‘Nubes pasajeras’: una calada más en la secuencia

A lo largo de mi existencia he vivido en tres ciudades distintas. Cada una tenía un peculiar estilo, aunque es cierto que no podría colocar a ninguna por encima de otra. A pesar de residir en distintas etapas de mi vida y, por tanto, con distintas preocupaciones, siempre he repetido las mismas costumbres en cada una de ellas, aunque en alguna fuese más complicado realizarlas que en otras. Una de ellas era la de realizar la ida de un trayecto en autobús y la vuelta a pie. Una de esas absurdas manías que permiten conocer más en profundidad el sentido de las ciudades. Ver en los mismos trayectos a las mismas personas: el dependiente que siempre sacaba las cajas a la misma hora con expresión inconfundible; el taxista que estaba recostado en el asiento del coche que yo imaginaba escuchando la radio o tramando un plan para acabar con alguien, o la mujer de recepción de un hotel de mediana edad que siempre fumaba apoyada a la derecha de la columna. Paso a paso, los días corrían y nuestras vidas, en paralelo, se cruzaban, haciendo de las ciudades esos espacios de microhistorias que forman un gran rizoma. Nunca supe sus nombres ni de sus intereses, tan solo había una comunicación visual, una alteridad poco levinasiana, a decir verdad. Aunque siempre pensaba, con poca modestia, en que alguien nos podría estar filmando por separado y así construir películas con nuestras vidas, al estilo de las de Aki Kaurismäki.

Nubes pasajeras (1996) / Imagen: Aki Kaurismäki.

En Nubes Pasajeras, película de la que se cumplen veinte años de su estreno, (Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1996), como en muchas otras películas del gran director finés, las vidas cotidianas de sus personajes son todo un mundo de sentidos y significados.

En este caso, una pareja: Laurie Koponen (Kari Väänën), un conductor de tranvías, y su esposa, Ilona Koponen (protagonizada por la siempre inmensa Kati Outinen), maître, se ven abocados a una situación de desempleo por el devenir de la época. En el caso de Laurie, el tranvía ya no es el medio de transporte fundamental de la ciudad y hay que reestructurar las líneas con los consiguientes despidos. En el caso de Ilona, las cadenas de comida rápida sustituyen, salvo excepciones, a los restaurantes tradicionales. El azar, en forma de carta o de enchufe, hace el resto.

Con el minimalismo extremo que caracteriza a las películas de Kaurismäki, sin necesidad de abusar de diálogos y mediante los característicos encuadres de cada secuencia, se dibujan unos personajes que siempre son tratados de una manera humana y respetuosa, sin caer en sensiblerías baratas. Para ello, recurre a su peculiar humor irreverente, crudo, surrealista, que caracteriza muchas de sus películas y su visión del mundo; así como la agilidad narrativa que introduce con piezas musicales perfectamente seleccionadas, que casi, son videoclips dentro de la propia obra.

Nubes pasajeras son esas etapas de la vida en las que las cosas no van como uno desea y en donde la palabra intemperie parece ser la sombra de la que uno nunca se puede librar. No hay refugio posible: ni el alcohol, ni la televisión, ni los crucigramas consiguen acelerar un tiempo ralentizado que pasa, en ocasiones, raspando con gran intensidad.

A pesar de ello, ni Laurie, ni tampoco Ilona, se rinden, buscan un trabajo, un lugar en el mundo, a pesar de que las puertas estén cerradas y las colillas pisoteadas. Los intentos por encontrar un trabajo son varios: como conductor a San Petersburgo o como camarera-cocinera-lavaplatos… en un bar regentado por un hombre que disfruta jugando a las cartas, hacen que la relación entre ambos se ponga a prueba en varias ocasiones, con más o menos daño para ambos.

Las cosas irán tomando un sentido determinado, en el que, como personajes secundarios, están: el cocinero Lajunen (Markku Peltol, protagonista de Un hombre sin pasado) con problemas de alcoholismo, el encargado de la seguridad Melartin (Sakari Kuosmanen) o Rouva Sjöholm (Elina Salo), dueña del restaurante en el que trabajaban con Ilona. Vidas que se entrecruzan de una forma u otra, pero que se necesitan.

Es cierto que el propio Aki Kaurismäki ha dicho que su única intención es filmar historias que recojan la época en la que están ambientadas, y como hay ciertas cosas que perecen persistir en el tiempo, hacen que este tipo de películas, de dos décadas atrás, sigan teniendo una vigencia absoluta. La mirada del director en la mayoría de su obra parece poner el acento en una necesidad de crítica al momento presente y así, poner en cuestión, lo que Jacques Rancière denomina, reparto de lo sensible.

La humanidad recogida tanto en su Trilogía del proletariado configurada por Sombras en el paraíso (1986), Ariel (1988) y La chica de la fábrica de cerillas (1990)—, la Trilogía Finlandia —integrada por la propia Nubes pasajeras, la también galardonada en Cannes Un hombre sin pasado (2002), nominada al mismo tiempo al hollywoodiense Oscar y desdeñado por el propio director, y Luces al atardecer (2006)— o la más reciente El Havre (2011), es poco frecuente en el cine, y menos aún el humor que inunda cada una de ellas.

Sin el trabajo de Kaurismäki, la historia del cine sería, claramente, peor; y el mundo, probablemente, también. Así que mientras las nubes no se van, podemos entrar en el cine y disfrutar de joyas como éstas.

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