Contemplación, escucha y ‘Paterson’

Paterson (2016) / Imagen: Amazon Studios / Animal Kingdom / K5 Film.

En pleno invierno, hay días en los que la niebla no se levanta en todo el día, lo que hace que la realidad adquiera un tono plateado. En esas jornadas, releo fragmentos de obras con el fin de encontrar alguna frase o palabra que adquiera un nuevo sentido por el reflejo de la luz de la calle.

A veces, me topo con algún destello iluminador que hace que tropiece y vuelva la mirada a la calle, quieta. Y me pongo a pensar en la velocidad cotidiana de nuestras vidas: las idas, las venidas, los caminos a medio hacer, que son mayoría. El camino y sus impedimentos; y pienso en que debería hacer un recuento —demencial— de los momentos en los que he tropezado, anotarlos uno a uno. Y entonces, me acuerdo de Paterson, de Jim Jarmusch.

En ella, su protagonista, Paterson (con una muy buena interpretación de Adam Driver), que vive en la ciudad homónima, es conductor de autobús que escribe poesía y admira a William Carlos Williams. La vida cotidiana, con su sencillez, posee una belleza que, normalmente, se escapa en el quehacer cotidiano.




La vida de Parterson es simple en cuanto a ejecución, y, aunque no lo parezca, prolífica en cuanto a vivencias. Se levanta a las 6:12, al lado de su pareja, Laura (Golshifteh Farahani), una inquieta mujer que, en hechos también sencillos centra su experiencia vital. Luego, desayuna cereales y va caminando hasta el aparcamiento de los autobuses urbanos, donde su compañero Donny (Rizwan Manji), suele contarle sus problemas.

El recorrido, tanto el del trabajo como la ruta de la ciudad, son siempre los mismos. Pero a lo largo del trayecto, como en cualquier momento del día, vertebra el sentido de su vida desde la poesía que escribe en su inseparable cuaderno. Así que, la aparente sencillez de los versos de William Carlos Williams, son la fuente de la que bebe este film.

La capacidad de observar lo cotidiano sólo se puede hacer cuando uno está a la escucha, como ocurre con las numerosas conversaciones que mantienen los pasajeros en el autobús de Paterson, y que se transforman en pequeñas historias para él.

El día finaliza con el paseo del perro de la pareja, donde la parada en el bar también es costumbre. De esta forma, al igual que los poemas de Paterson, Jim Jarmusch nos presenta una película sin mayores pretensiones en la que hace referencia a dos de sus influencias: el ya mencionado William Carlos Williams y el cine japonés (al igual que su respetado Kaurismäki, fundamentalmente Yasujiro Ozu, representado por otro poeta —Masatoshi Nagase— que visita Paterson). Pero donde la música y los encuadres hacen que la sencillez sea su principal valor.

Si, como dice el protagonista, cuando somos pequeños, lo que se nos enseña es que hay tres dimensiones: altura, anchura y profundidad, la cuarta, que se aprende más adelante, es el tiempo; el cual es la base fundamental de la comprensión de la vida, y, en su transcurso, si estamos atentos, o nos tropezamos, nos muestra la belleza de la cotidianeidad.

Por todo ello, en una caja de cerillas, puede encontrarse un verso.

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