Marguerite Yourcenar, la gran dama en su laberinto

Como muchos lectores españoles conocí a Marguerite Yourcenar por medio de las Memorias de Adriano, y esto muchos años después de que se publicara en Argentina la luminosa traducción hecha por Julio Cortázar. No pretendo ser original al decir que me deslumbró. Es cierto que antes había visto, en algún cine de arte y ensayo, la película Coup de grace, sobre la novela del mismo título, pero, aunque me había interesado y perturbado este relato, no me empujó hacia la autora, o no llegué a darme cuenta de la autora que había detrás. Esto pasa a veces con las películas. Así pues, descubrí con las Memorias de Adriano uno más de los variados mediterráneos que se van descubriendo a lo largo de la vida, y luego, seguí. Más o menos treinta años después, he vuelto a leer aquel libro y la impresión ha sido aún mayor, aunque ya desprovista de sorpresa. No es un manual para políticos, como con cierta cortedad de mente alguna vez se ha insinuado, aunque, como es bueno y deseable que los políticos sean cultos y sensibles, estaría muy bien que lo leyeran. Es una inmersión en profundidad en un ser humano situado en primera línea en un momento histórico singular, la Roma de los Antoninos, la etapa de mayor esplendor y buena gobernanza del Imperio romano (según Gibbon, “la época más feliz de la humanidad”, aunque este juicio parezca extremado). Además de la mucha información que recibimos, pocas veces igualada en un texto de historia, sobre aquella Roma, lo que importa es el enfrentamiento consigo mismo del personaje y la imagen que quiere transmitir a una persona de su máxima confianza cuando está al borde de la muerte. Es un hito en la novela histórica, no siempre entendido y aprovechado por quienes han cultivado el género después.

Marguerite Yourcenar.

Marguerite Yourcenar (Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour), de noble familia franco-belga, perdió a su madre al nacer y toda su educación estuvo dirigida por su padre, un singular personaje de agitada vida, cosmopolita y muy culto, con el que tuvo una relación intensa, aunque no siempre fácil. Gracias a él, antes de llegar a la adolescencia había leído tanto a los clásicos como a los mejores autores del momento (estamos antes de la guerra del catorce) y entendía el latín y el griego clásico. Esto puede explicar la belleza de la prosa de su primera novela, Alexis o el tratado del inútil combate, aunque difícilmente la profundidad de los sentimientos que tal obra expresa, sorprendentemente reflejados por una joven escritora de veinticuatro años. También sorprende el tema elegido, la confesión de un hombre a su esposa de su homosexualidad y de los motivos del fracaso de su matrimonio, para terminar con esa frase terrible: “No te pido perdón por dejarte, sino por no haberlo hecho antes”.

Tras el éxito, raro en una opera prima, de Alexis, vivió íntegramente dedicada a la escritura una vida agitada y nómada, cuyas vicisitudes se pueden encontrar en las contraportadas de sus libros, así que aquí están de más. Escribió novelas, cuentos, teatro, ensayos y poesía, y fue la primera mujer a la que la Academia Francesa acogió en su misógino seno. Bien es cierto que esto no ocurrió, y no sin graves tensiones, hasta 1980, cuando contaba 77 años y era ya reconocida como una de las cumbres de la literatura francesa del siglo XX.

Como novelista, sitúa casi siempre a sus complicados personajes y sus aún más complicadas relaciones en escenarios históricos del mayor interés. Ocurre con Adriano, como ya se ha dicho. Ocurre con Opus nigrum, cuyo protagonista, ese médico y filósofo Zenon, posible contrafigura de Miguel Servet, es un símbolo de la lucha entre el pensamiento libre y la intolerancia religiosa en el siglo XVI. Y ocurre también en Coup de grace (Tiro de gracia) enmarcada en la guerra entre rojos y blancos en los países bálticos en 1919-1920. Cada una de estas novelas merecería el nombre de obra maestra, si no fuera por no desgastar este calificativo. Pero no nos engañemos: no se trata de ‘novelas históricas’ en el sentido que se suele dar a esta palabra, aunque sin duda lo sean, sino de relatos sobre personas cargadas de pasiones, amor, odio, dudas y remordimientos, que además están viviendo un momento de la historia cuya complejidad e influencia sobre ellas no se elude.

En este sentido, hay que destacar la utilización de la primera persona como fórmula narrativa. Tanto Alexis, como Memorias de Adriano y Tiro de gracia están construidas así, y la introspección en sus protagonistas (tan diferentes entre  ellos y tan diferentes de lo que fueron los avatares de la propia vida de la autora) es lo más interesante de ellas. Son novelas sin apenas diálogos, o directamente sin diálogos, en las que el monólogo del narrador lo llena todo. Un narrador siempre masculino, de forma que la triste vida de Monique, en Alexis, o la tragedia de Sophie, en Tiro de gracia, nos llegan a través de las opiniones y sentimientos de los hombres que las han causado. Unos hombres que, mal que bien, sobreviven al daño hecho.

