Adiós, Telémaco (o aceptación de una muerte)

Etapa uno. Negación.

     —¿A qué ha venido el espectáculo de ahí abajo, César?

     —No ha sido ningún espectáculo, papá.

     —Ha sido un espectáculo. Un espectáculo lamentable.

     —No pretendía que lo fuera.

     —Ah, ¿no? ¿Y qué es lo que pretendías? Has hecho venir expresamente a tu hermano y a tu hermana para soltarles en plena cara que esta noche te vas a… Si es una broma, te has pasado de la raya.

     —Lo siento mucho si ha parecido una broma. Te aseguro que no era esa mi intención.

     —Tampoco es tu intención hacer lo que has dicho que vas a hacer, ¿verdad?

     —Sí, papá. Hoy mismo, a medianoche.

     —¿Y así, por las buenas? ¿Es que te has vuelto loco?

     —¿Loco?

     —Sí, loco, ¡loco! No hay otro modo de llamarlo.

     —Si loco es la palabra, he estado loco desde que tengo uso de razón.

     —¡No digas más tonterías y sácate esa idea de la cabeza!

     —No es una idea, papá. Las ideas van y vienen. Es una decisión.

     —¿Y te parece una buena decisión?

     —Da igual lo que me parezca. Es una decisión que ya está tomada.

     —¿Y cuándo la has tomado? ¿Aquí, sentado en tu habitación, mientras estudiabas?

     —Claro que no. Es una decisión que viene de lejos, que nació conmigo. Que me ha acompañado todos los días de mi vida. Al principio sólo era un murmullo interior, como un eco, pero pronto se convirtió en una sólida certeza que fue tomando forma a medida que crecían mis huesos. Antes o después, esa certeza tenía que hacerse ineludible. Y ese momento ha llegado.

     —No ha llegado ningún momento, ya puedes ir olvidándolo. No lo voy a permitir.

     —Es que no es una cuestión de permiso, papá, tienes que entenderlo. Te quiero. Quiero a mamá. Quiero a mis hermanos. Hasta quiero a ese interesado de mi cuñado Eugenio. Habéis sido lo más importante de mi vida y la única verdad que me llevo. Pero ninguno de vosotros puede hacer ya nada.

     —¿Cómo que no? ¡Haré todo lo que esté en mi mano! ¡Te encerraré en una habitación vacía si es preciso!

     —Papá…

     —¡Juro que lo haré!

     —Papá…

     —¡Y si de verdad nos quisieras tanto como dices, te replantearías ese estúpido disparate y bajarías a pedir perdón!

     —Acabo de pedir perdón. Y volvería a pedir perdón cincuenta, cien, diez mil veces, no tengo ningún inconveniente. Pero no puedo ponerle remedio a lo que tú llamas estúpido disparate. Eso ya no tiene vuelta atrás.

     —¿Por qué haces esto, César? ¿Qué pretendes demostrar?

     —No es mi propósito demostrar nada. Y en todo caso, ¿qué podría demostrar? ¿Que cada cuál debería ser dueño de su destino? Esa es una evidencia universal que no necesita ser demostrada. No, papá, ya te lo he dicho, lo único que quiero es poner fin a esta existencia, una existencia que yo no pedí.

     —¡No hables así! No nos eches en cara a tu madre y a mí el haberte dado la vida.

     —Jamás haría eso, al contrario. Nunca he sabido agradecéroslo lo suficiente. Lo que pasa…

     —¿Qué? ¿Qué es lo que pasa?

     —Pues lo que pasa es que soy un proyecto. Vuestro proyecto. No mi proyecto. Y no quiero seguir adelante con él.

     —Ya basta.

     —Papá…

     —¡He dicho que basta! ¡Basta! ¡Me niego a seguir con esta conversación! No eres ningún proyecto, eres mi hijo. ¿Entiendes? ¡Mi hijo! ¡No vuelvas a decir algo así!

