Sintra, una escapada de cuento

La música del azar no entiende de límites. Anárquicos montículos de ejemplares apuntan el paso en la librería de viejo, hasta revelar una pila de revistas amarilleadas por el efecto de los años. Sobresale el desorden y un monográfico de 1948 del escritor portugués José Maria Eça de Queirós, con El misterio de la carretera de Sintra como reclamo. Su portada marca ‘tres pesetas’. Letras y retribución por pocas monedas. Y un descubrimiento al alcance, más allá del relato. A unos 30 kilómetros de la ebullición lisboeta, el camino baja sus pulsaciones entre curva y curva. Europa jadea. La niebla retoza. El decadentismo y la vida quedan atrás como lejanos ecos del futuro.

Sintra / Foto: Fernando Piçarra.

La magia en Sintra sortea el tópico para rehabilitarlo. Vaga por los pasillos del hotel más antiguo de la península ibérica, que presume en cada rincón de la estancia de Lord Byron. Las tostadas y el zumo de naranja saben a literatura. El sol de la mañana ilumina tímidamente el desayuno, en su registro más acrisolado, bajo el mismo techo donde el poeta moldeó el primero de los cantos de Las peregrinaciones de Childe Harold. Casi se puede oír el Morning Mood de Grieg. La magia, restablecida, también remonta ‘escandinhas’. Nada es lo que parece, todo parece lo que es. No ofrecen bombones ni caramelos en la habitación, en su lugar sugieren tres lecturas sobre una mesa de mimbre: un par de novelas negras recientes y Otra vuelta de tuerca.

Huyendo de las chimeneas cónicas del Palacio Nacional, el verde se espesa más y más conforme se alejan las huellas. Una placa recuerda que allí, en una calle empedrada que anuncia otra cuesta imposible, residió Hans Christian Andersen. De cuento. Y, como toda fábula, con su ‘torre de marfil’, el Palacio da Pena, que se esconde entre las nubes como si no quisiera alardear de su aspecto juvenil. De sus colores, de sus formas lozanas, de su eclecticismo. Del tritón que da la bienvenida y parece sostener con los hombros el peso del mundo.

Sintra, aliada con la niebla. Una niebla cálida, fantasmal, melancólica. Sin la densa sordidez del East End victoriano. Sin destripadores, sin opio, sin tacones temblando. De ninfas, náyades, nereidas. Niebla. La que tose el Atlántico desde el Cabo da Roca, punto más occidental de la Europa continental. Donde la ruta serpentea entre verdín y árboles altivos que ganan terreno al asfalto. Un puesto de flores en un recodo, con tonos que estimulan. La anciana se remanga las arrugas y ajusta el pañuelo que le cubre la cabeza; vende naranjas, amarillos, violetas… La niebla se escabulle tras una copa imperfecta. “Estos días azules y este sol de la infancia”. Machado por fados. Moteros en el descansadero. Intercambio de batallas con tercios de por medio. El mar aceptando su derrota en el acantilado, bramando olas que viajan desde el Nuevo al Viejo Mundo para expirar en un bucle perpetuo. América como un rumor. Un velero disfrazado de anecdótico punto blanco en el horizonte. El lugar “onde a terra se acaba e o mar começa”, como retrató Luís de Camões.

Sintra, desde el Castelo dos Mouros al Convento dos Capuchos. Desde el Palacio de Queluz a su jardín hermético, la Quinta da Regaleira. Patrimonio de la Humanidad. El ensueño de Carvalho Monteiro. Masonería. Alquimia. Rosacruz. Un laberinto de huevos de Pascua para que el hombre vuelva a ser niño. Gnosticismo traducido en grutas, un bosque que viaja de la armonía al caos a medida que asciende, senderos para arrinconar, un pozo iniciático en el que dejarse llevar… La galería subterránea avanza cual hélice, exponiendo su cruz templaria, vertiendo rellanos circulares y peldaños dantescos en el sentido más literal. Divina Comedia. El infierno, el purgatorio, el paraíso, una rosa de los vientos como confín. Para abandonar lo oculto, para expiar pecados, para apagar linternas. Blanco, rojo y azul. Mejor dejar el plano atrás.

Resuelto el puzle, la enésima callejuela guía a una tienda de otra época. Juguetes de madera, material de escritorio, maquetas… Una persiana baja en el comercio vecino en sintonía con el sol. El tiempo lleva décadas de vacaciones en Sintra. La niebla vuelve a casa, pero el visitante sigue despierto, muy despierto. Partiendo con el deseo inmediato de desandar. Apurando el último café a ritmo de Berlioz. Y lanzando el penúltimo ‘hasta luego’.

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