Todos los cobardes del mundo

Tendría que haber sido consciente desde el principio de que la cosa no iba a salir nada bien, pero soy un tipo valiente y siempre confío en la posibilidad, por pequeña que sea, de que todo siga un curso propicio. Es una maldición que tengo, una de tantas que me han otorgado los dioses. Yo querría ser como esos tipos que viven siempre asustados y que dicen ser precavidos, cuando en realidad no son más que unos malditos cobardes. Sin embargo, en defensa de todos los cobardes del mundo, he de decir que lo que yo hacía era ser un insensato, una gota de agua estallando en el párpado del mundo, insignificante y estridente, un fraude.

Fotografía de Micha Bar Am, Magnum Photos.

Se hacía de noche y las calles repletas de gente se convertían en largos deambulatorios repletos de siluetas y bultos que parecían moverse, o puede que fuese yo el que se movía y no todas las cosas. Era curioso que siempre estuviera de aquí para allá. Supongo que el movimiento es lo que trae las nuevas cosas, y con las nuevas cosas cabe la mínima posibilidad de que aparezca algo que te salve para siempre, un billete de 50 o alguna buena oportunidad. Yo me alimentaba de eso, y avanzaba, de una forma u otra, en favor de eso. No podía soportar que no sucediera nada, era algo que trataba de evitar siempre mientras pedía a los pequeños jilgueros que me deseasen suerte y que cuidasen de mis zapatos mojados y mis noches desquiciadas.

     —Hey, ¿de dónde vienes?

     —Vengo de hablar con los muertos.

El tipo me miró preguntándose qué podría significar todo aquello que le estaba diciendo. Él era completamente absurdo, una anomalía cronológica. En una época histórica normal este tío habría sido lanzado al vacío. Yo me valía de ello para intentar que dejase de preguntarme o de hablarme, y era completamente sincero con él en infinitas ocasiones, como ésta.

     —Tío, los muertos no hablan.

     —Los libros dicen que no y la noche grita que sí.

Arrugó su frente y enrareció su gesto mientras trataba de comprender todo lo que le estaba diciendo.

     —Estás como una puta cabra.

Conseguí deshacerme de él y acabó yéndose a no sé dónde. Estaba en un bar que ambos frecuentábamos y yo sólo quería tranquilidad para poder pensar y relajarme, para poder encontrar lo que fuese que había perdido.

Me senté en una pequeña mesa redonda, en la esquina más alejada de la puerta, y simplemente esperé. Traté de hacer una lista mental de lo que no tenía y la verdad es que la cuenta de todas aquellas cosas ascendía al infinito más inalcanzable. En realidad, sin embargo, la necesidad estricta se restringía a un pequeño campo, o al menos eso es lo que nos dicen, así que me sentí mejor, aunque inquieto, porque tampoco sabía cuáles eran esas cosas y tampoco sabía si de verdad las necesitaba.

     —¿Qué le pongo?

Se había acercado una camarera y no me había dado cuenta. Su mirada parecía de vidrio opaco y su sonrisa parecía enquistada. Era terrible. Me costaba mirarle a la cara, así que la conversación transcurrió mientras yo le hablaba mirando al suelo.

Le dije lo que quería que me trajese y se fue a por ello, o eso supongo. Yo ya, casi, me había olvidado del agujero de mi cabeza y de todos los sesos que se me desparramaban por el hombro. Me daba verdadera vergüenza que se viera todo eso y que cualquiera pudiese llegar a preguntarme sobre el porqué del agujero, aunque casi ya no quedaba nada dentro.

     —¿Se encuentra bien?

Miré hacia la mesa de al lado, donde había una chica con el pelo de un color extraño y los ojos azules.

     —¿Por qué le importa si me encuentro bien?

Ella me estaba repitiendo la pregunta con sus ojos cuando de repente apareció un tío de esos que salen de debajo de la tierra cuando nadie los quiere cerca. Tampoco lejos.

     —¿Qué pasa? ¿Te está molestando este capullo?

Ella le miró fijamente y pude ver sus ojos reflejados en las gafas de éste.

     —Pero míralo, por favor, debe estar a punto de caer. A punto de hacer un agujero en el suelo con su cara —dijo el tipo—. Va a morir dentro de muy poco.

Lo cierto es que yo siempre me sentía a punto de morir. Notaba que cada vez que respiraba estaba perdiendo algo, pero no podía hacer nada, como quien lleva un agujero en el bolsillo y deja caer todas las monedas que entran. Mi estrategia era fortalecer a la muerte para que todo pasara más rápidamente. Imaginaba a veces que era inmortal y simplemente quería comprobarlo.

     —Ven aquí, amigo.

Le señalé con el dedo y le hice un gesto para que se acercase, cosa que hizo. En ese momento, aproveché para meterlo en mi cabeza perforada y deshacerme de él. Fue algo sencillo, aunque dolía bastante y eso me jodería a la mañana siguiente.

     —¿De dónde ha salido ese?

Ella me miró fijamente y en ese momento yo supe que fue un tipo con el que tuvo algo. Puede que alguna estupidez o puede que no, eso ya no podía saberlo.

Rápidamente empezó a dolerme la cabeza, la notaba palpitante y tenía que intentar que no se me cayese lo poco que me quedaba dentro.

Llegó la camarera y me dejó una copa de vodka en la mesa. Se había equivocado y yo no pude hacer nada al respecto.

Cuando miré a la mesa de al lado no había nadie. ♦︎

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