     —Vale.

     —¿Vale?

     —Vale.

     —Muy bien. Ahora descansa un poco de los estudios y baja a comer algo. No te preocupes, buscaremos ayuda. El lunes iremos a hablar con esa especialista de Chamartín, la que atendió a tu cuñado Eugenio. Tengo entendido que es muy buena con las terapias esas.

     —No hace falta que hables con nadie.

     —Claro que sí. Necesitas ayuda.

     —Nadie puede ayudarme.

     —No empieces otra vez, por favor. Otra vez no.

     —Es que no quieres escucharme. Te digo que ya no hay vuelta atrás.

     —¡Pues yo me encargaré de darle la vuelta!

     —…

     —Ponte en mi lugar, hijo. ¿Cómo crees que me siento al oír eso? ¿Y tu pobre madre? ¿Cómo crees que debe sentirse?

     —No puedo imaginarlo, papá, me resulta imposible hacerlo. Y créeme, si no lo he hecho antes ha sido por ese cargo de dolor. Pero yo también os pido comprensión. Estas manos me son extrañas. Nada de lo que llevo dentro lo elegí yo. Nada de esto fue idea mía. Nada. Y no quiero seguir viviendo en algo que no me concierne.

(Beachy Head, Inglaterra, capital mundial del suicidio / Foto: Peter Marlow)

     —¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Eh? Porque no voy a perderte de vista ni un solo momento. No comeré. No me ducharé. No dormiré si es necesario. Si crees que voy a cruzarme de brazos y dejar que lo hagas, estás muy equivocado.

     —Eso te honra. Eres un buen hombre y un buen padre, y no mereces cargar con esa cruz.

     —Esta situación no tiene nada de honroso.

     —Tal vez no. Pero debo reconocer que tu reacción me reconforta. De algún modo, hace que me sienta aún más orgulloso de ti.

     —No voy a dejar que lo hagas.

     —Ya lo he hecho, papá. Lo hice hace cuarenta y cinco minutos.

     —¿Qué quieres decir con eso?

     —¿Ves ese frasco de cristal vacío? Dentro había un compuesto de extracto de opio mezclado con toxina de Dragoneta persa. La Dragoneta persa es una misteriosa planta que sólo crece en las zonas más húmedas de la isla de Cefalonia. La toxina de sus semillas, ingerida, es mortal. El extracto de opio provoca que sus efectos se retrasen y que la víctima se sumerja en un profundo sueño antes de morir. No hay padecimiento ni hay dolor. La… dosis que contenía ese frasco produce su reacción en cuatro horas, y la tomé hace cuarenta y cinco minutos, a las ocho en punto. Cuando se acerque la medianoche me quedaré dormido y ya no despertaré más.

     —No es verdad. Tú no harías eso.

     —Lo siento.

     —…

     —Papá…

     —Tenemos que llevarte a un médico. Vamos.

     —No hay…

     —¡Vamos!

     —No hay antídoto para la toxina de la Dragoneta persa, papá. Sus consecuencias son irreversibles.

     —Entonces vamos al cuarto de baño. Tienes que vomitarlo.

     —Ya es tarde. Lo llevo en la sangre. Vuestra sangre. Aunque vomitara, no serviría de nada.

     —No, no, no. No es tarde. ¡No lo es! ¿Crees que voy a permitirlo? ¡Ni hablar! Si tú no vas, traeré aquí a un médico. Sí, eso haré. Llamaré a un médico y le diré que es una urgencia, un asunto de vida o muerte.

     —No es un asunto de vida.

     —Lo será, ¡y me da igual lo que digas! Voy a llamar a una ambulancia.

Etapa dos. Ira.

     —De modo que es cierto. 

     —Sí, Diego.

     —¿Y no sientes lástima por mamá?

     —Es de lo poco que aún puedo sentir.

     —¿No te da vergüenza decir eso?

