No disparen al ‘speaker’

Los rayos del sol apenas logran filtrarse entre los pliegues de la carpa, arrojando una luz perezosa sobre la pista. La banda aprovecha para ensayar un suave y lento número, mientras los demás deambulan por ahí. Entonces el speaker levanta el dedo en forma de señal; y acto seguido, un redoble de tambor rompe la aparente calma. Acaba de comenzar la segunda ronda. Los participantes acuden a sus puestos. Han de seguir el compás, sin soltar a su pareja, si no serán eliminados. Van quedando pocos, huelen que el premio está cerca. El ritmo de la música va in crescendo y corren en irregulares círculos, como si de un carrusel averiado se tratara. Es evidente que cada vez están más agotados. El escaso público despierta del letargo y anima a sus favoritos. El viejo marinero no puede más y su pareja ha de tirar de él, llevándole casi a rastras. Intenta animarle por todos los medios, pero pronto se apoderan de ella la rabia y la frustración. Ahora ya carga con todo su peso, como si fuera un saco viejo, sobre sus delgados hombros. Cuando se desploma, ya ha comenzado a insultarle. El público se ha convertido en un murmullo morboso y expectante. Puede que el hombre esté muerto. Le atienden los doctores sobre la pista, pero pronto se lo llevan, mientras el speaker vocifera “un fuerte aplauso para los que perdieron”. Después despliega una amplia sonrisa y va enumerando cada uno sus nombres.

Gig Young (derecha) en Danzad, danzad malditos (1969) / Imagen: Palomar Pictures/ABC.

Esta escena pertenece a la fenomenal They Shoot Horses, Don’t They?, aquí estrenada como Danzad, Danzad, malditos. Película de 1969 dirigida por Sydney Pollack, basada en la novela homónima de Horace McCoy. En ella se recrea una de aquellas maratones de baile, que comenzaron a extenderse a través de los Estados Unidos durante la gran depresión. En las cuales, los participantes trataban de sobrevivir en unas condiciones penosas; siempre a la caza de un premio, que lograra sacarlos de la pobreza o al menos la apaciguara.

En su plantel figuraron actores de renombre, tales como: Jane Fonda, Michael Sarrazin, Bruce Dern, Susanna York o Red Buttons. La película fue nominada a nueve Oscars de la academia y solo consiguió uno de ellos: el de mejor actor de reparto. Oscar que se llevó aquel speaker cínico y descreído al que interpretó soberbiamente Gig Young. Este reconocimiento sería la cúspide del carismático y estupendo actor, así como su posterior caída en picado.

Nacido en la pequeña ciudad de St. Cloud (Minnesota), a orillas del Mississippi, bajo el nombre de Byron Elsworth Barr, pronto mostraría interés por las artes escénicas. El joven iniciaría su andadura actuando en obras de teatro no profesionales, hasta que fue descubierto por un cazatalentos de la Warner Bros. Allí trabajaría sus primeros años, realizando papeles secundarios, hasta que participó en The Gay Sisters (1942), donde se metería en la piel de Gig Young, adoptando desde entonces ese seudónimo como nombre propio. En plena segunda guerra mundial, contando con treinta años, se tomaría un descanso en la interpretación para servir como guardacostas durante el conflicto. Al finalizar la guerra volvería a los platós, consiguiendo un contrato con Columbia Pictures. Ahí es donde comenzó a tomar cierta predilección en la interpretación de un determinado tipo de personajes, habitualmente alcohólicos y mordaces hombres desencantados con su destino. Entonces ya recibiría su primera nominación a la estatuilla, por su papel en Come Fill The Cup (Veneno implacable, 1951) junto a James Cagney. Posteriormente, volvería a optar al premio por dar vida al Dr. Hugo Pine en Teacher’s Pet (Enséñame a querer, 1958), esta vez acompañando a los no menos míticos Clark Gable y Doris Day.

Fueron años prolíficos, en los que el actor no cesaría de trabajar en innumerables películas y proyectos televisivos. En cierta forma, sus papeles cada vez iban pareciéndose más a su propia vida privada. Corría el año 1962 y Young estaba a punto de divorciarse de su tercera mujer (Elizabeth Mongomery, famosa por ser la protagonista de la serie Embrujada), acusado de malos tratos. La personalidad de Young iba desquiciándose a un ritmo vertiginoso, debido al excesivo consumo de alcohol. Entre recuperaciones y recaídas, pocos meses después de su sonado divorcio, volvería a contraer matrimonio. Ahora le tocaría el turno a Elaine Williams, y con ella tendría a su única hija.

Después de recibir el Oscar en 1970 por Danzad, danzad, malditos, su carrera entraría definitivamente en barrena. En 1974, rescatado por Mel Brooks para protagonizar la divertida comedia Sillas de Montar Calientes, caería desmayado el primer día de rodaje. La causa, se dijo, el delirium tremens, provocado por una prolongada abstinencia de alcohol. Fue inmediatamente sustituido por Gene Wilder. Aun en tales condiciones, ese mismo año, lograría trabajar a las órdenes de Sam Peckinpah, haciendo el papel de un cazarrecompensas en Quiero la cabeza de Alfredo García. Reincidente en sus costumbres, volvería a ser despedido de un proyecto el primer día, esta vez en Los Ángeles de Charlie, donde sería reemplazado por John Forsythe. Su última aparición en la gran pantalla fue en 1978, junto a Bruce Lee, interpretando a Jim Marshall en Game of Death (Juego con la Muerte). Curiosamente, se dice que fue en esa misma película (otros aseguran que ocurrió en el episodio piloto de la serie Spectre) donde conoció a su quinta y última mujer. Bastantes años más joven que él, Kim Schmidt, formaba parte del equipo de rodaje. El flechazo fue instantáneo y el 27 de Septiembre caminarían juntos hasta el altar. Apenas quince días después de la boda, sus cuerpos aparecieron muertos en el apartamento que Young poseía en Manhattan. La teoría de que se tratara de un pacto suicida fue pronto descartada. Se dice que en un arrebato, Young, disparó sobre la joven y después se quitó la vida. Ella tenía treinta años, él sesenta y cuatro. Algunos intentaron dilucidar los motivos que llevaron al actor a llevar a cabo tan brutal acto; asegurando que Young por entonces estaba siendo tratado por el famoso y controvertido psicoterapeuta Eugene Landy, quien también estuviera a punto de acabar, con su dudoso método, con la estrella californiana Brian Wilson, líder de The Beach Boys.

Sea como fuera, aquella madrugada de 1978, la ceremoniosa voz del más famoso speaker se apagaría para siempre, llevándose por delante también a su joven esposa. Una historia que sin duda daría para una película; quizás demasiado incómoda y perturbadora para los estándares del Hollywood al que él mismo perteneció.

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