‘America great again’ repatria al español

Hace años que escuchamos a los lingüistas más reputados del ámbito hispanohablante hablar de la carrera de fondo a la que estaba sometida nuestra lengua. Si bien es cierto que ante el literario francés y el gigante comercial chino nos iba a costar acceder al carril de adelantamiento, últimamente las encuestas nos eran favorables y los videntes preveían un subidón galáctico allá a mediados de este siglo. Estados Unidos iba a alzarse con el galardón al territorio más amplio de habla hispana y México iba a quedar en una digna segunda posición. A los guardianes de la lengua, sin embargo, lo que les venía preocupando desde hacía tiempo era si ese avance en el ránking mundial de los súper-idiomas llevaría consigo la sombra de un desprestigio lingüístico que Labov (1972) ya asociaba con poder, dinero y estatus social.

Si recordamos los años 20 del siglo pasado ­­­—antes del crack, claro—, el perfil estético de faldas y a lo loco que queda en el ideario colectivo lo ha convertido en una década dorada, de esas que evocamos cuando sentimos que nuestra actualidad va demasiado rápido. Pero lejos del hiperbólico simbolismo que ya le ha concedido Woody Allen y compañía, la gran importancia en lo que nos atañe está en la tercera gran oleada migratoria a Estados Unidos. Durante casi cuarenta años —sí, durante la felicidad y la gran depresión— las políticas fronterizas dejaron respirar a todos aquellos que aspiraban al american dream y el paso libre de latinoamericanos, junto a las masivas migraciones del viejo continente, completamente asolado, hicieron de Estados Unidos un pueblo de pueblos. Podríamos decir que el español tuvo aquí su gran golpe de suerte, ya que entró con una velocidad estrepitosa gracias a la mayoría de inmigrantes latinos.

(Frontera entre EEUU y México, San Diego, 2006 / Fotografía: Larry Towell)

Desde que Mr. Trump entrara en la ahora solo White House, todos nuestros corresponsales han dejado de dormir, literalmente. Twitter, fotos, muros, jolgorio y follón generalizado. Aparte de todo esto, ha desactivado la opción de Casa Blanca y ha eliminado sin previo aviso cualquier rastro de español o spanglish que se precie. Es evidente que todos los hispanohablantes de Estados Unidos podrán entender las buenas nuevas en inglés, pero el hecho —aparte de ser otra bofetada al pueblo mexicano— no solo va a tener una consecuencia inmediata en las relaciones internacionales. En el minuto que tardaron sus informáticos en eliminar esta opción de las redes se desprestigió sin precedente una lengua con 560 millones de hablantes. La ha convertido con ese botón rojo en símbolo de todo lo que él no quiere que sea América y, por tanto, en lo que sus votantes no relacionan con su país. Una América que, por cierto, debe su nombre a un tal Américo Vespucio, italo-castellano. Pero Mr. Trump ha obviado esto porque de lenguas romances él nada de nada y bastante tenía con seguir connotando el nombre de un continente para hacerlo suyo.

El uso que hacemos de las palabras es lo que hace de ellas armas de doble filo: dañan sensibilidades, crean puentes de marginación y conceden poder a quien tiene poder, pero a la vez acercan a todos aquellos que crean su identidad a través de los ojos de sus políticos. América ahora es su América y ahí no hay más espacio. Las lenguas son entes abstractos que se rigen por pura materialidad y la imagen que de ellas tenemos no es más que el entramado político que está alrededor. Sin ir más lejos, que Franco prohibiera el catalán, el vasco y el gallego provocó una recesión inmediata en tres lenguas que gracias a su historia y tradición pudieron mantenerse vivas, pero que sufrieron una persecución por puras razones ideológicas que nada tienen que ver con su análisis sintáctico o morfológico o con su práctica comunicativa. De igual manera, que el español de América o el del sur de la Península Ibérica se haya relegado hasta ahora al supuesto estándar de una escasa minoría castellana es una pura consecuencia del poder histórico con el que los norteños contaban.

En fin, volviendo a los Estados Unidos de América, la problemática que la decisión del nuevo gobierno va a suscitar de aquí en adelante podrá analizarse cuando el tiempo pase, pero si nos fijamos en los precedentes, el batacazo ha sido contundente. El número de publicaciones en español había crecido, los intelectuales comenzaban a abrirse hueco recuperando esa lengua que unos pocos exportaron en su mochila y que en tan poca consideración se tenía. El español en Estados Unidos era la lengua de los pobres, de los trabajadores, de los que llegaron sin anillos para quedarse y por eso su valor era nulo, aunque la significación fuera la misma. Ahora llegamos nosotros, un siglo después, en circunstancias similares, pero con grados universitarios que en nuestros países no computan. Esta nueva, nuestra oleada, debía ser la encargada de darle el último empujón a una lengua que parece que ha sido descalificada de la competición porque alguien ha pagado para hacer de su America great again. Lo que no podemos olvidar es que su América es solo una acepción de un nombre propio polisémico que no solo pertenece a Washington y cuya historia y cultura merecen un espacio, un tiempo y, sobre todo, un respeto.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies