Los mecheros de lava de ‘Smoke’

Llevaba varios días buscando la llave y, cuando por fin la encuentro, me doy cuenta de que no había ni siquiera cerrojo en la puerta. Paso pues adentro, enciendo la luz, me aflojo la bufanda y cuelgo la chaqueta en el perchero. Pienso en lo bien que me vendría un café para entrar en calor, llego a la cocina, enciendo la cafetera, pellizco un par de terrones de azúcar e, irremediablemente, me lío un cigarrillo que me devuelva instantáneamente a Brooklyn. Porque siempre he querido vivir en Brooklyn.

Smoke (1995) / Imagen: Miramax.

Verano del año 90. Algunos son los osados, de entre los miles que resisten en la ciudad, que se atreven a comprar su tabaco diario siendo plenamente conscientes de su adicción. Unos prefieren la gloria, otros se decantan por ese asunto más serio que es la perdición. Tras el mostrador, un tipo llamado Harvey Keitel. No me queda claro del todo si éste interpreta al personaje o si es el personaje el que interpreta a Harvey, aún así no quiero saber nada más al respecto. William Hurt, con una dualidad parecida a la del tendero, nos explica al poco de entrar en escena cómo sir Walter Raleigh logró pesar con súbita sencillez el humo de un cigarro. En apariencia todo es simpleza, cotidianeidad, papeles liados y aliños para fumar en pipa. Un niño perdido y mentiroso salva a Hurt de un atropello, Whitaker cual artista con un pincel de interpretación en la mano y algunos de los momentos más significativos tras la cámara de Wayne Wang.

Porque Smoke (1995) no es una película cualquiera, tampoco le alcanza para ser una película diferente a las demás ni a ser, como poco, el adalid de la época humilde de un lugar entonces alejado de la modernidad que hoy azota al barrio neoyorkino. Con Smoke sólo hay que asomarse a la ventana, mirar detenidamente a una chimenea inexistente y ver salir el humo diluyéndose poco a poco en la atmósfera para darnos cuenta de que al invierno le hace falta una camiseta interior. Smoke es el sendero de las colillas de dignidad que siguen los mendigos intermitentes de tu calle en cualquiera de los miles de días sin señalar de sus almanaques. Es Smoke el humo contaminado que se disuelve en los mares que no tiene el caché suficiente para entrar en cualquier elitista protocolo medioambiental. Se define, por eso mismo, como la instantánea sin vacaciones de una cámara robada en un cuarto de baño por alicatar. También como el garfio sin Peter Pan que envuelve de remordimientos su maltrecha conciencia y es, igualmente, la mentira inmaculada de un ladrón al que se le caen de los bolsillos billetes de cien. Smoke es una aspirina cuando se tiene dolor de cabeza y un vaso de agua para el chiquillo que llega con sed. Smoke es, dulcemente, una forma de vida, un omnipotente zarpazo al olvido hacia los libros, una oda al viejo amor que te dejó. Con Smoke se olvidan los malos humos porque es una corriente limpia de brisa marina que se escapa de tu televisor, una ducha caliente en el patio trasero de diciembre, un paseo en bajamar, el olor a pan recién hecho, el tren de lo que pudo ser y finalmente sí se consiguió.

La magia es una de esas ilusiones que engatusa por igual a pequeños y a mayores: tiene forma de truco de cartas, también de manos terriblemente habilidosas e incluso de cuerpo que se escabulle. Yendo un poco más allá tendríamos una solución de Tamariz, un baile lento a lo Lavand y una escapada con Houdini. Y en términos cinematográficos, la película con guión de Paul Auster merece una esquina a la sombra en los estantes de la retina cinéfila. Por ser un puzzle de piezas encajadas prácticamente perfecto. Ubicada en la calada que se inhala en aquel verano del 90 y se exhala en los días previos a la Nochebuena del mismo año. Posee un cuarteto de actores principal que destila una naturalidad propia de los elegidos por la diosa sencillez, monta escenas en un estanco de esos donde aún se venden los sellos de las penúltimas cartas de amor y permanece inalterable en un cruce de calles sin vacaciones. Además, destapa el parche de un ojo arrepentido que llega más allá de la razón y lleva tu coche a un taller con un mecánico en el desguace. De postre, Tom Waits raja su voz con su Innocent when you dream mientras toca al timbre de un barrio que hoy en día lo imita constantemente. Smoke se postula para ser un cuento de navidad ardiendo que busca a un escritor que perdió su chispa y posee las elegantes maneras de afrontar la realidad propias de una escena de teatro.

Así que ahora, una vez que el café ya me ha calentado las manos y que atrapo de nuevo la bufanda para salir a la calle, ahora quiero volver por fin de mi periplo por Williamsburg. Aceptar mi condición de ciudadano español y volver a los barrios que me vieron crecer. Fue la cinta, un viaje íntimo hacia un lugar que ya no existe, que era ficción, pero con la certeza en la mano de que hubo un día en una esquina al otro lado del mundo en la que unos pocos tipos me hicieron tremendamente feliz.

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