     —La vergüenza, y cualquier otra sensación de arrepentimiento, ya no son más que palabras remotas.

     —¿Cómo lo has conseguido?

     —¿El compuesto?

     —El veneno, sí. ¿Por internet?

     —Es un modo de conseguirlo.

     —¿Sabes lo que creo? Creo que todo es un farol, una manera de llamar la atención. Nadie que amenaza con quitarse la vida lo hace realmente. ¿Y un veneno con temporizador? Eso suena a cuento chino.

     —No es una amenaza, Diego. Es una despedida. No iba a marcharme sin despedirme.

     —¿Y ya está? ¿Os he reunido aquí para deciros que dentro de cuatro horas me quito la vida, y adiós?

     —Me pareció más correcto que dejar una nota.

     —Hombre, mucho más correcto, ¡dónde va a parar! Te creía más inteligente, César.

     —Quizá ese sea el problema. La inteligencia. Al menos la inteligencia suficiente para comprender que habitamos una existencia en cuya creación no hemos intervenido y que, por tanto, no deberíamos poseer.

     —O sea, que los que queremos seguir viviendo somos gilipollas.

     —No. Sólo seres instintivos.

     —Todos los seres sobreviven por instinto.

     —Y qué es el instinto sino la falta de inteligencia.

     —¿Sabes? Mereces morir. ¡Ya lo creo! Si es verdad que has tomado veneno, y ese veneno no funciona, yo mismo debería matarte.

     —Y yo agradecería que lo hicieras. Pero puedo asegurar que tu intervención no será necesaria.

     —¡Corta el rollo, que yo no soy papá! ¡A mí no vas a torearme! Dime la verdad, ¿qué mierda quieres?

     —Nada. Nada que no tenga ya.

     —¿Y qué tienes? ¿Eh? ¿Qué tienes? Las personas como tú que sólo piensan en sí mismas no tienen nada que merezca la pena. ¡Eres un jodido egoísta! Y como todos los jodidos egoístas del mundo, quieres algo. ¡Y me lo vas a decir! O te juro que…

     —Quiero morir, Diego. Quiero que llegue ya la medianoche. Quiero abandonar esta piel ajena y este hábitat ajeno. Quiero que todo termine. Si es un acto de egoísmo, quiero que me perdonéis y que lo comprendáis. Eso es lo que quiero.

     —…

     —Sólo eso.

     —Yo jamás lo comprenderé, y jamás te perdonaré. Por mí puedes morirte cuando te dé la gana.

     —… 

     —Puto cobarde.

     —…

     —Entonces, si te he entendido bien, y todos percibimos esa inteligencia tuya, la vida humana desaparecerá de la Tierra en un par de días.

     —Tal vez.

     —¿Tal vez?

     —Tal vez la vida humana jamás debió aparecer sobre la Tierra.

     —Hablas como esos chiflados de la tele que siempre andan presagiando el fin del mundo.

     —Que la vida humana desaparezca de la tierra no es el fin del mundo.

     —De buenas ganas te levantaría de esa cama y te llevaría a rastras hasta el manicomio más cercano.

     —¿Tú también crees que estoy loco?

     —¿Loco? ¡Cómo una puta cabra! ¿O es que no oyes lo que estás diciendo? No es un secreto que siempre has sido un poco raro, pero llegar a este extremo… Eugenio ya me avisó, me lo mencionó en un par de ocasiones. Me dijo que él, por mucho menos, estuvo seis meses en tratamiento.

     —Eugenio es depresivo.

     —¡Eugenio no es depresivo! Sufrió una crisis de ansiedad, pero fue un brote pasajero. ¡Y ni en su momento más crítico tuvo la tentación de hacer lo que tú has hecho!

     —Precisamente por eso, él no puede juzgarme.

     —¿Cómo? ¿Es que encima te vas a poner a la defensiva? Maldita sea, César. ¡Por supuesto que puede juzgarte! ¡Todos podemos juzgarte! ¡Eres tú quien va a destrozar  una familia!

