Al puzzle le falta una pieza: la puerta entre la luz y el misterio

El otro día fui a ver Magical Girl, una película de Carlos Vermut. Era un fin de semana en el que andaba por mi pueblo y del que no esperaba nada. La familia, alguna conversación con un amigo, poco más. Sin embargo, un buen vecino de la calle Trafalgar organizó, en el zaguán de su casa y por iniciativa propia, un pequeño ciclo de cuatro películas recientes del cine español. Recorrí las calles de mi pueblo, ya iluminadas por farolas, hasta que llegué a aquella calle y a aquella puerta que reclamaron pasivamente mi presencia. Al entrar, quince sillas de plástico y, entre ellas, un pupitre viejo sobre el que estaba el proyector y el portátil desde los que saldrían las imágenes de aquella película. Delante, una lona blanca puesta con mucha maña para que quedara tensa. Los dueños de la casa, muy antigua y con un patio precioso, andaban por allí dando la bienvenida, entusiasmadísimos de que hubiera público para su particular iniciativa. Ni mucho menos se llenaron todas las sillas. De las quince sobraron cinco, y entre las diez que cuento ocupadas estaban las dos de los organizadores, pero la sensación que tenían estos dos vecinos, que rondan los setenta años, era de conciencia tranquila ante un buen trabajo, ahora su casa era más que un patio abierto para las estipuladas fotos de los turistas. Lo que me llevó aquel día hasta aquella proyección fue una esperanza, un leve fulgor mental que hizo que me planteara si un poco de cine podría venirme bien. A veces, unas imágenes, unos personajes, una forma moviéndose y sonando se convierten en piedad sobre una sábana blanca, que alcanza entonces el tamaño suficiente para cubrir el mundo. En la oscuridad natural del zaguán de proyección se escuchaban murmullos, plásticos del kiosco, expresiones de sorpresa, suspiros… Durante ese continuo carrusel de imágenes, aquel lugar se convierte en otra realidad que se superpone a la que circunda casi siempre y, cuando termina la primera, ¡qué diferente puede llegar a ser percibida la segunda! Pero no voy a adelantar, llegados aquí solamente, la emoción o el desengaño que me produjeron estos acontecimientos.

Magical Girl (2014) / Imagen: Aquí y Allí Films.

Los primeros minutos de la película podrían decirse convencionales, pero no lo son. Se presenta aquí el conflicto que desencadena la acción principal de la película, desde el problema de la enfermedad terminal, y las consecuencias que ésta puede terminar poniendo en el hilo de la historia. Puede decirse de este comienzo que es un recurso de acción ya muy manido y tremendamente explotado, principalmente, también hay que decirlo, por su innegable efectividad y el amplio abanico de posibilidades con las que el autor de la historia puede jugar después. Por tanto, hasta aquí, ¿sólo esquemas que funcionan correctamente dentro del lenguaje cinematográfico y que fijan muy bien los inicios de las historias? Si vemos la película atentamente, la niña encierra alegóricamente algo más. “Queridos españoles, me llena de orgullo que matéis al resto de españoles”, dice genialmente en una de las escenas iniciales. Ella encarna a una España moribunda, sin identidad, entre lo emocional y lo racional, inevitablemente condenada ya por lo que tiene dentro. Y la historia se abre hacia caminos más extraños, además de ir limpiando el que ya se nos ha mostrado. Entonces, la cinta nos cuenta que una niña de doce años, con cáncer terminal, hace ver a su padre a través de un cuaderno de deseos que el único que él puede conseguir para ella es el de regalarle el vestido especial que una diseñadora ha hecho para la heroína de una serie japonesa. A causa de la búsqueda que emprende el padre para buscar el dinero que financie el deseo de su hija, acaba entablando relación con Bárbara, una chica con trastornos psicológicos que tiene en su pareja a su terapeuta y que huye de un pasado muy oscuro en la aparente claridad que este último le aporta. El verdadero trasfondo oscuro de la trama surge a partir del encuentro del padre de la niña con Bárbara, a la que, después de acostarse con ella, chantajeará para conseguir el dinero que vale el vestido que quiere su hija. Para reunirlo, Bárbara iniciará un periplo de oscuridades, que a su vez es un camino que reabre las viejas heridas de un pasado realmente insuperable. También insuperable para Damián, ex-recluso y antiguo profesor de matemáticas de Bárbara al que no le salen las cuentas emocionales, que fue encarcelado previamente por un asunto en el que también estuvo involucrada Bárbara, y que será el encargado de cerrar la trama oscura que ha generado el chantaje que ha sufrido la que fue su alumna.

