Dieciséis con ochenta

Una de las cosas que más me gustaba era hacer la compra un miércoles o un martes, salir cuando la tarde había caído y cargar bien el carro de todo tipo de alimentos, helados, cervezas de importación, pan de buena calidad y cosas innecesarias, como sales de baño o servilletas de colores. Me gustaba cerrar el maletero sobre las innumerables bolsas y volver con calma a casa, a llenar el frigorífico ordenadamente. Hacía algún tiempo que eso no ocurría.

Estiré las sábanas y coloqué mi almohada. Cambié la bolsa de la basura. Toqué un poco el cuadro del pasillo para ponerlo recto. Miré por la ventana. Abrí la nevera. Una cosa era llevar la ropa sin planchar, y otra tener la nevera vacía, no por falta de dinero. Era tan poco lo que había dentro que se hacía fácil de memorizar. Tiré unos yogures y una lechuga. Tenía tres cervezas, un paquete de mantequilla, un preparado de judías verdes con patata, un par de cartones de leche medio vacíos, un frasco de mermelada de fresa y una garrafa de cinco litros de agua. Eso era todo, no abrí el congelador porque sabía que nada tenía dentro. Eran las seis de la tarde, apenas quedaba una hora de luz. No podía seguir así, me dije.

Fotografía de Jerome Sessini, Magnum Photos.

Dejé el coche en el parking del supermercado y cogí un carro. No había demasiada gente, dos cajas abiertas y nadie esperando para pagar. Crucé el pasillo de droguería sin detenerme, eché un vistazo pasajero, no se me ocurrió nada que necesitara. Sin embargo, estaba dispuesto a comprar lo que fuera con tal de ver el carro lleno. Di la vuelta por el pasillo contiguo hasta llegar a la línea de cajas, pareciendo más un inspector de sanidad que un cliente. La vitrina de los licores estaba cerrada bajo llave, me acerqué a la cajera a preguntarle.

     —Disculpa, quería una botella de whisky.

La chica salió de la caja y se acercó.

     —¿Qué marca?

     —No lo sé —dije, sólo sabía que quería un buen whisky, para beberlo con calma—. ¿Qué cuesta éste?

     —Dieciséis con ochenta —respondió ella, leyendo la etiqueta.

     —De acuerdo, ese estará bien. Gracias.

La muchacha cerró la vitrina y regresó a la caja. Cogí la botella y seguí mi camino, listo para coger absolutamente de todo. Pero las palabras de la cajera reverberaron en mi cabeza y, como un acto reflejo, me eché la mano al bolsillo del pantalón. Había olvidado la cartera y lo único que llevaba era un billete de veinte. Parecerá exagerado, pero son esas pequeñas zancadillas las que terminan por derrumbar vidas enteras. Podría acercarme a casa a por dinero, pensé. ¿Qué otra cosa hacer?

Di la vuelta y me acerqué nuevamente a la cajera.

Perdona, solo llevo un billete de veinte encima. Descontando los dieciséis con ochenta del whisky, me quedan tres con veinte para comprar algo de comer. ¿Podrías recomendarme alguna cosa?

Seguramente pensó que no le pagaban bastante para aguantar aquello, a pesar de todo, salió de la caja y señaló con el índice hacia el pasillo de las conservas.

     —Tienes para dos latas de york o de pavo y un paquete de arroz, por ejemplo.

     —No me gusta demasiado el pavo —dije, sonriendo.

En verdad me daba igual, el pavo no me apasionaba pero podía comerlo, como tantas cosas. La chica se quedó en silencio, pensativa, quizás despreciándome, tal vez pensando realmente qué otra cosa para comer podía comprarse con tan poco dinero, quizás dilucidando si era uno de esos clientes misteriosos que mandan las empresas para testar a los empleados. En el supermercado no tenían el hilo musical acostumbrado de las grandes superficies, sino la radio, una emisora musical a bajo volumen, interrumpida únicamente por los mensajes internos de la tienda, como “oferta dos por uno en productos de droguería” o “señorita Ruth acuda a caja dos”. La chica seguía pensativa.

     —Déjalo, has sido muy amable. Creo que solo me llevaré el whisky —dije al fin, justo cuando ella parecía decidirse.

Me miró fijamente unos segundos, no pude mantener la mirada, ni siquiera lo intenté.

Una de las cosas que más me gustaba era hablar con la gente, dar la gracias a algún desconocido y sentirme correspondido en un acto tan sencillo. La cajera volvió tras la cinta, su mirada no expresaba odio ni desprecio, sencillamente me cobró y me fui. ♦︎

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