Belleza amarga de Chipre

Lawrence Durrell cuenta en Limones amargos que cuando se marchaba de Chipre un amigo anciano fue corriendo a través de las fincas y los muros para llegar a la carretera y despedirse de él. Y le dijo: “La mejor cosecha siempre es la del año próximo”. Durrell era un colonialista inglés, defendía los derechos de Gran Bretaña sobre la isla, pero los rebeldes chipriotas presionaban y los ingleses tenían que irse. Y sin embargo ahora Chipre valora el legado inglés y promociona las casas donde estuvo Durrell. Porque un país siempre es un montón de aportaciones, es fruto de historias convulsas que no tienen vuelta atrás.

El arzobispo Makarios, en Chipre, 1959 / Foto: Rene Burri/Magnum Photos.

Sin embargo los turcos preferían el dominio de Gran Bretaña y no les gustaba una Chipre independiente con mayoría griega. Se habían sentido muy a gusto en la época de la colonia y veían la independencia como un problema. La colonia había sido una convivencia pacífica donde no estallaron tensiones de importancia. Los griegos se burlaban de los turcos comerciantes y los turcos de los griegos pero no había mayor problema. Pero más tarde vinieron las tensiones que acabaron en un país roto y desgarrado. Un país que no quería integrar varias culturas, que no podía superar la uniformidad cultural.

Fuimos a ver la casa de Durrell junto a la abadía de Bellapais y le preguntamos a un viejo. El viejo con toda amabilidad nos llevó por las calles hasta la casa, porque ya había venido antes gente a preguntar por ella. Nos dijo que llevaba en el pueblo, junto a la abadía gótica de belleza increíble que dominaba Kirenia desde la montaña, no sé cuántos años y que se instaló en la casa donde vivía ahora cuando se marcharon los griegos. “Cuando se marcharon”, ese era el eufemismo. Cuando la realidad es que hubo matanzas de griegos y huidas apresuradas cuando Turquía invadió el norte y el país se partió en dos, igual que muchos turcos fueron perseguidos en el sur de la isla. Los velos se corren sobre la Historia y el lenguaje se convierte en un velo. Las palabras son como jabón que limpia las manchas para que luzca mejor una situación.

El arzobispo Makarios, como cuenta Oriana Fallaci en Entrevista con la historia nunca quiso una Chipre monocultural ni una separación de zonas según la cultura. Griegos y turcos deberían estar mezclados en todas partes, todos eran chipriotas. Ese era su sueño, que no pudo sostenerse por los fanatismos de la Historia. Él se sentía presidente de todo Chipre. Los turcos apenas se habían opuesto a los ingleses, los guerrilleros eran todos griegos, pero Makarios quería integrarlos a todos. Y eso era precisamente lo específico de Chipre frente a muchos países: esa mezcla de aportaciones, ese guiso increíble de condimentos de todas partes, desde la más remota antigüedad: los distintos reinos que hubo en la isla, los fenicios, los hebreos, los griegos, los franceses, los venecianos, los turcos, los ingleses. Por eso era una isla tan mágica y especial e irreductible.

Makarios, cuenta Oriana Fallaci, era un hombre vitalista, simpático, abierto, con mucho atractivo para las mujeres, que había tenido sus historias con ellas. Por ese temperamento no le gustaban las rigideces ni las fronteras ni los puritanismos. También quería proteger a las clases más desfavorecidas y era de tendencia socialista. Y a nivel internacional no quería alinearse en ningún bloque y defendía la independencia de acción de la isla. Ese era el Chipre que el soñó, un Chipre mantenido en tensión continua, en medio de presiones de todas partes, en medio de amenazas de golpe de estado de los griegos, de presiones norteamericanas, de advertencias de los turcos. Hasta que todo reventó y el ejército de Turquía invadió el norte de la isla, y hubo desplazamientos de población angustiosos, y se estableció una alambrada que cruza todo el país con la rigidez más brutal. A veces personas que se acercaron a la alambrada fueron alejados a tiros.