Vamos a detenernos en Tiro de gracia, quizá menos conocida en España. Eric, el protagonista-narrador, es un oficial alemán del ejército blanco, que más tarde seguirá participando en diversos enfrentamientos con el bolchevismo, pero que, según propia confesión, no se mueve por un ideal, sino por espíritu aventurero y, eso sí, por odio al comunismo. Aquellas guerras bálticas están narradas con precisión, en su sordidez y falta de grandeza, pero el argumento central es la historia del amor de una mujer por un hombre que la rechaza y las trágicas consecuencias a que lleva este amor en el escenario elegido. Con la profunda amistad de este hombre por el hermano de ella, lo que insinúa un perverso triángulo. Lo que hay que destacar, como se acaba de decir, es que la sensibilidad femenina de la autora ha elegido relatar este triste cuento desde el punto de vista del hombre, un hombre no especialmente sensible, y es a través de sus palabras como tenemos que llegar a los sentimientos de la mujer frustrada. La habilidad de la escritura en este libro dolorido es que incluso podemos comprender, o intentar comprender, a ese Eric que, de ninguna manera, nos puede resultar simpático.

Por lo que se ha dicho, se puede deducir que Marguerite Yourcenar se encontraba en un mundo que intentaba comprender en esa doble dimensión que forman la historia y las personas que la habitan. Un mundo laberíntico con el que se enfrentó en las últimas dos décadas de su vida por medio de su obra final, quizá la más bella e interesante salida de su pluma. A veces se ha presentado como unas memorias, pero a uno le sorprende la pobreza del término ‘memorias’ para aludir a los tres volúmenes de El laberinto del mundo. No es una novela, sin duda, pero el interés novelístico de cuanto narra hace empalidecer cualquier ficción que hayamos leído. Marguerite Yourcenar intenta dar respuesta a esa realidad, tan vieja, tan evidente y tan olvidada: que nadie puede elegir el lugar y el tiempo en que nace, ni el marco familiar en que lo hace. Y para ello invierte una parte importante de su vida en la investigación de sus antecedentes para relatarlos después en lo que, además de una nada convencional crónica familiar, es una apasionada visión de esa parte del mundo que es Europa.

El primer volumen, Recordatorio, comienza con su parto y la muerte de su madre como consecuencia del mismo, para, a partir de ahí, reconstruir la historia de su familia materna en la Bélgica valona, remontándose a la Edad Media, con una impagable secuencia sobre la Lieja episcopal y sus turbulencias sociales. O unas estremecedoras páginas sobre la revolución francesa y el líder jacobino Saint Just. Y por en medio, sus tatarabuelos, aquellos de los que ha conseguido encontrar huellas, reconstruidos con imaginación, impregnada de ternura, en sus preocupaciones y su existir cotidiano. Cuando llegamos a los más cercanos (sus abuelos, sus tíos abuelos…) nos encontramos con una espléndida imagen, nada condescendiente, de la vida y costumbres de las clases altas en el siglo XIX y principios del XX. Su acercamiento a las figuras de estos personajes está tan llena de sentimiento y comprensión como desprovista de sensiblería. Para concluir en el emocionante capítulo dedicado a la madre que no conoció, situándola siempre en el tiempo que había vivido, y el encuentro con su padre para iniciar un matrimonio que duró apenas tres años.

Similar orientación tiene el segundo tomo, Archivos del Norte, dedicado a la familia paterna. A partir del siglo XVI, encontramos a sus antepasados en las grandes, y trágicas, coyunturas de Europa, las guerras de religión, la revolución francesa… para, al llegar a su abuelo, a la altura de 1840, tomar el vuelo de lo que se podría llamar una gran novela, si no fuera porque lo relatado corresponde a vidas reales. Pero qué es una gran novela. Es mejor no intentar clasificar este ‘laberinto’, y adentrarse en él con el espíritu abierto, no sólo para saber de dónde viene Marguerite Yourcenar, sino de dónde venimos todos. Se está hablando, por supuesto, de los europeos, o los que nos sentimos como tales. Entre lo mucho a destacar está la implacable descripción de la alta burguesía provinciana en el Segundo Imperio y en ella, casi como un símbolo, el duro retrato de su odiosa abuela paterna, cruel, seca, vacía y dominante. Aquí habría que añadir, como inciso, que uno encuentra muchas similitudes entre esa sociedad y lo que sabe de esa misma clase en España en aquellos tiempos. El resto es la historia del interesante personaje que fue su padre, hasta concluir, como el volumen precedente, en el encuentro y matrimonio con su madre.

El tercer volumen, ¿Qué? La eternidad comienza con ella, un bebé en su cuna, atendida por un solícito y desorientado padre cincuentón. Y es en realidad la vida de este padre en el cuarto de siglo que le queda todavía lo que constituye el eje principal de la obra. Hay que decir que el personaje, en la relación con su hija, en su cultura, en su dependencia del juego, en sus amores y desamores, en su falta de sentido práctico y en sus arrebatos, es verdaderamente fascinante. Y por detrás, Europa. Una Europa que llega hasta la guerra del catorce y la revolución rusa, porque el libro está inacabado por la muerte de la autora, lo que hace que sus recuerdos personales alcancen apenas a la adolescencia, aunque ciertamente ha aparecido con sentimientos y opiniones repetidas veces en las páginas anteriores de los tres tomos. Y es interesante observar que en estos recuerdos encontramos las claves de libros tan singulares como Alexis y Tiro de gracia. Estamos caminando por un laberinto, pero un laberinto lleno de pistas.

Puede parecer absurdo en un volumen de 800 páginas, que es como con buen criterio ha publicado Alfaguara en español los tres títulos de El laberinto del mundo, recomendar detenerse de vez en cuando para saborear una frase, un párrafo, o un pequeño conjunto de páginas. Pero si se hace así, el placer, mezclado con un algo de desasosiego, está asegurado.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies