“El Ku Klux Klan se llevó a mi chica”

The Ramones, 1981. Foto: Sire Records/Getty Images.

“Ella se fue de vacaciones / dijo que iría a Los Angeles  Pero nunca llegó allí / El Ku Klux Klan se llevó a mi chica”

Antes de ser fagocitados por una gran masa insulsa y desinteresada, y su logo convertirse en el fetiche textil de la temporada. Antes de que cualquier expresión de rebeldía se convirtiera en una frase estampada en una camiseta hecha por las manos de una niña en Bangladesh, existió una banda de Rock & Roll. Para algunos la más grande, para muchos pionera, para otros inaudible. Un plato a priori sencillo de cocinar: al grito de One-Two-Three-Four tres acordes y una simple melodía vocal. Cortes de pelo a lo Cleopatra, vaqueros rasgados, viejas zapatillas de basket y chupa cruzada de cuero. Sus miles de imitadores demuestran cada día que no todo el mundo sabe manejar con buen gusto y acierto los mismos ingredientes, por muy elementales que éstos a uno le parezcan, la tortilla nunca sale igual. The Ramones, primeros conocedores de sus limitaciones y de sus virtudes, supieron preparar un plato original, primitivo y contundente.

Las desavenencias en el seno de la banda también se fueron cociendo a fuego lento desde sus inicios (a mediados de los 70), hasta que las relaciones entre sus componentes quedaron del todo calcinadas. Tommy, el batería, sería el primero en abandonar el barco. De talante reflexivo y poco combativo, prefirió apartarse del día a día del grupo y de la creciente tensión de las giras para dedicarse a labores de sonido y producción. Dee Dee, quien mejor representó (y hasta las últimas consecuencias) el espíritu Ramone, ya estaba enganchado hacía tiempo a la heroína. Chico de barrio, impulsivo y cabezota, el Rock & Roll le permitió poder pagarse los vicios en vez de tener que seguir poniendo el culo entre la 53 y la 3 (antiguo paraíso de la prostitución masculina en Manhattan). Si Dee Dee era las vísceras, Jeffrey Hyman (a.k.a. Joey Ramone) era el corazón. Vocalista miope, larguirucho y desgarbado. Heredó de su madre una especial sensibilidad artística, así como un trastorno obsesivo compulsivo, el cual era difícil de ocultar en esa carcasa tan característica que era su cuerpo. Hombre socialmente comprometido y en las antípodas de las políticas represivas de su gobierno, encontró a su antagonista en la figura del guitarrista de su propia banda: John William Cummings, más conocido como Johnny Ramone. Cerebro y ejecutor de la maquinaria ramoniana. De puño rápido, irascible, patriota y conservador. Imposible extraer una sonrisa de esa mandibula recta e inmutable, en perfecta consonancia con sus ideas políticas.

Pero como si de una de sus propias canciones se tratara, en este carrusel de desencuentros y enemistades, faltaba la chica. La sal que se esparcería por la herida abierta de la banda se llamaba Linda. A un tipo tímido y de carácter afectado como Joey, le costó superar ver cómo su antigua novia, Linda Daniele, caía en los brazos de su inseparable compañero y archienemigo Johnny. Lo que empezó siendo un noviazgo acabaría en boda en 1984. Tras las controvertidas nupcias, los Ramones seguirían girando y grabando hasta 1996. Sin duda, tal hecho no mejoraría el clima interno de la banda, aunque en cierta forma tampoco lo empeoró; dado que Joey y Johnny hacía años que no se dirigían entre ellos la palabra. Obligados a verse las caras el resto de sus días sin soportarse y con el recuerdo de Linda presente en cada fortuito encuentro de sus esquivas miradas. Fue entonces (en su sexto album Pleasant Dreams) cuando, a modo de infantil y soterrada venganza, Joey escribió aquella letra que decía: “el Ku Klux Klan se ha llevado a mi chica”. La ecuación tenía que ser rápida y sencilla de resolver, como era marca de la casa. Si Joey era X (el abandonado) y Linda Y (la chica): Johnny era claramente la triple K. La epítome de la crueldad y de la injusticia encarnada en el hombre severo de la Mosrite blanca. Joey aquí se regocija en su derrota. Es el dulce perdedor, el eterno adolescente incomprendido por la chica y por el mundo. Johnny, al contrario, es el malo que siempre acaba ganando. El neoliberalismo personificado, el hombre de negocios implacable y constante. La victoria de la razón sobre el corazón. Digamos en defensa de Linda y Johnny, que su amor (republicano o no) duraría veinte años, hasta el día de la muerte del guitarrista.

Bien es cierto que hay voces cercanas a la banda que siguen apuntando que el asunto no iba por esos derroteros; si no que la susodicha canción estaba inspirada en una chica negra llamada Wilna, de la cual Joey estuvo enamorado. Los padres de ella nunca aprobaron la relación con el desgalichado cantante. También se dijo que trataba sobre un episodio que Joey padeció, siendo solo un muchacho, durante su estancia en el psiquiátrico. El rock, es sabido, está lleno de estas mitologías y casiverdades, cada cual tome la que le plazca, pues para eso están.

A día de hoy, las camisetas y las chapas siguen vendiéndose a buen ritmo, los discos no tanto. De todos los personajes aquí expuestos solo queda con vida Linda. También ha tenido a bien sobrevivir la alegre melodía que acompaña la canción, la cual resta cualquier dramatismo a lo previamente narrado. Con ese riff de guitarra (sacado descaradamente de He’s a Whore de Cheap Trick) que transmite vital optimismo y que entonces funcionó de bálsamo para el afligido Joey; hoy quizás logre servir de remedio para el ocasional oyente, al menos durante los escasos dos minutos y medio que dura The KKK Took my baby Away.Un breve y dulce exorcismo en forma de canción, ¿pues no se trataba de eso el Rock & Roll?

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