Lado turco de Nicosia, febrero de 1975 / Foto: Leonard Freed/Magnum Photos.

Nosotros visitábamos las dos partes y todos tenían historias dramáticas que contar. Desde luego los turcos  a lo largo de la Historia han sido mucho más contundentes que los griegos, en Armenia, Bulgaria, Grecia, Arabia, Palestina. Pero los griegos cuando han podido tampoco han dudado en las dictaduras en machacar a su propia población o en amedrentar a minorías. Y desde luego cada individuo no es responsable de lo que haga su gobierno, yo creo más en las personas que en los países. De todos modos los griegos de Chipre no son simplemente como los de Grecia, hay algo de más ligero, de más mágico, de más sensual en la isla, que por algo se llama la isla de Afrodita. Y Georgios Seferis lo experimentó en las montañas cuando escribió que los ruiseñores no le dejaban dormir en Platres. Toda esa indolencia, esa insularidad, esa especificidad o resistencia la está erosionando el turismo en Lárnaca o en los resorts de la costa sur, que es peor que todos los batallones de los ejércitos. Pero los musulmanes del norte también tienen una religión diferente, toman alcohol, no tapan a sus mujeres, son más libres y abiertos. De modo que no hay purezas que valgan y las culturas no se cortan con cuchillos. La pureza es algo inhumano e imposible, el agua totalmente pura no es potable, no puede beberse si no tiene ciertas sustancias. La pureza es algo asqueroso que se opone a la vida en todas partes y que se enlaza con la muerte.

Rimbaud escribió: “Una noche senté a la belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”.  Rimbaud  estuvo en las montañas de Chipre, fue capataz de los obreros que construían el palacio del gobernador inglés. Pasamos muy cerca de allí y me sentía emocionado por estar tan cerca del hombre que escribió: “por delicadeza he perdido mi vida”. También la isla podría decir lo mismo: por delicadeza he perdido mi vida. Por querer hacer trazos rígidos, por querer separar cosas en la vida que siempre lo mezcla todo hemos perdido nuestra vida. Ahora somos un muñón roto, un país cortado, una nación sin cara, un trozo de alambre en medio de dos culturas incomunicadas. En lugar de venas tenemos alambres.

La exclusión empezó mucho antes, hace siglos. Cuando los franceses invadieron la isla y la llenaron de catedrales góticas que ahora admiramos e implantaron el catolicismo los griegos ortodoxos se retiraron a las montañas Troodos donde cubrieron de frescos admirables sus iglesias ortodoxas de planta cuadrada perdidas entre las cumbres rodeadas de patios con capillas. Nos fuimos unos días al pueblo de Pedoulas, nos alejamos en un hotel donde veíamos todas las pendientes, y no pasábamos el calor que azotaba las costas, era delicioso estar allí, y un conductor que había sido médico nos llevaba a iglesias suntuosas llenas de imaginación y de frescura. Eran iglesias  de piedras toscas  en cuyo interior uno podía entregarse a una religión imaginativa y a todas las advocaciones diferentes de Cristo y de la Virgen. Y visitábamos pueblos conservados en el tiempo,  de casas con balconadas volantes y esquinas frescas sobre los adoquines y comidas griegas profundas y quesos artesanos. Y había puentes de la Edad Media que apenas habían sido tocados. Porque las carreteras por allí todavía eran una aventura y los turistas eran escasos por aquellas zonas, no era el turismo masivo y bruto de sol y playa. Pero los Lusiñán franceses habían traído la exclusión y por eso los pueblos de las montañas conservaban todo su sabor añejo y oriental.

