La temperatura en los ascensores españoles

Podría ocurrir en cualquier momento y no es cuestión baladí: se acabaron las insustanciales charlas meteorológicas en los ascensores españoles, el encuentro de medio minuto con el vecino o el compañero de trabajo en el elevador es propicio para un solo tema… la lucha de clases y el fin del sistema. Ojo, parece de locos, pero podría ocurrir… de darse una serie de condiciones subjetivas en la organización política y social de los millones de trabajadores españoles. Vale, no se dan y están lejos de darse. Pero todo empieza por algo. Y que en plena ola de frío polar en España, con todos los recursos periodísticos concentrados en la inusual estampa nevada de la costa levantina, en la felicidad de los niños sin colegio y los adultos que nunca vieron la nieve, los monopolios eléctricos suban el precio de la luz a máximos históricos ha generado una coincidencia de miradas aviesas en el encuentro social con nuestros semejantes. La coincidencia de ambos hechos en el tiempo le hace un extraño al plan de subyugación sostenido sobre tertulias televisivas y programas del tiempo. Todo seguirá como hasta ahora, pero el sistema debería mirarse sus abusos, si no quiere que lo innombrable comience a escucharse.

Hace solo unos días el precio del megavatio/hora era de 51€, esta semana ha alcanzado los 92€. A poco que se oiga algo sobre los motivos de tal subida, lo que se caldea es la indignación hasta en el más aquiescente. Que los costes no suben para las eléctricas y que la subasta que determina los precios cada día fije tarifas según la última oferta, es decir, según la más cara, es un disparate. Un disparate tan absurdo como propicio para generar enormes beneficios a los dueños del sistema eléctrico, y tan propicio como desconocido para la mayoría de la población, hasta estos días. Eso unido a que el mercado eléctrico está copado por cinco grandes monopolios —Endesa, Iberdrola, Gas Natural Fenosa, EDP España y Viesgo— ha generado una cierta unanimidad espontánea en la opinión pública: un recurso básico como la electricidad no puede estar en manos privadas. ¡Ahí está! ¡La lucha de clases! Y no de cualquier manera, no en clave de lucha económica básica, sino abriendo el debate de las nacionalizaciones, es decir, de la planificación y el papel del Estado. A poco estamos hablando del sistema económico, y no solo de las puertas giratorias. El siguiente paso sería saltar de la nacionalización a la socialización, es decir, del carácter de clase del Estado. Porque un Estado que controla la gestión de los recursos energéticos, pero lo hace para terminar favoreciendo los intereses de los monopolios empresariales, cambia poco el panorama. 

De lo que se está hablando esta semana, se quiera o no, se sepa o no, en los ascensores españoles, no es de otra cosa que de clases sociales y de una agudización de la lucha entre los intereses de los monopolios —extraer el máximo beneficio económico— y los intereses de las familias trabajadoras —no morir de frío, entre otras cosas—. El sentido común inclina la balanza del debate hacia las razones de quienes consideran que la energía de un país debe servir para hacer más fácil la vida del pueblo, y no para generar beneficios económicos a cinco empresas a costa de negar el bienestar de la mayoría social. Qué hermoso sería si la charla del ascensor saltara a la calle de manera organizada. El frío es algo objetivo, el expolio energético también lo es. Eso ya está ahí. Ahora faltan los factores subjetivos que cambien lo que hay. Pero ese es otro tema, bastante más caliente, y bastante más congelado (por desgracia).

22 de enero, 2017.

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