Entre líneas

Él empieza a leer, pero luego se levanta del sillón. Ha decidido saborear las palabras. Vuelve un minuto más tarde con una copa ancha que contiene un líquido denso, ámbar, vivo. La sostiene de forma que su mano se adapte a la curvatura del cristal, transmitiéndole su calor, su pasión. Ella ha estado rebuscando toda la tarde entre sus fotografías, adelante y atrás, sin saber qué esperaba encontrar. Deambulaba de esa forma en que andamos todos, a veces, trasteando entre los recuerdos, desnortados, navegando en un caos de archivos repartidos al azar en las carpetas de nuestra vida, reciente o remota. Él apura la última dosis del calvados especial que Jean François consigue de vez en cuando en un pequeño pueblecito cerca de Caen. ¡Qué mejor momento! Tiempo, paciencia, más tiempo, dieciocho años de lenta maceración en barricas muy viejas para llegar aquí hoy. Ella tan joven cuando este licor empezó su viaje de madurez, su pelo recogido en un moño alto, sus ojos muy vivos escrutando, sus gestos fuertes, algunas arrugas que sonríen en su frente, un rictus serio que la define, un perfil con carácter, limpio. Hay algo que está ahí, mezclado entre todas las imágenes que ha ido capturando a lo largo del último año que se le escapa, un elemento fundamental que no es capaz de ver. La vida que madura en su momento, como el licor más delicado. Ella, también así. Madera, tiempo, ilusión, sueños, derivas de imágenes, un relámpago entrevisto, un aire susurrado, una brisa apenas audible, ir y venir de olas, vaivén de vida silencioso, reflujo de vientos salados. Ella sabe que el poder de las palabras no es efímero. Su sonido puede cesar pronto y que llegue el silencio. Pero su intención queda suspendida para siempre. Allá, donde, muchas veces, no hay otra palabra que pueda rescatarla. Por eso, finalmente hoy, se ha decidido a escribirle, sin saber si aún están a tiempo, sin saber, sin tiempo.

Fotografía de Martine Franck, Magnum Photos.

Ahora sí, el licor ya tibio, él lee (porque ella lo ha escrito, finalmente): “palabras e imágenes”.

Ahora sí, de manera definitiva, ella continúa escribiendo (segura de alguna forma de que él lo leerá): “fotografías y textos”.

Él piensa en imágenes congeladas, en lo que representan, observa el tiempo cristalizado, lo paladea, visualiza las palabras en el espacio como una fotografía en blanco y negro. Anhelos ocultos, ¿qué más decir? Nunca, pero ¿qué más?

Ella añade (cambiando de línea): “juntos transforman la mirada interior en duetos improbables que caminan de la mano”.

Él se rebela contra la probabilidad y sus miserias matemáticas. Grita hacia dentro y contiene el impulso de romper moldes. Alguien ligeramente distinto del que era hace unas décimas de segundo se asoma al exterior a través de sus pupilas. Ya no es él, pero todavía busca la mano de ella, y no la encuentra. Luego calma, o en realidad NO. ¿Cómo volver al momento en que ella estaba a la distancia de un perfecto desenfoque?

Ella no sabe de dónde le viene esta frase (pero es que lleva ya mucho rato escribiendo como un autómata): “dos formas siamesas de contar una historia”. Piensa: siamesas. Decide: mucho más que gemelas. Acompasadas a un ritmo que las refleja una en la otra. Sabe que roza con las yemas de su alma un teclado que no existe. Se obliga a no levantarse de la silla, solo porque él lo leerá, cuando la distancia y el tiempo revelen el negativo, y todo se haga visible por fin. La imagen impresa en sus ojos, su película fotográfica revelada en el cuarto oscuro del pasado.

Él se pierde en sueños simétricos que lo devuelven una y otra vez a ella, delira en un estado de ensueño permanente, evita la vigilia demasiado conocida, querría encerrar la realidad entre cuatro paredes acolchadas, la llave en el fondo del río, y aun así… no puede evitar despertar, SIEMPRE.

Cuando ella termina la siguiente frase “a veces tan a destiempo”, un leve parpadeo refleja su ansiedad. Las palabras nacen de un lugar desconocido hasta ese momento, brotan solas, y dan forma a una melodía que espera que llegue a sus oídos.

Él se detiene mucho rato (¿tres décimas de segundo?, lacerantes) en la última palabra de esta frase: aborrece destiempo, se pregunta el porqué de su existencia, ¡que la borren de los diccionarios!, defiende la asincronía como un arte, una magia, QUIZÁS, decide manipular lo que sea necesario, ¿destiempo es justo a tiempo? Termina por creerlo, también él. Inventa palabras: desdestiempo, una doble negación que significa justo a tiempo. Matemática pura, la ciencia deductiva explica tantas cosas. La lógica de lo que nunca llega a suceder, lo ilógico que es vivir a tiempo.