Y luego llegaron los venecianos que trajeron sus influencias y dominaron durante un siglo. Otelo de Shakespeare fue a Famagusta a defender la isla amenazada por el imperio turco. El imperio turco no se andaba con juegos y amenazaba con conquistar toda Europa. La ultima reina veneciana de Chipre acabó rodeada de artistas y celebrada por los poetas en su exilio en las afueras de Venecia. Alvaro Cunqueiro imaginó de manera diferente a Shakespeare una Chipre en vísperas de la conquista turca, con su sensualidad y sus sueños, e inventó que Desdémona quería darle celos a Otelo para que su historia fuera más apasionada. Pero los turcos ganaron y se instauró otro ciclo histórico. Levantaron mezquitas impresionantes y mercados de Las mil y una noches y respetaron bastantes edificios europeos. Pero las imágenes desaparecieron de los templos góticos y algunos de ellos se convirtieron en mercados. Y Cervantes imaginó a un español enamorado que es capturado en Chipre y consigue que su dueño le ayude a alcanzar a la mujer que ama.

Punto de control en la plaza Ledra, Nicosia, 1997 / Foto: Nikos Economopoulos/Magnum Photos.

Muchos años después vinieron los turcos otra vez a la zona norte y barrieron a los griegos. Estuvimos en Famagusta que quedó en el norte por los pelos y admirábamos la catedral gótica y una iglesia templaria que ahora es una taberna y la torre de Otelo y las murallas venecianas. Y tomábamos cervezas mirando la plaza. Nos encantaba esa mezcla como en los sueños, esa promiscuidad visual entre cosas distintas, las torres y las medias lunas recortadas contra el anochecer, la catedral católica que por dentro es una mezquita austera, la antigua torre de las campanas donde ahora se oye al muecín. Y tomábamos cervezas sin problemas mirando a la plaza o las murallas en un mundo musulmán que tenía poco rigor. Pero lo que daba miedo era el barrio fantasmal de Varosha. Estaba separada con alambradas especiales y con puestos del ejército. Era el barrio griego y los griegos se habían ido precipitadamente cuando se produjo la invasión y ahora todo el barrio estaba vacío. Y el gobierno turco no quiso que el barrio fuera habitado. Ni tampoco permitió bajo ningún concepto que los griegos entraran a buscar sus pertenencias. Había casas en las que había quedado la mesa puesta para comer. Aunque me hice el tonto señalando en un mapa una iglesia que estaba allí dentro los soldados no me dejaron pasar. Había puestos militares luchando contra fantasmas, o asegurando que el barrio siguiera siendo fantasma. Es una de las decisiones más kafkianas que he visto en el mundo. Y lo que producía más escalofríos era pensar que en los años sesenta aquel barrio había sido una meca del turismo internacional, que aquí habían vivido su sueño apasionado Elizabeth Taylor y Richard Burton, que por aquí andaban directores de cine y escritores famosos. Y ahora desde una cafetería metida en el mar mirábamos al anochecer aquellos edificios silenciosos, aquellas alambradas que cortaban las calles. Metíamos los ojos dentro obsesivamente como si pudiéramos rescatar el aliento de las ventanas rotas, de los balcones vacíos, de las avenidas que no llevaban a ningún sitio.

Y en las afueras de Famagusta visitábamos las ruinas de la ciudad antigua de Salamis, con toda su vida civilizada y exquisita, mirábamos las ruinas del teatro, las estatuas con sus vestiduras de amplios pliegues refinados, la holgura de los vestidos caídos sobre las piernas, las calzadas pavimentadas, los restos de tiendas y de templos. Por allí estuvo San Pablo dejándose seducir seguramente por aquella indolencia, allí desembarcó Barrabás sintiendo alivio en sus tormentos por que lo hubieran liberado en lugar de Cristo. El arte, la exquisitez y la libertad siempre superan las rigideces puritanas, van más allá como nostalgia si uno las aplasta en la Historia. Los turcos mostraban como un orgullo aquella riqueza cultural que había quedado en su territorio.