     —Yo no pensaría eso de vosotros si alguno hubiese tomado este camino antes que yo.

     —¿Qué?

     —Jamás me atrevería a juzgaros por ello.

     —No me jodas, claro que lo harías. ¡Cualquiera que estuviera en su sano juicio lo haría!

     —De todos modos, eso ya no tiene mucho sentido, ¿no crees? En mi situación, los juicios morales carecen de significado. Me juzgáis porque creéis que estoy haciendo algo malo, y sin duda es así como debe ser para vosotros…

     —¿Algo malo? ¿Así es como se te ocurre llamarlo? ¿Algo malo? ¡Malo es un niño que tira una piedra a un cristal! ¡Malo es un día que amanece nublado! ¡Malo es un microondas de veinticinco euros, joder! ¡Lo que tú has hecho… lo que nos estás haciendo no tiene nombre! Y jamás pensé que mi hermano, ¡que alguien de mi sangre!, pudiera tener esa monstruosa falta de escrúpulos.

     —Escrúpulos, lástima, remordimiento, dolor. Te lo dije, Diego, nada de eso tiene ya sentido para mí.

     —Pues te compadezco, César. Escondes tus actos en un derroche de misticismo, pero sólo eres un miserable insensato que ha perdido el norte y que no piensa en las consecuencias de sus acciones. Cuando estés muerto, óyeme bien, cuando estés muerto, nadie se acordará de ti. Todos tus seres queridos te olvidarán más pronto que tarde. No serás más que una cara en una foto y un recuerdo borroso. Un recuerdo ingrato. Tu memoria quedará reducida a una lápida de mármol empotrada en un tabique y cuatro rosas marchitas en un vaso de cristal.  Muerto, nadie vale nada. Nada. Y me da igual la dosis de veneno que hayas tomado y el tiempo que falte para la medianoche. Tú para mí ya estás muerto.

Etapa tres. Negociación.

     —Hola César.

     —Hola Eugenio.

     —¿Puedo pasar?

     —Pasa.

     —¿Cómo estás?

     —Ya ves, aún estoy. 

     —Ya, bueno, ¿pero qué tal te encuentras?

     —No sé muy bien cómo responder a eso.

     —¿Este es el frasco que contenía el veneno?

     —Sí.

     —¿Cómo dices que se llamaba? ¿Dragón qué?

     —Dragoneta persa.

     —Dragoneta persa. Con lo bien que suena, ¿verdad? Oye, ¿te importa si me siento?

     —Siéntate.

     —Dime César, ¿dónde está el contraveneno?

     —¿Qué contraveneno?

     —El antídoto. ¿Dónde lo escondes?

     —No hay antídoto para la toxina de la Dragoneta persa.

     —No me lo creo.

     —Da igual lo que creas. Eso no importa mucho. La realidad es que hay antídoto, o no lo hay. Y en este caso, no lo hay.

     —Ya. Verás… Entiendo lo que quieres decir…

     —No estoy muy seguro de que lo entiendas.

     —Bueno, sé a dónde quieres llegar, al menos. Es sólo que yo lo veo desde otro punto de vista.

     —¿Otro punto de vista?

     —Sí, un punto de vista más analítico. Eso es, procuro ver las cosas desde su lógica. ¿Sabes qué es lo único bueno de caer en un pozo? Que se aprende, se aprende mucho. Y cuanto más profundo es el pozo, más se aprende. Sí, es cierto, el subconsciente humano es así de masoquista. Saca más provecho de los malos momentos que de los buenos.

     —Y supongo que eso tiene su lógica.