Ella ha visualizado esta imagen y comprende entonces lo que estaba buscando. Se remonta a sus primeros trabajos, todavía como amateur —la belleza del inicio, esa magia incierta de no saber hasta dónde, de no saber si, en cualquier caso, de no saber, sobre todo de no saber, ¡tantas posibilidades abiertas!— y la plasma en el papel: “dos polos que se tocan a través de un hilo mágico que sólo existe para quien puede ver más allá de sus ojos”.

Él ve con toda claridad a un zorro invisible, que le dice algo que apenas entiende, la flor sigue muda tras su cúpula de cristal, quizás es demasiado adulto para escuchar, aunque lo duda, la serpiente le sonríe presta a cumplir con su misión adorable, lo invisible, lo esencial, el color del trigo a las tres de la tarde, la magia inexplicable de los sesenta minutos que van desde las tres hasta las cuatro, ¿son todos los grupos de sesenta minutos iguales?, ¿o existe algo más?

Ella siente que “se entrelazan, sin espacio, sin tiempo” y así lo refleja. Ya no entiende el espacio y el tiempo sin él. Puede intuir que de alguna forma se entretejen. La idea la fascina mientras la plasma sobre el papel, segura de que él lo leerá en algún momento, y comprenderá.

Él imagina ese hilo, una cadena muy larga, de un material plástico muy resistente pero maleable, que a veces se retrae sobre sí misma y queda reducida a menos de un centímetro, un puente mínimo por el que pueden cruzar los besos, y permanece así por unas horas, unos días a lo sumo, y luego vuelve a recuperar su longitud abusiva, desproporcionada, una cadena muy ligera pero irrompible que sigue ahí solo para recordarle que en el otro extremo, hay alguien, está ella, sujetando el cabo bien fuerte, tan lejos, tan cerca, esperando la siguiente contracción.

Ella agarra fuerte esa cadena, un polímero cuya resistencia mecánica supera los límites del espacio y del tiempo. Entrelaza sus manos pensando en que del otro lado están las de él, entre palabras e imágenes, agarrando igual de fuerte ese hilo, invisible a los ojos de aquellos que no aman. Comprueba la elasticidad, siente la tensión que es proporcional al deseo de que algún día esa distancia vuelva a contraerse y acerque tanto los extremos que queden atrapados por unos instantes. Como moléculas enredadas que desafían las leyes de la física. Con el tamaño perfecto, de él hasta ella. A la distancia, ahora de un beso.

Él se recrea en el concepto TIEMPO, le gustaría ser un maestro relojero, mover las manecillas a su antojo, deprisa hacia adelante, el ansia del reencuentro, deprisa hacia atrás, repetición convulsa, paranoica, los momentos que contienen una vida o muchas, o todas, según se mire. También la suya, ¿cualquiera de las suyas? ¿O debería ir a buscarla a algún sitio diferente? Más turbio, más oculto. La pereza de la obviedad que lo acompaña desde siempre. DesmenuzarLO (al tiempo en mayúsculas) en esferas pautadas, paralelas, que reposen, ya dormidas para siempre, sobre el pecho de ella. El tiempo tiene un sentido nuevo ¿anti-horario? Tal vez. Sigue así, en cualquier caso, estático, la forma etérea de un recuerdo.

“Un proyecto colectivo, más bien un proyecto de vida que comienza aquí y no sabemos nunca dónde termina”. Ella está agotada cuando termina de transcribir esta frase. ¿Quién se la dicta?, ¿desde dónde sale esa voz que no es exactamente la suya que repite como un eco… y no sabemos nunca dónde termina, dónde termina, no sabemos nunca, DÓNDE, nunca, ¿termina?

Él lee esta frase en silencio, la relee despacio, muchas veces, y el aire se va adensando hasta convertirse en un agujero negro acústico que lo absorbe todo, incluso a él con sus pensamientos que le gritan: ¡dónde termina, dónde!, ¿cómo se hace para llegar a dónde?

Ella despliega en alas de plata su imaginación, y es ahora solamente un corazón enorme y poroso, que se expande hasta el límite y lo cubre todo. Dice entonces: “hay que agarrar fuerte las alas y soltar los pies del suelo”. Él apenas puede creerlo, sostiene el trozo espeso de papel algodón en sus manos, se rinde a esa pequeña superficie donde se encuentra todo lo que ella ha escrito, cada palabra un código, cada clave un aleteo, la vida entre líneas, y al leer la última frase, lo nota con toda claridad. Se resiste inútilmente y termina por ver esa imagen que lo atrapa. Luego cierra los ojos y quedan solo las palabras. Hipnotizado por los mensajes encriptados de esa nota. Nada más que palabras e imágenes, fotografías y textos.

Al principio es una sensación extraña, pronto logra identificarla, una ligereza nueva en las articulaciones, una falta de peso, la escoria acumulada que salta hecha añicos y le sonríe de manera fragmentaria, se siente como una crisálida proyectada hacia delante, es todo futuro, mira al suelo y lo ve cada vez más lejano, se asombra de lo sencillo que le resulta volar, sigue mirando hacia abajo.

No necesita levantar la vista, sabe que allá arriba, en algún punto del cielo por encima de su cabeza, le espera ella, que ya ha enfundado su estilográfica dando por terminada su obra. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies