  “Está muy bien”, “Qué bien escribes, macho”. Luego pedían más cerveza y terminaban hablando de fútbol, penaltis y finales europeas. 

Seguía sin detectar el origen de la gotera. Palpaba detrás de la pila. El acabado era rugoso y llegó hasta una zona húmeda, justo a la altura en la que estaba el grifo. El yeso se deshacía entre sus dedos. Se limpió la mano con una de las toallas que ella había dejado. El resto las había puesto a lavar. “Me parece que es del grifo”, gritó desde el pequeño baño. No hubo respuesta. Intuía que había dado con el foco del problema.

Luego salió a la terraza y cogió la herramienta. Fuera hacía menos frío. Entró con el maletín que le habían regalado con una promoción del periódico; todas las piezas que componían el juego de herramientas tenían grabado el nombre de su equipo de fútbol en el mango. Su padre se había reído de aquel maletín. Su padre sí que sabía de grifos. Su padre sabía de casi todo. Pero con lo de la herramienta se equivocaba. Aunque parezcan de juguete, si las observas con atención y las tienes en las manos como aquella tarde las tenía él, te dabas cuenta de que en realidad eran buenas. De vanadio. Como las que su padre tenía en el taller.

Cogió la pequeña llave inglesa y empezó a desmontar el grifo. Primero con cuidado. Con el cuidado de los novatos. Se resistía, así que imprimió un poco más de fuerza. Consiguió aflojar uno de los latiguillos, sí… pero olvidó cerrar la llave de paso. El agua empezó a salir de allí, como un géiser. Su primera reacción fue cagarse en la puta de oros. Luego, a duras penas, consiguió cortar aquella hemorragia cerrando la llave de paso antes de que el agua se colara en las habitaciones adyacentes. 

Cuando fue a por la fregona, al otro lado de la puerta se escuchaba la emisión de uno de esos programas contenedor. Un zapping con los mejores momentos de otras cadenas. No acostumbraba a consumir mucha televisión. Si acaso los resúmenes deportivos y poco más. La función principal de aquella pantalla era la de presidir el austero salón, apenas sin muebles, que la pareja aún no había decorado desde que se mudaron hace cinco años. Ella quería poner unos cuadros pero él no creía en los taladros.

Uno de los latiguillos tenía la goma picada. De ahí, la fuga. Él llegó al salón, con el grifo en la mano y le dijo a ella: “Es la goma del latiguillo”. Indiferente, sin dejar de mirar la televisión, asintió. “Habrá que cambiarla”. En la televisión una mujer bailaba en su boda sobre una tarima que venía abajo. Se rieron y no volvieron a hablar más de latiguillos.

Tuvieron que lavarse los dientes en la cocina. Luego, se acostaron en la cama e hicieron el amor lo mejor que sabían.

Los primeros rayos del sol se colaron por la persiana y él se despertó, inquieto. Había soñado que el baño se inundaba y que Undertaker entraba allí a buscarlos, con su gran pala de hierro oxidada. Abría la puerta y el agua se derramaba por toda la casa. Del hueco que dejó el grifo seguía saliendo un potente chorro de agua y varios pulpos que en vez de tentáculos tenían latiguillos. Ella y él yacían muertos, flotando. La marca del agua llegaba hasta la altura de la mampara de la ducha. La puerta estaba arañada y los dedos de él y ella, aún sangraban. Intentaron abrir la puerta pero no lo consiguieron. Sólo la arañaron. Estaban azules. Apenas sin pupilas. 

Se duchó y fue a la cocina.

Sobre la encimera, el grifo con uno de los latiguillos y una nota con un billete de cinco euros. “Compra la goma. Pasa buen día”. Firmaba la nota una cara sonriente. Él observó la nota y luego los cinco euros. Allí los dejó.

Regresó del cuarto con el ordenador portátil y el cable. Lo conectó muy cerca de la mesa de la cocina. Se sentó y empezó a teclear. Mecánicamente. Una y otra vez. Sin dejar de mirar la desgastada goma del latiguillo. ♦︎

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