Cariño, la carretera terminará en Katmandú

En los setenta, Bob Seger cantaba aquella idea, tan popular entonces, de que, si alguna vez lograba salir de allí (y «allí» era siempre Denver, L.A., pero podía ser Granada, Madrid, San Sebastián), se largaría a la capital del Nepal. Uno no puede evitar, cuando habla del Himalaya, decir el Nepal y no Nepal, la India y no India, en ese gesto literario tan telúrico que ha acompañado siempre a las grandes narrativas de viajes y que, en el fondo, aporta tanto exotismo como evidencia de desconocimiento. No voy a engañar a nadie: yo no conozco Nepal. Estuve allí un mes, hace dos años, y no llegué a conocerlo. Fue en el agosto más sofocante y lluvioso de mi vida; había terminado la carrera en junio y una chica me había plantado y decidí, como en la canción de Bob Seger, como en las canciones de Janis Joplin, largarme lejos, encontrarme a mí mismo en Katmandú. Era otro gesto literario e ingenuo: uno aprende tarde que solo puede encontrarse a sí mismo en las noches de insomnio, en los buenos poemas, en las mejores canciones, y cuando todo se derrumba.

Katmandú, 2007 / Foto: Jonas Bendiksen/Magnum Photos.

Katmandú era, ha sido siempre, una idea y no un lugar. Lo más parecido al Shambala de los cómics del Dr. Extraño, a donde podrás marcharte cuando ya no quede una sola razón por la que quedarte, y del que regresarás ungido de la magia del Lejano Oriente, cambiado, renacido, como el Ra’s Al Gul de Batman, cuyo palacio se oculta también en las cumbres nevadas del Himalaya. Ya lo ven. No son solo las canciones de los sesenta y setenta: están los cómics. Están las películas. La literatura, de Maugham y London a los Beat, ya en los cincuenta. Místicos, misteriosos, con plantas de marihuana salvaje creciendo al borde de los caminos, India y Nepal se convirtieron en los lugares de peregrinación preferidos del viajero new age en el llamado Overland o Hippie trail, la ruta de Europa al sureste asiático a través de Turquía e Irán (que fue semilla de la primera Lonely Planet). Y cómo no iban a serlo. Katmandú, a mediados de los setenta, estaba repleta de restaurantes y hostales baratos en los que se podía fumar de todo, en los que sonaban constantemente, y a todo volumen, los temas de Bob Marley, Bob Dylan, John Lennon, Jimi Hendrix y Cat Stevens; monasterios regentados por los mismos americanos y europeos melenudos que, años antes, habían rebautizado la calle Jhochhen Tole, convertida ya para siempre en la Freak Street o ‘calle de los raritos’. Y unas leyes laxas, difusas, abiertas al acuerdo con esos extranjeros sedientos de diversión y espiritualidad que se hartaban de pasteles de cannabis, lejos, lejísimos de la sociedad burguesa, del capitalismo occidental. Pero Bob Seger nunca pisó Nepal. En ausencia del lugar, permanecía, para muchos hombres y mujeres que nunca se pagaron el billete, que nunca hicieron autostop en Pakistán, el mito.

Yo también fui por el mito, con el pelo y la barba crecidos a imagen de mis héroes. Fue decepcionante, al principio. La realidad se impone y la idea se queda pequeña, y hay que dejar que esa idea se expanda y ocupe los vacíos, despacio. Por eso la desilusión, en los viajes, resulta a menudo inexplicable y de larga convalecencia. Que la realidad supera a la ficción es un adagio cuyo sentido a veces malinterpretamos: no es solo que la realidad, según qué circunstancias, sea más inverosímil que la ficción, sino que es mucho más vasta y la contiene junto a otras ficciones con las que no contábamos y que ni siquiera entendemos.

Katmandú, 1971 / Foto: Raymond Depardon/Magnum Photos.

El hecho es que Katmandú no era ya lo que había sido. Hoy hay un KFC en el centro de la ciudad y un Pizza Hut en el extremo sur, cerca de Patan, la que una vez fuera ‘Ciudad de la Belleza’. Los permisos para ir a la montaña y hacer las concurridas rutas del Annapurna o del Everest son caros, caducos, y los accesos están controlados por policías y militares que muchas veces exigen la presencia de un guía local para llevar a cabo la expedición. Por Thamel, el barrio de los mochileros, se pasean los sadhus. Los sadhus son los sabios errantes del hinduismo, se cubren la melena y el cuerpo de ceniza, como Shiva, y recorren los lugares sagrados del continente tratando de alcanzar el Nirvana (la ‘extinción’, el apagamiento de la mente, lo que aquí, paradójicamente y por influencia de otras tradiciones, llamamos ‘iluminación’). Entiéndase: estos sadhus de los que hablo no han salido nunca de Katmandú, llevan reloj, tienen horario, se hacen fotos con los turistas y recitan mantras a cambio de la voluntad. En el río sagrado Bagmati, marrón, se siguen bañando los niños, pero en sus aguas se mezclan las cenizas de los muertos que arden en el templo de Pashupatinath (en honor de Pashupati, Señor de los Animales, uno de los avatares más populares de Shiva) con las latas vacías de Coca Cola y los restos de las cajas de cartón del Pizza Hut. Y el denso tráfico, propio de una gran ciudad asiática, ha sumido a la legendaria Katmandú en una nube de suciedad solo respirable en verano gracias a la severidad del monzón.