Se sucedían las imágenes y pensaba que no me cabía el tiempo cerebral en la lona blanca, que necesitaba un reposo, una pausa para hacer la digestión de lo que estaba viendo. Fue el único momento en el que me pensé y del que me extraje de la realidad que se había abierto en aquel zaguán. Una milésima de segundo del que concluí que ya me recrearía cuando llegara a casa y todo se calmara. Muchas películas se me han ido por fabricarme una ficción, un relato mental que superponía lo que estaba viendo. Y lo hago por naturaleza, por la necesidad de interponer una lógica que me haga comprensible lo que percibo. Así es que la mente busca una forma que explique la forma que está procesando y que todavía es una mancha sin perímetro claro. Necesitamos el suelo firme que nos aporta el signo, delineamos todo, aun sabiendo que la idea escapa de su materialización. Y ya no sólo la idea, porque acotamos nuestra espiritualidad en religiones, nuestros ideales políticos en partidos, nuestra libertad en leyes, pero incluso al mar lo dividimos en nombres y sin embargo, cuando lo contemplamos vemos en él un misterio que no se puede deletrear. La realidad pasa por nuestro colador y se queda, generalmente, en la mitad.

La película sigue y me incorporo instantáneamente, ahora estoy de ese lado y veo cómo Vermut juega en esta cinta con el humor negro y la crudeza de unas relaciones que se han forjado a cara de perro. No desde la alegría y la felicidad que generalmente las sustentan, sino desde el lado más íntimo y oscuro de cada uno. Lo privado y lo público, su odiosa dicotomía, aquí se rompe en favor de una realidad que va más allá de la pureza de lo superficial. Magical Girl contará una historia inusual, aquello que ocurre detrás de la superficie del reflejo, del poso que queda en el colador, y a algunos espectadores les puede parecer, hasta cierto punto, esperpéntica, pero nunca inverosímil porque en el fondo están viendo la parte más original del ser humano, la proyección de sus instintos y de su yo más oculto. Y en esta película esto funciona haciendo de ella  una historia que sobrepasa el debate de la verosimilitud o la inverosimilitud, va más allá de las conexiones que hacen una obra posible y más allá de la consecución de una forma. Vermut parece decir: la forma es imposible, su claridad es inalcanzable, pero voy a intentar hacer una obra de arte, terminar un puzzle, aún sabiendo que me va a faltar la última pieza. Y lo haré porque el arte que a mí me interesa no es mímesis, porque no puedo representar la condición humana a partir de lo que reproduce el espejo.

La situación desde la que se nos presenta la historia hará que desde casi el comienzo de la película veamos que el odio, el miedo y el dolor sean las emociones que muevan a los personajes en la trama de la historia. Existe en la película la barrera moral que se les impone a estos personajes y a la conducta que se ven obligados a seguir. Hay una convención no dicha que castiga esta clase de relaciones y comportamientos que surgen desde lo más estrictamente emocional. Lo racional parece ser una imposición de lo público para tener controlado lo emocional dentro o, quizá, encerrado en lo privado. Por esta razón, los personajes viven en una realidad recluida, una cárcel de la que prefieren no salir, aunque después se vean forzados a ello. El padre por la enfermedad y el deseo de la hija, Bárbara por haber sido chantajeada y ver peligrar la estabilidad de su vida por la ruptura de su relación con el terapeuta que se encarga personalmente de “cubrir” las heridas de su pasado y Damián por verse obligado, pues él no quiere irse, a salir de la cárcel tras haber cumplido ya su condena. Un hecho en sus vidas les lleva a buscar otra forma, quizá alguna que esta vez sí que complete sus respectivas eternas insaciabilidades. La reclusión, el no movimiento, no les ha bastado para calmar sus oscuridades porque éstas han terminado rebrotando. Cuando algo se cubre empieza la espera por ver qué causa hará que esa tapadera termine saltando por los aires. Aunque, por naturaleza, lo que estemos buscando continuamente sea la paz que nos otorga un cierre, una cristalización, una forma, ésta no puede contener siempre, de la misma manera, a un ser que muta continuamente también por naturaleza. Nos encontramos en la eterna búsqueda, la lucha interminable de la conciencia humana por llegar a la cristalización de algo que le absuelva de su malestar en el mundo, de su incapacidad para sentirse totalmente conectado a la Tierra o en sosiego mientras la habita.