     —La tiene. Verás, durante mis terapias de grupo, conocí a mucha gente con todo tipo de problemas emocionales: depresiones, conflictos neuróticos, trastornos bipolares, esas cosas. Y deja que te lo diga: si algo aprendí de esa gente es que, en un arrebato, cualquiera puede quitarse la vida. Así sin más. Pero nadie que premedite su muerte con tanta antelación salta al vacío sin asegurarse una red de protección. Ya sabes, por si acaso. Y no sé… me da la impresión de que tú has organizado todo esto con bastante antelación.

     —Y a mí me da la impresión de que tú no tienes ni idea de lo que estás hablando.

     —Bueno, yo diría que tengo una idea bastante aproximada…

     —¿Por qué? ¿Porque una vez tuviste un brote de ansiedad? Eso no te da el poder de percepción sobre todas las cosas.

     —¿Sabes que tienes una familia maravillosa? Una familia que te quiere, que se preocupa por ti.

     —Nunca he dudado del amor de mi familia.

     —Es algo más que amor, César. Ellos te necesitan en sus vidas.

     —En mi estado actual, soy un lastre más que una necesidad.

     —Eso díselo a tu hermana. Está abajo, hecha polvo.

     —Maite es fuerte. Mucho más fuerte de lo que piensas.

     —Llevo cinco años casado con ella, sé lo fuerte que es. Pero todo esto la ha pillado desprevenida. No deja de llorar y lamentarse. Es muy duro verla así.

     —Lo superará, ya lo verás. Dentro de nada sólo seré un mal trago en su memoria.

     —Te equivocas, no creo que lo supere tan fácilmente. Ni ella ni tus padres. Ni siquiera Diego, con todo ese vigor que demuestra.

     —Lo harán, estoy seguro.

     —¿Y cómo puedes estar seguro?

     —Porque la superación forma parte del instinto humano.

     —¿Es imposible convencerte?

     —No tienes de qué convencerme. Mi convicción es asunto mío.

     —¿Recuerdas la noche que cenamos todos juntos en aquel asador?

     —Recuerdo muchas cosas.

     —Cuando tu padre cumplió los sesenta años.

     —Sí, recuerdo aquella noche.

     —No dejabas de hablar de jardines y parques botánicos, ¿te acuerdas? Enumeraste uno a uno los jardines más grandes y bellos del mundo.

     —Sí, ¿y qué?

     —Recuerdo que hablabas con mucha pasión de los Jardines de Versalles. Dijiste que, como jardín botánico, era el más grande y bello de todos, y que tu mayor deseo era poder visitarlo algún día.

     —Lo dije, sí.

     —Leí en el periódico que recientemente se han reforestado todos sus jardines.

     —Lo sé.

     —Y que se han restaurado muchas de sus estatuas.

     —Lo hacen cada cincuenta o sesenta años.

     —Incluso leí que han rehabilitado y abierto al público un bosque que había quedado abandonado.

     —Todo eso lo sé, Eugenio. ¿Qué me quieres decir?

     —Quiero hacer un trato contigo.

     —¿Un trato? ¿Crees que estoy en disposición de asumir un trato?

     —Tú escúchame. Te diré cuál es el trato. Si me dices dónde está el antídoto, ¿vale? Si te lo tomas… Prometo acompañarte a ver los Jardines de Versalles antes de que termine el año. Tú y yo. Cogeremos un avión a París y buscaremos el hotel más cercano. Pasaremos allí un fin de semana, imagínalo, dos días enteros, para que tengas tiempo de verlo todo con detenimiento. Por supuesto, los gastos corren de mi cuenta. ¿Qué te parece?

     —Que no está mal.

     —Te gusta la idea.

     —Me habría gustado, pero ya no es una idea, es una utopía. Llega tarde.

     —Bueno, no tiene porqué. No es tarde si tú no quieres.

     —Lo es. Y no lo digo por el tiempo que me queda. Aunque hubiera un antídoto y decidiera tomarlo, esa afición con la que negocias, esa… vocación humana de ver, de conocer y de admirar, se ha desvanecido en mí para siempre. Ya no está. Ha desaparecido.

