Retratos de Hollywood (I): James, Ingrid y Monty

James Dean, que estás en el silencio | por Esther Dávila

Un hombre muere joven. No hace falta que deje un bonito cadáver (nadie lo deja). Tampoco es necesario que haya vivido su poco tiempo deprisa (quién sabe qué significa eso). El caso es que alguien con algún talento más o menos excepcional se despide de la vida en su juventud, de manera abrupta. Y es leyenda, mito, símbolo. Surgen los primeros fastos póstumos a los cinco años, luego a los diez, a los veinte, veinticinco, después nada hasta los cincuenta, y en adelante de década en década. Así se mide el recuerdo, o más bien, se utiliza el recuerdo como medidor de relevancia, nazca esta de donde nazca. ¿Pero qué se celebra? La vida, se entiende. ¿O no? Lo que el difunto fue, lo que pudo haber sido. ¿Seguro? El recuerdo, el ideal.

Si hay un joven cadáver célebre ese es el de James Dean. Es el símbolo de los jóvenes muertos. El caminar solitario por Manhattan, el cigarro al borde del tímido precipicio de sus labios, las ojeras melancólicas, la mirada a millones de años luz. [Leer más]

Los dos vuelos de Ingrid Bergman | por Luisen Segura

Una noche de la primavera de 1948 Ingrid Bergman y su marido, Petter Lindström, acudieron a una sala de cine de Los Ángeles. Ella era la actriz más prestigiosa de Hollywood —ya había rodado Casablanca y recibido su primer Oscar, por Luz que agoniza—. Él, un respetable neurocirujano. Ambos, padres de una niña nacida diez años atrás. La película que iban a ver aquella noche cualquiera de una más de tantas primaverales primaveras en sus vidas era Roma, ciudad abierta, del director italiano Roberto Rossellini. El film del italiano era, tal vez, la película menos adecuada para una noche feliz en la estación de las flores. Se trataba de un film en las antípodas de los de Hollywood, duro, social, vivo, un puñetazo a la conciencia en el que los personajes sudaban como en la vida real, y sangraban como se sangra cuando se muere en la guerra. Al salir de la proyección algo importante se había puesto en marcha en el interior de Ingrid Bergman. No sabía qué era, o lo sabía pero le resultaba ridículo reconocérselo a sí misma. Para estar segura, acudió a la proyección de otra de las películas de Roberto Rossellini, que por aquel entonces estaban pasando en los cines de la ciudad, de título Paisà. Después de la segunda experiencia ante un film de Rossellini, la Bergman lo tenía claro, sus mejores temores se confirmaban: estaba enamorada del creador de aquellas historias, necesitaba conocer a Roberto Rossellini. [Leer más]

Los paseos de madrugada de Montgomery Clift | por Eduardo Corrales

Sus padres le educaron para ser lo más parecido a un príncipe en un país sin realeza, los Estados Unidos. Colegios de pago, clases de golf, viajes a Europa. Querían que Edward Montgomery adquiriera un halo distinguido que hiciera destacar la herencia de la familia por sobre el resto de los de su clase. Y el chico tuvo algo de ese porte, una especie de afectación y delicadeza que le hacían diferente, y que le hicieron destacar en aquello a lo que decidió dedicarse, que nada tuvo que ver con los negocios familiares ni con el prestigio de alguna profesión liberal. Era especial, pero no del modo que sus padres hubieran deseado. Leía a Chejov, como ellos querían, pero no se envanecía por ello, y cuando terminaba su lectura caminaba solo hasta algún antro de Christopher Street, en Nueva York, donde se emborrachaba y se drogaba, y donde participaba, a veces, en orgías con otros hombres. A los 45 años, pareciendo un hombre más viejo, Montgomery Clift murió de un ataque al corazón, solo y desnudo en su cama. [Leer más

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