Los diez relatos más leídos de 2016

10º Insuela, de Fernando Mahía Vilas

¿Cómo se lo puedo explicar? Soy capaz de verlo, de sentirlo, pero no sé por donde empezar…

Porque Insuela… Insuela es un lugar en el que la nostalgia, la soledad, la fuga y el camino se cruzan formando un crossroads, un lugar mítico, y por ahí (en mi mente) en un México que no es México, en un salvaje oeste que probablemente no es oeste ni mucho menos salvaje, en un sitio que desde luego hoy es desierto, pero que mañana podría ser una llanura del Midwest, o el Medio Oeste si lo prefiere pero así no suena tan bien, o un bosque en las Fragas do Eume, o una ciudad (des)industrial, con jeringuillas, drogas, putas, pepes, carvalhos, garitos y skins, o que también podría ser cualquier meseta, cualquier montaña en cualquier macizo que uno puede señalar en un globo terráqueo cuando éste da vueltas, y vueltas, y vueltas, y vueltas, y vueltas, y vueltas y vueltas y ¡zas! uno lo para con el dedo índice. [Leer más]

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¿Susana? (Cuento de Navidad), de Alejandro Caja

Este Cuento de Navidad empieza la tarde de un veinticuatro de diciembre. Luis y Paula, su mujer, viajan en un avión Madrid-Palma de Mallorca para ir a pasar las vacaciones a casa de los padres de ella. Durante la mayor parte del vuelo Luis mira a través de la ventanilla el cielo sin nubes, un cielo como un sinfín azul y leve, y tiene la sensación de estar surcando un espacio sin referencias. Como si no existiera nada más que su mismo acto de mirar —esto lo piensa Luis—. También siente una corriente debajo de la piel, algo parecido al vértigo, aunque él nunca ha tenido vértigo. [Leer más]

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Jaque perpetuo, de José Bonilla Cabrera

Es el bar de siempre, iluminado por la luz empírica de la madrugada. La música hace rato que cesó, ya casi no queda nadie. Sólo el camarero. Y un hombre joven, vestido con un traje de lino de color negro, sentado a la barra. Está leyendo un documento sujeto a un cartapacio de biocuero marrón. Delante, sobre la barra, tiene dos copas, una de ellas a medio beber. [Leer más]

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Jaime no puede almorzar, de Adrián M. del Pino

Jaime no podía almorzar porque en su cocina el reloj marcaba las diez de la mañana, y a esa hora no se almuerza. En su reloj de pulsera las agujas se clavaban en el dos y en el doce. La más grande apuntaba a quemarropa al número más alto que puede aspirar nadie a visualizar en una esfera. [Leer más]

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El mechero sin gas que me regalaste, de Luisa L. Cortiñas

Hoy me he levantado con diecisiete kilos de más, como antes de conocerte. Desde que me dejaste no he dejado de inflarme como un globo, sin duda, las desgracias engordan y hacen desaparecer la bollería de la despensa como si fuera una magia. Tengo pantalones de todas las tallas, como ya sabes o al menos debieras, no acostumbro a tirar nada, nací con el síndrome de Diógenes impreso en el ADN, ese gen estúpido es el que hace que conserve todo, desde la colilla del primer cigarro hasta el condón del último polvo. Bueno, eso no, no he llegado todavía a ese grado de fetichismo, pero lo tengo grabado en la memoria. [Leer más]

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Mr. Western, de Raúl Real

 —¡Pam, Pam! Estás muerto.

Si le hubiesen dado un céntimo cada vez que había escuchado aquello, ahora sería el hombre más rico del mundo. Aunque bien mirado, le servía para sacarse algún que otro vino, y a veces hasta un pincho o media de rabas. Siempre y cuando él procediese con su habitual liturgia: desenfundar rápido, mirar a los ojos del adversario y después llevarse lentamente una mano al corazón. Incluso a veces, si estaba de humor o borracho, ampliaba su actuación clavando las rodillas en el suelo y exhibiendo su mejor rostro de vaquero moribundo. Entonces la carcajada era unánime. [Leer más]

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Bukowski en las tripas, de Silvana Lameiro

Virginia se derrumbó en Venecia, aguantó el tipo hasta que una paloma (suponemos que veneciana) depositó el resultado de las migas de pan, correctamente ejecutada su coreografía estomacal, en su inmaculada y elegante chaqueta, decidió quitársela dando por finalizada la farsa de la Virginia impecable.

Se imponía cierto desaliño, cierta dejadez en la envoltura puesto que su ex, Gustavo, la había abandonado y había tenido la falta de originalidad de no dejarla por otra sino por el póker online, en fin, nunca había estado con él por sus perfectas neuronas, más bien por sus perfectos abdominales. [Leer más]

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Dostoyevski en el Café Comercial, de Antonio Costa

Eran días de fiebre en Madrid. Estaba sentado en el Café Comercial y vino un tipo y se sentó a mi lado. Me dijo que era un agente de seguros. Me dijo que nadie quería un seguro ahora. 

     —¿Y eso le agobia? —dije.

     —No, no sé qué pensar —dijo—. Verá usted, yo he leído mucho a Dostoyevski. [Leer más]

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El tratamiento, de José Pajares Iglesias

Oigo la voz de los huesos. La escucho con dolorosa nitidez algunas noches. No es una percusión fantasma ni son imaginaciones mías. Hablan desde el otro lado del bosque. Entre ellos y conmigo. Nadie puede quitarme esa idea de la cabeza ni convencerme de la naturaleza delirante de mi percepción. Sé lo que escucho. Tan solo he de permanecer atento los valiosos momentos en que la lucidez y la vigilia vencen la barrera barbitúrica. Y entonces reaparecen ellos con sus murmullos y sus secretos. A mí me los confían. Y entre los demás sonidos parásitos del sanatorio emergen insolentes. La longitud de onda que mi psique alcanza en esas horas no está al alcance de cualquiera. Podría distinguir la voz de cada una de las tumbas y diferenciarla de las otras con los ojos y los oídos cerrados. Maniatado y abandonado en cualquiera de estas salas. Nadie podría parar al emisor. Ni apagar el receptor. Llegan envueltas en peste de moras y grosellas podridas. Trepan por la enredadera de la fachada y se cuelan por la primera rendija que encuentran hasta trepanar mi frente, llenando hasta el borde mi cabeza con todos esos afanes sin resolver qué les revuelven en sus cajas. [Leer más]

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Compañeros de castellanas, de Alejandro Caja

Hoy he visto a una mujer en el metro leyendo el libro de Aldo Montenegro. Llevaba tiempo sin pensar en él. Pero hoy he visto a esa mujer leyendo su libro y me he acordado de la tarde que Aldo murió. Y mi memoria ha resucitado la mirada cortante y la voz grave y con aristas del “falso poeta”. [Leer más]

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