     —Al menos podrías probar, ¿qué te cuesta? Puedes postergar tú decisión, el tiempo no va a detenerse esta noche. Vendrán más días, y más oportunidades. No tienes nada que perder.

     —Déjalo, Eugenio.

     —¿Cuál es el problema? ¿El veneno? Seguro que puedes conseguir toda la Dragoneta persa que quieras.

     —No insistas.

     —¿Y si añadimos otro viaje al trato? A donde tú quieras. Sólo tienes que elegir un destino.

     —Ya he elegido mi destino.

     —Estoy hablando de viajes.

     —Es un viaje.

     —Eso no es un viaje, es una huída.

     —Claro que es una huída. El que viaja siempre huye de algo.

     —¿Ni siquiera vas a considerarlo?

     —…

     —¿Ni siquiera vas a considerarlo, César?

     —Cuida mucho de Maite.

     —No tienes ningún derecho a pedirme eso.

 Etapa cuatro. Depresión.

     —Oh, César, ¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho?

     —La verdadera pregunta es por qué he tardado tanto en hacerlo, Maite.

     —¿De verdad no te importa nada? ¿No te preocupa nuestro dolor? ¿Por qué esta sinrazón?

     —Todo lo que hacemos lo hacemos por alguna razón.

     —¿Y qué razón puede haber para hacer algo así?

     —Que no haya ninguna razón para no hacerlo.

     —Lo siento. Lo siento. Lo siento mucho.

     —No tienes por qué sentirlo, Maite. Agradezco tus lágrimas. Pero ha sido mi elección, mi deseo. Y lo afronto solo, en paz y sin miedo.

     —Pero algo así… Debí… Debí verlo venir.

     —¿Y cómo podías verlo?

     —No lo sé… no podía. ¡Ni siquiera podía imaginarlo! Sé que no vas a decirme qué clase de problema tienes, pero sea lo que sea, te habríamos ayudado. Habríamos salido adelante.

     —Estoy seguro. Y si hubiese necesitado ayuda, os la habría pedido sin pensarlo. Pero créeme, no hacía falta. No se puede considerar un problema aquello que no tiene solución.

     —Oh, César… César…

     —…

     —Antes de entrar, pensé que podía mantener la compostura. Tiene gracia, mientras subía las escaleras, me decía que tenía que contener las lágrimas, que no convenía que me vieras llorar. Pero ni yo misma me lo creía…

     —No te reproches eso, Maite. No hay mayor regalo que la pureza de una lágrima. 

     —¿Un regalo? Mira mi pañuelo. ¿Esto te parece un regalo? ¿Eh? ¿Te lo parece? Porque a mí no. A mí me parece un simple pañuelo empapado. Ni siquiera es algo concreto. Mañana, cuando lo lave, volverá a ser un pañuelo corriente.

     —¿Ha llamado papá a la ambulancia?

     —No. Iba a hacerlo, incluso descolgó el teléfono, pero no marcó ningún número. Dijo que ya era inútil y agachó la cabeza. No sabes… ¡No sabes lo duro que es ver a un hombre como papá agachar la cabeza!

     —¿Por qué no te sientas?

     —No tengo ganas de sentarme. En realidad no tengo ganas de nada. Sólo tengo ganas de echar a correr. ¡Salir a la calle y correr y alejarme y no mirar atrás!

     —Vamos Maite, siéntate. Quiero decirte algo.

     —…

     —¿Alguna vez has soñado que eras otra?

     —¿Otra?

     —Sí, otra persona. ¿Nunca has tenido ese sueño?

     —No… No sé. Ahora no lo recuerdo.

