La colección del Doctor Robert

Ese jodido vibrato me mata. ¿Cómo lo hace ese hijoputa? Miles cabecea. Miles sacude la cara hacia los lados y algunas partículas de saliva, de las que se han librado de viajar por el principesco tobogán de su trompeta hasta las puertas de la sordina, vuelan acompañando su admiración incrédula hasta las mangas de la americana de Bill Evans. Algunas otras se depositan en la espejada negrura del piano. Las restantes se autodestruyen ordenada y resignadamente, empapando la moqueta de los estudios de Columbia Records en Nueva York con el maldito ADN de un dios ese día de abril de 1959 en que la primavera coincide por primera y última vez en la historia de la Humanidad con la grabación de Kind of blue. Sí. Esa jodida obra maestra.

Y Miles sigue sin saber, a la mitad de All blues, cómo es posible que salga eso de un tenor. Es un hijoputa negro el que está detrás soplando, ¿no? ¿Se la está chupando alguien para sonar así de celestial, acaso? ¡No! Mil noes serían pocos noes. Pero así suena. Embelesado asiente mientras envidia, busca el uno de cada compás para malearlo a su antojo y reta a Coltrane, persiguiendo envidioso casi la toma fallida. Repetir. Quiere verle fallar y darse el lujo de regrabar para volver a oír ese vibrato extraterreno que hace de la lengüeta de ese saxo, enterrada en la boca del puto Trane, el elemento humano de más importancia de todo el orbe en ese instante, en el 30th Street Studio de New York, en esa primavera norteamericana que no imagina la que se le viene encima. Miles siente la urgencia de la nicotina y el opio. Sacia la primera en un descanso. Mientras, Coltrane deja reposar el saxo en el atril y saca su pañuelo para empapar una gota de sangre que brota de sus labios. Se duele y tuerce el gesto de forma visible.

John Coltrane, Cannonball Adderley, Miles Davis y Bill Evans, 1958. Foto: Dun Hustein.

Miles se acerca a él curioso y con una sonrisa burlona. Un diente móvil es el culpable. Ese inigualable sonido entre trémulo y poderoso, que tiene tanto de viril y tanta ternura a un tiempo. Ese sonido que dan ganas de arropar si no fuera porque te aplasta cuando estás en su presencia. Ese sonido que contiene todos los sonidos sin ser ninguno de ellos. Ese timbre supremo que hace dudar a Davis en sus entradas y salidas de solo como nadie había conseguido nunca. Ese… proviene de una pieza dental que se cansó de seguir anclada a una encía. Y Trane no está tan exultante como Miles. Le preocupa más ahora su salud dental que la jodida historia del jazz. Algo no marcha, piensa el jefe. Eh, Trane, ¿qué tal si volvemos ahí adentro con el resto de los cats y terminamos esta mierda antes de cenar? Después podemos ir a tomar unos tragos. Pero el gran hombre no parece estar por la labor. Le duele. Tocar le duele. Y así no puede salir bien. Ha de ir a ver a un doctor. Será un momento. Volverá luego y podrán terminar. Miles se encoleriza. ¡Volverás luego sin el puto, majestuoso e irrepetible vibrato, Trane! ¿No lo pillas? ¡La madre naturaleza o tu jodido karma o las alineaciones de planetas de los cojones nos han dado la bendición de que estés aquí con tu diente mellado y con ganas de bailar! Y tú pretendes ir a un matasanos a que te extirpe un vibrato. No me lo puedo creer, Trane. Tirar así un regalo de esa magnitud.

Mientras Miles Davis enloquecía con su diatriba odontológico jazzística, John Coltrane se ponía la americana y enfilaba decidido el pasillo dejando atrás puertas batientes batiendo todo lo que se espera de ellas en una coreografía que mostraba de forma muy aleatoria la imagen del gran saxofonista… yéndose.

Miles maldijo un buen rato en voz muy alta. Se acercó primero Cannonball. Tras él, Evans. Y después los otros. Preocupados por los gritos del jefe. Él, fumando un pitillo tras otro, señalaba las puertas que apenas batían ya y repetía su estribillo: “por esas putas puertas se ha ido uno de los mejores sonidos de saxofón de la historia”.

La consulta del Doctor Robert era diáfana. Atendida por una recepcionista pelirroja que se sorprendió al ver entrar una montaña de ébano tan bien vestida. Los pacientes que esperaban llevaron sus manos de forma instintiva a aquellas partes de su cuerpo o a aquellas pertenencias que más apreciaban. Trane iba tan dolorido que ni siquiera reparó en ello. La enfermera hizo lo posible para que fuese atendido de inmediato. No quería una sala de espera con mezcla racial.

El Doctor Robert, lejos de extrañarse o incomodarse, tendió su mano de forma respetuosa y dijo sincero: “es un honor para mí, señor Coltrane. Soy un rendido admirador de su obra”.

Tras una inspección minuciosa, el dentista aconsejó la extracción. No había posibilidad alguna de mantener la pieza en su sitio. Trane accedió y en unos minutos el diente reposaba sanguinolento en una bandeja de aluminio. El doctor insistió en no cobrar la intervención, a pesar de la insistencia del paciente, a cambio de la promesa de una mesa de proscenio en alguno de los clubs de la calle 52 en los que solía actuar el famoso intérprete. Trane desapareció tras la puerta de aquella consulta, rumbo de nuevo al estudio de grabación.

La enfermera entró nerviosa en la consulta. Sus ojos chispeantes preguntaron antes que ella. El Doctor Robert sonreía muy satisfecho. Pero al final la voz femenina surgió tras el entusiasmo: “¿qué tenemos hoy, Robert?”. Una pregunta llena de lasciva curiosidad.

El doctor tomó el diente, lo desinfectó con cuidado, se giró y abrió un gran cajón a su espalda. Así, sin mostrar a su ayudante su rostro, cargando aún más de suspense el breve instante, contestó con voz grave mientras lo depositaba al lado de sus otros tesoros: “nada menos que el vibrato de Coltrane”.

Y lo miró detenidamente. Una nueva joya. Al lado del quejido de Billie Holiday, el traspiés de Chaplin, la bocanada de humo de Ava Gardner, el bostezo del Che Guevara, el susurro de Gandhi

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