Vermut juega constantemente durante la película con la oscuridad tras lo no nombrado, tras una realidad sugerida y no mostrada en signo por ser inconcebible. Para quien dirige esta película, el arte no es una desvelación del misterio sino un traslado de él mismo a la inevitable superficie artística. Para él, el arte no es mímesis aunque en su caso se proyecte en una superficie. Con sus instrumentos, el arte debe mostrar lo que se oculta tras ella, la sombra que se desarrolla y que hunde sus raíces en el interior del ser humano. Estaba en aquel sitio, en el zaguán más impactante en el que he estado nunca, y veo, en una de las imágenes más impactantes de la película, cómo Bárbara, totalmente desolada, se mira en el espejo del salón de su casa, la luz tenue, y piensa que eso que ve en la superficie de cristal no la representa. Su reflejo no muestra lo que en esos momentos es ella. Y entonces se inclina, agarra el espejo por ambos laterales, coloca la frente en el cristal, y empuja hasta que el espejo se resquebraja en pequeños espejitos pequeños. El reflejo se ha roto. Su reflejo ahora es un rostro en pedazos. Y entonces mira esa imagen y parece decir: “Yo no era la que aparecía ahí. Soy la de la herida, la que veo en estos momentos, la del reflejo que proyecta una imagen de mí hecha trozos”.

A cierta altura de la película empiezo a entender que lo que impulsa a los personajes es un resurgir emocional, una actitud desenterrada. Lo racional es para ellos una forma impuesta, un bienestar hipotético con el que ellos no están conformes, y lo emocional es la búsqueda de la forma ideal, que es lógicamente inalcanzable. Esta huida hacia algo que es terrenalmente intangible les producirá una angustia de la que no pueden escapar y que les lleva a un proceso de inevitable autodestrucción. En los ojos finales de Bárbara reposa la resignación ante el tacto inalcanzable de la forma que ella buscaba, una resignación que acompaña su vida irremediablemente y que tendrá que aprender a sobrellevar. Como el arte, que debe comprender que no puede tratar de tocar con los dedos lo innombrable sin parecer patético, que debe preocuparse por el misterio sin perderle el respeto.

La utilidad del arte no reside en ser una herramienta que nos lleve hasta un conocimiento exacto, sino en hacernos comprender que hay cosas en la realidad que no se pueden desentrañar y que son bellas aunque se nos muestren de manera incompleta. Además, es la disciplina que se acerca al misterio más desinteresadamente. Esta es la obra de arte que le interesa a Carlos Vermut y a mí particularmente, la que me desubicó, me trasladó y me destripó en presencia de otras nueve personas en algún sitio que en ese momento intuía que era algo relacionado con Trafalgar y no sabía bien si era el cabo, o la batalla, o la calle de un pueblo encebollado, o Trafalgar Square porque no importaba el lugar, ni si tenía una casa a la que volver luego, o si habitaba el siglo XIX o el XXI. En ese momento estaba del lado del misterio y del arte y no me importaban ninguno más de los que conozco.

La condición humana sólo es expresable artísticamente. El arte se vale de los recursos que puede manejar para llevar a cabo una obra con la que iluminar una cara de lo que yace al otro lado de la claridad.

Normalmente el misterio es algo incómodo, en él no hay un suelo que fije y dé estabilidad a la existencia. Por tanto, el ser humano, por naturaleza, se aferra a la forma, al símbolo, a la cristalización que ofrece el nombre, aunque no sea un vidrio que otorgue una superficie limpia. Decía el poeta polaco Adam Zagajewski: “Los buenos escritores envuelven lo desconocido en lo conocido. Los malos dan en la superficie lo desconocido”. En el arte resulta imprescindible trascender la banalidad que impone la vida moderna. El verdadero artista es alguien que habita temporalmente los lados de la claridad y del misterio, se mueve de una orilla a otra y sabe que sólo hay una línea delgada que apenas las separa, un cauce inestable que hace se sepa arriesgándose a quedarse aislado en el lado de lo innombrable para no volver nunca.

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