     —Yo sí. Muchas veces. He soñado que vivía otras vidas, que ocupaba otros cuerpos. Que iba caminando por la calle y al mirar el cristal de un escaparate veía el reflejo de otro. No sabía cómo, ni sabía por qué, pero estaba allí, dentro de otra persona, mirando a través de sus ojos, y me sentía extraño. Tú dirás que sólo era un sueño. Claro que sólo era un sueño, a veces incluso era consciente de ello. Pero la sensación que me embargaba era real, muy real. Nada de aquello me concernía. No era mío, no me pertenecía. Me encontraba completamente fuera de lugar.

     —Algunos sueños tienen ese poder de sugestión.

     —Sin duda. Pero el sueño es sólo una figuración. Es la sensación de intrusismo la que trascendía, la que me hostigaba cuando despertaba. ¿Y sabes por qué? Porque al fin y al cabo, es así como me he sentido siempre, como un intruso real en un cuerpo real, en un mundo real.

     —¿Y por qué me lo cuentas a mí? ¿Por qué no has ido a ver a un especialista?

     —¿Un especialista? ¿Para qué?

     —¿Cómo que para qué? ¿No se te ha ocurrido pensar que puedes sufrir algún desbarajuste de esos de identidad? ¡Por todos los santos, César! Existen tratamientos para cosas así. ¡No tenías por qué recurrir a esto!

     —No sufro ningún desbarajuste de identidad, Maite. Papá, Diego y Eugenio han insinuado lo mismo, cada uno a su modo. Pero no es eso.

     —Entonces sabes perfectamente quién eres.

     —Sé perfectamente quién no soy.

     —¿Tanto te cuesta dar una explicación que yo pueda entender?

     —Ya lo hago. Pero es muy difícil de entender sin sentir lo que yo siento.

     —¡Porque es un sinsentido! ¡No puedes justificar lo injustificable! No puedes… no puedes… ¡Dios! ¿Cómo voy a soportar esto? ¿Cómo voy a hacerlo?

     —Podrás soportarlo. Has pasado por momentos peores. Hace un año, sin ir más lejos. Y tu voluntad se ha mantenido inquebrantable.

     —¡No compares un aborto de cuatro meses con esto! ¡Esto es muy diferente! Un aborto es… como un limbo, una eterna incógnita. Es lo que pudo ser y no fue. Pero tú… tú eres. ¡Eres! Y pronto ya no serás. Y yo no puedo soportar la idea de no volver a verte.

     —…

     —Dina.

     —¿Qué?

     —Dina. ¿Te acuerdas de ella?

     —¿La cobaya?

     —Sí, la primera que tuvimos. La de tres colores.

     —Me acuerdo. Era muy pequeño, pero me acuerdo.

     —¿Recuerdas cómo murió?

     —Sí. Papá la sacrificó.

     —Papá la sacrificó. Era muy vieja y llevaba días muriéndose. No quiso que siguiera sufriendo.

     —Fue un acto de compasión.

     —Sí, lo fue. Yo lo vi. Vi cómo lo hizo. Él no quería, pero yo insistí tanto que no le quedó más remedio que dejarme mirar.

     —Siempre fuiste muy testaruda.

     —Tardé años en quitarme aquella imagen de la cabeza. Aún hoy me sigue abrumando.

     —Sólo eras una niña.

     —Ya. Y Dina sólo era una cobaya.

     —…

     —Jamás podré superar esto, César. Jamás.

Etapa cinco. Aceptación.

     —Hola mamá.

     —Hola César. Te he preparado un poco de caldo de pollo, para que te calientes el estómago.

     —No tenías que haberme preparado nada.  

     —Bebe un poco. Te sentará bien.

     —Está bueno.

     —¿Te sientes mejor?

     —Eso creo. Por lo menos tengo mejor sabor de boca.

     —Es por el pollo, lo compré en la finca. Es de granja, y eso le da más sabor. Los pollos de granja son capaces de resucitar a un muerto.

     —…

     —¿No pensarás acostarte con esa ropa?

     —¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo?

     —No tiene nada de malo, pero no es la adecuada.

     —Ninguna ropa es la adecuada, mamá. Sólo son trapos.