Luego estábamos en Nicosia sur y veíamos la estatua del presidente Makarios y nos asomábamos a la casa donde vivió Durrell y veíamos la calle principal llena de puestos de helados y de cafeterías indolentes y nos íbamos de noche a los locales de jazz y las callejuelas de artesanías. Pero cuando menos lo pensábamos aparecía la alambrada que cortaba la calle. Uno se daba de bruces contra el alambre, y le parecía mentira, porque la calle continuaba como si nada al otro lado pero no se podía pasar. Era como cuando de niño le quemé las reservas de trigo a mis abuelos, que no me lo creía aunque estaba viendo las llamas. Era un golpe, un arañazo en la cara. Estábamos en la azotea del hotel y mirábamos toda la extensión de la ciudad, las cúpulas góticas u orientales de la parte turca, los edificios suntuosos que quedaron al norte y nos daba nostalgia. ¿Por qué estaría todo aquello separado? ¿Por qué no podía integrarse en una unidad superior, en una superación, en una magnífica paradoja? En las montañas del lado norte se veía trazada con flores la bandera turca de modo algo prepotente, como diciendo: aquí estamos, miradnos bien. Pero las aves iban libre y enloquecidas de un lado a otro y no rellenaban impresos para pasar ni se paraban delante de los puestos fronterizos. Nos estaban diciendo que los seres humanos somos gilipollas, que nos encerramos a nosotros mismos en nuestras propias jaulas.

Nos dejaban pasar al norte por un puesto fronterizo y la verdad era que lo más hermoso había quedado en la zona turca. La catedral gótica despojada de esculturas pero con todo el dinamismo de sus cúpulas y arbotantes. El caravasar en torno a un patio que al atardecer era como un cruce increíble de todas las historias de oriente y de occidente. Allí se cruzaban personas y mercancías que iban de Europa hacia Asia o al revés, que conectaban los lugares más lejanos, que se mezclaban en sacos de la manera más orgiástica y soñadora. Y se conservaban mejor las murallas al norte. E incluso había locales de música muy sugerentes al norte. Y estaban los jardines y estaban las plazas secretas y estaban los barrios recogidos de casas de una planta. Tomábamos una ensalada abundante y deliciosa en un restaurante muy coqueto y un niño nos servía cervezas exquisitas en un inglés elegante que nos encantaba y un viejo le daba instrucciones para ser todavía más elegante. Se veía que las personas de distintas culturas podemos comunicarnos deliciosamente aunque solo fuera por un rato y que todos sabemos lo que nos ofrecen los instantes.

También habíamos estado en Kyrenia, un puerto indolente que mira a Turquía, que conservaba un castillo mágico e iglesias góticas y una fortaleza increíble perdida en la niebla de la montaña y palacios con arcos góticos mirando al mar. Era fantástico perderse por los laberintos sorprendentes de calles que siempre acababan por llevar unas a otras, por descubrir a las otras de un modo cada vez diferente. En el castillo vimos una mazmorra donde una reina aragonesa  había torturado a la amante embarazada de su marido, su antecesora, atada a un potro. Desde lo más alto se veía una muñeca sufriente, igual que hace siglos la reina poderosa miraba cómo sufría la amante cuando el rey estaba en la guerra. Y así estamos, nos aplastamos unos a otros, pero acabamos dejando aunque no queramos todos huellas unos en otros. Los poderosos en aquellos a los que aplastan y viceversa. En la fortaleza en la montaña había un balcón donde según la leyenda se tiraron al precipicio unos amantes contrariados y su historia estaba pintada en la pared. A los musulmanes procedentes de Turquía les encantaba mostrar esa historia europea. Y es que en muchas cosas acabamos admirándonos como sonámbulos, como si soñáramos en libertad, unos a otros.

Base militar, Nicosia, 1997 / Foto: Nikos Economopoulos/Magnum Photos.

