‘La La Land’, o el material del que están hechas las contradicciones

La La Land (2016) / Imagen: Summit Entertainment/Gilbert Films/Impostor Pictures/Marc Platt Productions.

Hacía mucho que no me encontraba tan perdido con una película como después de ver La La Land. Iba preparado para mostrarme tajante al término de la proyección: o es un peliculón o es un cliché. Y salí noqueado por lo brillante de sus fuegos de artificio. Traté de resistirme a los planos secuencias perfectamente coreografiados, a las secuencias de fantasía, al barroco colorido, a la química y buen hacer de las dos estrellas protagonistas. Traté de resistirme a todo el dinero muy bien aprovechado de la producción, y rascar en el fondo de la historia, para ver cómo resistía la perfección técnica la mayor o menor consistencia de un algo que contar. Y ahí está el problema, la historia de La La Land no puede ser más convencional, esa enorme colección de clichés que sus detractores airean con virulencia es real. Tan real, tan burda y tan extrañamente insertada en un maravilloso paquete estético, que no puede creerse. 



La La Land se presenta como un homenaje posmoderno a los músicales del Hollywood clásico. En este sentido, hace las delicias de los incondicionales del género más hortera y cinematográfico que pudiera haber. Porque el musical es hortera —o kitsch, que es lo mismo, en sus experimentos más divergentes—, pero a la vez el paradigma de todo lo que da de sí el cine. Desde su primera secuencia, Damien Chazelle demuestra que la cámara no es un problema para él, y que lo que vamos a ver es un espectáculo que se gusta en su grandiosidad. Cuenta para el intento con dos figuras sobresalientes, dos de los mejores intérpretes de la generación más joven de Hollywood: el pluscuamperfecto Ryan Gosling y la superadorable Emma Stone. Además, ambos en estado de gracia, especialmente ella, aportando matices y sutilezas en cada primer plano con tanta naturalidad que llega a comerse a su compañero, un Gosling que debiera empezar a vigilar eso de acomodarse en el papel de desdichado chico perfecto. Con eso tenemos dos terceras partes de lo necesario para cocinar una gran obra, solo falta una historia con sustancia. Y ahí surge la contradicción de La La Land, al plantear el más simple desarrollo de una muy convencional historia de amor. Chico y chica se encuentran —siempre casualmente, hasta la inverosimilitud—, chica y chico son felices y tienen sueños, chico y chica tienen problemas, se separan y dos opciones: o hacen las paces y comen perdices o cada cual por su lado y qué final más triste. Como si quisiera llevar el estilo cartón-piedra de la dirección de arte y el estilo narrativo al guión, Chazelle propone un cuento tan prototípico que no encaja. El final no desvela si el mensaje en positivo es el de perseguir los sueños cueste lo que cueste, cual buen emprendedor, o una reflexión amarga sobre el culto al éxito. A mí no me queda claro y por eso estoy perdido, cual Rick en Rick’s, cual Seb en Seb’s.

¿Puede que La La Land sea un peliculón y a la vez una tontería? ¿Puede que sea un homenaje a las palomitas y un cuento alternativo? Todo es una contradicción con esta peli. Ni Emma Stone ni Ryan Gosling tienen voces prodigiosas, pero uno podría escucharlos en bucle cantar ese himno romántico eterno que es ya City Of Stars. Son las cosas del cine. La única conclusión con pretensiones mínimamente sesudas que extraigo de La La Land es que el cine sigue siendo muy joven, algo que a menudo se nos olvida. Es un arte en construcción, tan vivo e impulsivo en su desarrollo que aún no permite saber qué capítulos de su historia serán recordados. Es difícil saber si La La Land se salvará de la quema del tiempo. Dejemos que pasen, por ejemplo, cinco años….

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