     —Aunque sólo sean trapos, no voy a dejar que la gente te vea así. A ver qué tienes en el ropero… Esto estará bien.

     —¿No te parece un poco exagerado?

     —No, es perfecto. Es del traje que te pusiste para la boda de tu prima Lucía. Estabas muy guapo con él.

     —Está bien.

     —¿Te has cortado las uñas?

     —Claro. Me las corto siempre.

     —¿Pero desde cuándo es siempre?

     —Mis uñas están bien, mamá.

     —¿También las de los pies?

     —Todas. Las de los pies y las de las manos.

     —¿No quieres darte una ducha antes de vestirte?

     —Me duché cuando llegué de la facultad.

     —Lo digo porque una buena ducha ayuda a relajarse.

     —Estoy relajado. El caldo de pollo me ha hecho mucho bien.

     —¿De verdad?

     —De verdad.

     —Vale. Yo sólo quiero que descanses cómodo.

     —Gracias, mamá. Pero estoy bien, deja de preocuparte por eso.

     —Tu hermano me ha contado vuestra conversación de antes. Está muy arrepentido de lo que te ha dicho.

     —No tiene que arrepentirse de nada.

     —No lo decía en serio, ya sabes cómo es.

     —Lo sé.

     —Es que ha sido un golpe muy duro. Tiene los nervios a flor de piel.

     —Y no le culpo por ello. Ni se lo recrimino. Su reacción es una muestra de amor como cualquier otra.

     —¿Sabes? Nunca me ha gustado ese dibujo.

     —¿Cuál?

     —Ese que tienes en la pared. El de la planta con dientes que está a punto de comerse a una inocente hada.

     —Sí, bueno. Sólo es una alegoría.

     —Es cruel.

     —Justamente. Lo que ese dibujo representa es el afán de la naturaleza por sobrevivir. La naturaleza está compuesta por un número infinito de vidas y, a veces, tiene que prescindir de algunas de esas vidas para que otras puedan seguir desarrollándose. Es cruel, pero inevitable.

     —No me gusta esa alegoría. ¿Cómo podría permitir la naturaleza que un ser tan hermoso como una hada sea devorado por ese matojo con dientes?

     —No menosprecies la capacidad de una planta carnívora. Muchas especies de plantas carnívoras son sumamente inteligentes. En el género de las Droseras, por ejemplo, existen algunas variedades que rara vez mueren de viejas. Ellas mismas se encargan de poner fin a su ciclo biológico. Así es. Un buen día deciden morir, y dejan de comer. Sin más. Sin ninguna razón aparente.

     —¿Y eso las hace inteligentes?

     —Hasta un punto inconcebible para nosotros.

     —…

     —…

     —Deberías cambiarte también los calcetines. Te buscaré unos.

     —¿Hay menos luz?

     —¿Menos luz?

     —Sí… hay menos luz. Y cada vez  menos. Eso no es bueno para la fotosíntesis.      

     —¿Qué?

     —La foto…síntesis de las plantas.

     —¿Te encuentras bien? ¡César! ¿Qué te pasa?

     —Así es como una planta puede vivir varios días en total oscuridad. Echándoles agua con azúcar.

     —Hijo, ¿me oyes?

     —La sacarosa… La sacarosa es… fundamental.

     —¡César!

     —¿Qué hora es?

     —Más de las once.

     —Me está entrando sueño.

     —¿Quieres acostarte ya?

     —…

     —Túmbate en la cama. Venga, te ayudo. Deja que te tape.

     —Si apagas la luz, no olvides… no olvides el agua con azúcar. Está oscureciendo. Y la sacarosa es… fundamental.

     —Descuida, hijo. Tú sólo duerme.

     —…

     —Duerme y descansa.

     —…

     —Descansa.

     —…

     —Descansa.

     —…

     —¿Quieres que me quede un rato más? ♦︎

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