También en el castillo se mostraban los restos de una nave de hace tres mil años que fue asaltada por piratas y fue encontrada en el fondo del mar. Era una nave comercial y llevaba una carga de aceite desde Grecia hasta Siria. Y se veían las tinajas alargadas puestas en pie y los distintos instrumentos con distintas influencias puestos en las paredes. Y uno soñaba con aquella antigüedad en que ya se mezclaban las influencias culturales y los modos de vida, y se hacían exquisitos unos con las ayuda de los otros, y el aceite sugería sensualidad al ungir los cuerpos y la sutileza intensa al preparar las comidas. Quién no piensa en disfrutar de la vida y en alejar los puritanismos mirando el aceite de oliva. Y también pensábamos en los viajes por mar, y en la insularidad de Chipre, y en todas las influencias que llegaron a ella a través de los siglos por las buenas o por las malas. Y entonces uno piensa que Chipre tiene que ser esa conjunción rara, ese salirse de todos los esquemas, no puede ser griega o turca simplemente, tiene que ser ambas cosas y mucho más, es el lugar al que llegaron todos los piratas y todos los náufragos, por donde pasaron todos los peregrinos y todos los comerciantes, donde se encontraron los cristianos y los paganos, donde san Pablo combatió contra Afrodita pero Afrodita acabó ganando cuando menos se pensaba. Porque esa isla sigue siendo la isla de Afrodita a pesar de todo, y no sabe en el fondo de exclusiones, y eso se nota cuando uno se sienta en un patio con una botella de vino y unas mezze, como nos sirvió una noche el dueño de nuestro hotel en Pafos, delante de la estatua de Afrodita, cuando le pedí una copa de vino y nos puso una botella de ese vino de Chipre que tomaba Salomón y nos puso tapas y luego no me cobró nada, o lo sabe cuando está en un pueblo de las montañas y un griego sencillo llamado Pelópidas te invita a  tu casa y te pone unas aceitunas chirriantes y te pone vino de cosecha de sus parras.

La alambrada y el turismo son las últimas amenazas a este país imposible que soñó el arzobispo Makarios, el turismo porque lo uniformiza y trivializa todo en el mundo entero, y lo convierte todo en un consumo impersonal para pijos de piel bronceada, por eso queríamos irnos también a los pueblos casi impensables de la costa oeste a través de gargantas por las que casi nadie circulaba, y nos fuimos a Omodos, ese pueblo al que cuesta tanto llegar que está lleno de bodegas y de tinajas enormes y de plazas que parecen salas de estar, y nos fuimos al final a Lefkara, otro pueblo al que no lleva ningún transporte público y que tiene una luz que se dice que inspiró a Leonardo da Vinci que estaría allí con los venecianos, y que muestra en cada puerta a una señora tejiendo unas telas exquisitas que parecen las veladuras de la pintura veneciana.

Y las alambradas porque rompen el país, y la capital misma, en dos partes irreconciliables, que no quieren saber nada una de la otra, pero que se ven obligadas a hacerlo, porque en cada una quedan restos de las otras, y porque en cada una hay gente que lamenta haber cometido tropelías contra los otros, y porque a todos los envuelve aunque no quieran el mismo aire intenso lleno de olores y algo psicodélico que hace de la isla un refugio de poesía donde se retiró un día Rimbaud y donde Seferis se preguntó por qué todos habían combatido por el fantasma de Helena, porque muchas veces se combate por fantasmas, y donde Durrell se sintió un día atrapado por los limones amargos y por las simpatías de los griegos y de los turcos y sintió una melancolía desgarradora cuando tenía que irse, y se sentía chipriota en aquella época por más que la cabeza le dijera que era un funcionario del imperio inglés que tenía que mantener con todas las fuerzas el dominio inglés sobre la isla. Y por eso uno se marcha de Chipre con esa melancolía, con ese desgarramiento, con ese comprobar que los sueños rara vez se cumplen, que se cortan en trozos, que Nicosia igual que Sarajevo parece imposible en su mezcla de signos, que en la vida se impone siempre la nostalgia, y que la vida se va con las ideas, y que a nuestro lenguaje se le escapan los sueños, como decía Bécquer, y que por delicadeza perdemos la vida, como decía Rimbaud.

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