Además, Nepal es uno de los destinos preferidos de los amantes del llamado deporte de aventura, con sus rutas alrededor de los glaciares, el pico más alto de la Tierra y sus primos pequeños, algunas de las gargantas más profundas del mundo para hacer puenting o parapente, y unos rápidos que ponen los pelos de punta (y que hacen que los españoles poco versados en jugarnos la vida, que aquí estamos, entendamos por fin por qué en inglés se llaman white waters y por qué en las culturas del Himalaya el blanco suele ser el color asociado con el agua en lugar del azul). Hay que añadir a esto las casas de masajes, los templos (con complejos planes de meditación, yoga e iniciación al mindfulness para turistas), y los hostales que, en cuanto pasan de los cinco dólares la noche, le hacen sentir a uno como en Tintín en el Tíbet. Es decir, hasta el viajero más solitario, cuando quiere llevarse una experiencia completa de Nepal (y hay que quererlo, nos ha sido prometida), tiene que recurrir por ley a la contratación de una serie de servicios que se acaban pareciendo mucho a los cuidados insoportables de los que hablaba David Foster Wallace cuando estuvo a bordo del Nadir, ese crucero de lujo en el que uno era atendido (y bien atendido) hasta la desesperación y la neurosis; yo viajaba solo, no tenía mucho dinero, y gran parte de mis energías se iban en tratar de demostrar a los nepalíes que yo no era como los otros turistas interesados en esa experiencia fantástica que prometen las guías de viajes y los mitos de Nepal, que yo era distinto, aunque 1) a los nepalíes no les importara un cuerno si era o no como los demás, y 2) aquello solo me hiciera parecerme más todavía a los demás, a todos los que estábamos allí haciendo lo mismo y por las mismas razones.

Katmandú / Foto: David Ramos/Getty Images.

En fin. Nepal nunca fue nuestro y no podemos pretender que lo sea. La adaptación del país a nuestros deseos turísticos es una consecuencia de la globalización tanto como lo es de las ideas románticas que aún mantenemos de aquel lugar, y en ese proceso de adaptación se ha perdido la autenticidad, que era, tal vez, lo más romántico de la idea que tenemos de aquellos testimonios. Pero no ha desaparecido. Hay que buscarla: Nepal tiene tierra palpitante y buenas personas que ofrecen calor y comida a cambio de nada (las hay en todas partes y a mí, allí, un puñado de estas buenas personas me salvaron la vida), viajeros locos que van de un lado para otro, miles de historias que se remontan a los años del Hippie trail, librerías de segunda mano con olor a mantequilla rancia (la usan para hacer el té) repletas de libros viejos, descatalogados hace décadas, con anotaciones y dedicatorias en todos los idiomas: un tesoro que pasa desapercibido pero que bastaría para justificar una visita a Katmandú. Allí, la Kumari, la diosa niña, avatar de Durga (aspecto batallador de Devi, La Diosa), aún se asoma a las ventanas de su palacio para saludar, arrogante, a los devotos y a los visitantes. Alrededor de Chhetrapati, el cruce de cinco caminos que sirve de punto de encuentro en el laberíntico Thamel, hay patios escondidos en los que los adolescentes juegan a la pelota y las mujeres preparan arroz a la sombra de las estupas budistas. De camino a Swayambunath, el templo de los monos, hay que desviarse hacia el noroeste siguiendo el río Bishnumati, por el barrio de Chamati, donde hay colegios, mercados, una universidad, y templos vecinales vacíos de turismo.

Con todo, el cambio más importante con respecto a la ciudad de la mitología setentera es el que ha sufrido el país en el último año y medio. Se trata del provocado por los terremotos que en abril de 2015 destrozaron las regiones centrales de Gorkha al Everest, afectando a las principales ciudades, matando a miles de hombres y mujeres, derribando casas, plazas y templos (y cualquier viajero que haya estado en el sur de Asia conoce la dimensión de la tragedia cultural y humana que significa el derrumbe de un templo), con la subsecuente caída del turismo que dejó a Nepal en los huesos y vulnerable a la presión carroñera de China e India, sus tradicionales Escila y Caribdis (que, por otra parte, nunca han necesitado excusas para imponer sus intereses comerciales en la región). Sirvió también de espuela para que los nepalíes aprobaran, hace un año, una constitución que hoy, después de ocho desde que acabara la guerra civil (es el tiempo que tardaron en acordarla los distintos grupos políticos), sigue sin aplicarse porque sigue sin ser posible el acuerdo (la acordaron a medias, al parecer).

Katmandú / Foto: Ryan Fox.

En la montaña, para prevenir el mal de altura, los guías suelen decirle al senderista ambicioso bistare-bistare, “despacio, despacio”. Y es que en Nepal no queda más remedio que ir despacio. Para hacer doscientos kilómetros, un autobús puede pasarse doce horas en la carretera, con la sombra negra y blanca del Himalaya cubriendo el horizonte como un tigre inmenso, las ruedas del vehículo asomando por encima de los barrancos, guardando apenas el equilibrio en unos trayectos que solo puedo definir como kafkianos. Yo, lo he reconocido antes, no conozco Nepal. Nepal no es Nepal desde hace mucho, no el Nepal que imaginamos. Pero es mucho más. Volví a Madrid con un hambre de lobo, dudas acerca de mi verdadero nombre, y la certeza de que el viaje no acabaría nunca. Ahora escucho el Cry baby de Janis y la nostalgia es inevitable. Pienso en la plaza Durbar, el centro de la ciudad, en ruinas tras los terremotos; pienso en los que me acogieron y me ayudaron. Quién sabe nada. Despacio, muy despacio, la carretera siempre vuelve a Katmandú: en nepalí no existen palabras para decir adiós, tan solo “buena suerte”, “nos volveremos a ver”.

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